La fábrica de voces

A Ernesto le cogió la vida con el pie cambiado y fue feliz cuando menos lo esperaba. Afortunadamente, ocurrió durante los últimos años, evitando de esta forma el dolor de una nostalgia inservible y agria. Mejoró Ernesto cuando el resto se lamentaba y disfrutó de los atardeceres desde una terraza con vistas al mar, pensando que la brisa que acariciaba su piel se detenía en su viejo cuerpo con el fin de acompañarlo un día más sin que nadie más importara.

A Ernesto se le olvidó el amargo sabor de la juventud perdida en la guerra y del trabajo en las fábricas para veteranos con problemas de salud mental. Ya no recordaba las cuatro paredes del cuarto en el que durmió ni la mesa en la que daba cuenta del menú diario, antes del turno de tarde. Desde la única ventana por la que entraba, a partes iguales, la humedad y la luz gris de un cielo siempre nublado, presenció un mundo al que no pertenecía, repleto de vidas anónimas a las que había contribuido a liberar.

A Ernesto le salió una novia cuando le dieron la cartilla de jubilación, que venía acompañada de su alta clínica. Las voces interiores quedaron atrapadas en la cadena de montaje, repitiéndose a cada remache, antes del empaquetado final. Lúcido y despierto, vivió en primera línea de playa, rescatado por una mujer que no había dejado de fijarse en él desde aquella tarde en la que un simulacro en la fábrica sacara a la orilla a quien la salvara de morir, violada y torturada, a manos de aquellos bárbaros enemigos que Ernesto liquidó de dos certeros disparos a la cabeza.

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