Manuel Valero.- Cantaba Luis Eduardo Aute que la fotografía es un pedazo de papel, solo alquimia, pero la canción discurre luego por un viaje por el tiempo cuando se la contempla. Que es lo que nos pasa a todos, bien si la miramo en los viejos álbumes de estanterías o en algún formato digital. Eso es, precisamente, lo que me ha pasado hoy cuando he visto a los Moran (helados) y a los Guerrero (imprenta), recibir el reconocimiento del alcalde por haber estado al frente de dos negocios por más de un siglo. Y me ha sido inevitable mirar la fotografía que acompaña la información en este digital, y subirme de un brinco en el tren del pretérito. Parece mentira lo veloz que es, pero en un abrir y cerrar de ojos me he visto de niño en el viejo establecimiento heladero en la calle Aduana comprándome un polo de hielo, un coyote, un corte o un bombón helado, según cumplía años y en el bolsillo tintineaban alegres los duros. El polo de hielo era, eso, hielo, infiltrado de naranja o de limón que se que quedaba convertido en un pequeño témpano según la fuerza de nuestra inspiración. Incluso jugábamos a ello. Y aunque el hielo con el palo resultante no tenía el atractivo colorido del original disfrutábamos como lo que éramos, niños, a ver quién lo mantenía más tiempo en la boca.

El coyote ya fue un paso adelante. Costaba dos pesetas y tenía un sabor especial como de mantecado. Lo comíamos a pequeños bocados, saboreándolo con delectación. También jugábamos a ver a quien le duraba más con el peligro que el coyote -nunca sabré porque se le puso ese nombre- se quedara entre nuestros dedos derretidos como una vela medieval. Tenía un amigo que siempre se compraba dos. El primero se lo apretada de un solo bocado para atacar el segundo con el ritmo pausado del gozo.
El corte, ni te digo, hacía falta un poquito de alegría en el bolsillo pero de vez en cuando notábamos el contento porque el sonido de las pesetas nos parecía musica celestial. Se llamaba corte porque era un corte -sencillo o doble (un lujo)- en una barra de helado, techado y enlosado con una lámina de galleta del mismo tamaño. Había que ser un maestro consumidor porque a medida que lo ibas degustando las galletas se aplastaban y el helado se iba desparramado por los laterales como pidiendo el bocado final. Recuerdo que cuando subimos al nivel del bombón helado, esa delicia que de niño veíamos comprar a los mayores con ojos como ruedas de tractor, relamiéndonos con envidia, el bolsillo ya era cantarín por costumbre ya tenía la suerte de trabajar en los montajes, en la empresa conocida como la Ibérica. Pagaban bien y por semana, de modo que el sábado, no había paquete de Tres Carabelas y un bombón helado que se nos escapara.
Todo eso me ha venido en tropel al ver las últimas generaciones de guerreros y moranes.
De la imprenta, qué les digo. Horas trabajando con ellos la maquetación e impresión de folletos municipales y la revista que se creó entonces al efecto. El personal era tan amable como distinto y siempre nos apuraba prisa por que el producto estuviera el día convenido con horas y horas que se comían hasta las horas de comer, precisamente. Hierro puro eran los nervios. Conocí al personal, algunos de ellos no están entre nosotros. Me contaban cosas de su abuelo, El guerrero, personaje garcíamarquiano donde los hubiera. Y así entre sofoco y sofoco y alegría tras alegría como impagable reconstituyente nos olvidábamos de todo, y cada cual cumplía con su cometido en aquellos tiempos de vino y rosas.
Han pasado muchos años, y para las empresas que aún sobreviven, aún más. Pero han formado una parte tan profundamente incrustada en la historia nuestra ciudad, también centenaria que el alcalde, Miguel Ángel Ruiz, les ha reconocido su tozudez y su ejemplo: con voluntad, trabajo, constancia y profesionalidad se puede avanzar sin temor por el sinuoso mar de los mercados, y las dificultades.
La fotografía, mi gran admirado Aute para quien el cielo le es tan amplio como leve la tierra, no es solo un pedazo de papel químico, es un billete de ida uy vuelta hacia el pasado particular y colectivo, donde vivimos momentos duros como los hubo preñados de esa feliz energía vital que se necesita para seguir en el camino. Enhorabuena, guerreros y moranes.














