Los salvajes de la autopista

Escribía el pasado domingo en el suplemento semanal de El País, Ideas, Iñigo Domínguez a propósito de las aglomeraciones y de las humedades cálidas estivales, una pieza central de lo que se avecina y está por verse en las semanas próximas. Que denominaba, como una amenaza inversa, Aviso a los humanos de alta gama: por mucho que me den las largas este verano no me voy a apartar. Para describir el paisaje insólito de las autopistas y autovías –y de todas las vías de comunicación alternativas, en un reguero de movilidad multiplicada y colapsada no solo por el humo y el fuego presente– tan saturadas como congestionadas con bólidos intrépidos que viajan de Norte a Sur, sin razón aparente. Como muestra de que el parque automovilístico –pese a la crisis estructural de la industria europea de la automoción, por la rara competencia de la industria china– no deja de crecer y expandirse.
Coincidía esa lectura con otra cruzada del cuento de Julio Córtazar de 1966, La autopista del sur. Pieza o cuento alucinado –de automovilistas no menos alucinados en un ejercicio de aproximación imposible al París de mediados de los sesenta, atisbado a lo lejos, como una fortaleza utópica del consuelo urbano– que aparecía en la colección de cuentos del argentino, de Todos el fuego el fuego de ese mismo 1966. Y esa naturaleza de lo ígneo y de lo inflamable, había sido la razón de la relectura cortazariana, de la mano de la diversidad de incendios que asolan el centro, el este y el sur peninsular de este maldado 2026. De lo cual podremos seguir hablando, cuando se extingan los fuegos potenciales y el verano multiplicado. Por ahora me quedaba con ese ejercicio de aproximación a la representación y al mundo aspiracional del vehículo de alta gama que criticaba Domínguez y que rueda por doquier. Obsérvese que, en 1983,  Cortazar de nuevo, con Caroline Dunlop, vuelve a anotar la experiencia de un viaje alucinado desde Paris a Marsella, en Los autonautas de la cosmopista.

Pero hace tiempo que sueño con otro mensaje, que voy a lanzar antes de irme de vacaciones. Es para aquellos conductores con un cochazo de esos enormes y caros, casi siempre oscuros, de las mismas tres o cuatro marcas extranjeras, humanos de alta gama que van lanzados por el carril rápido a mil por hora, y me encuentran a mí adelantando dentro del límite de velocidad consentido: pues bien, que sepan que este verano no solo no me voy a apartar, por mucho que me den cien veces las luces largas y se me peguen a tres milímetros, sino que además iré aminorando la velocidad adrede, para ponerles nerviosos, y si insisten llegaré a detenerme, bloquearé la autopista y comenzaré a bailar entre los coches como en La La Land”. Las imágenes desplegadas por Cortazar sobre ese gran atasco, tienen la curiosa coincidencia de dos películas del mismo momento en Francia. Me refiero a la soberbia Tráfico de Jacque Tati de 1967 y la simultanea de Jean Luc Godard, Week end, del mismo año que la pieza de Tati, y tan polémica por la sangre vertida en tantos accidentes cruentos de carretera, que el director suizo simplificó haciendo ver que sólo era pintura industrial roja.

Y ese concepto de atasco o de masificación circulatoria, que plantea una imposibilidad funcional de crecimiento ilimitado, que cuestiona tanto la Agenda verde 2030, como el mito de la Movilidad Universal fue inaugurado por Cortázar en 1966 como una distopía de lo que ya estaba planteando en Europa como los límites del crecimiento y las responsabilidades del desarrollo. Y coincidió con la propuesta del crecimiento ordenado, llamado también Crecimiento 0, que el tiempo se ha encargado de invalidar. Y ese sesgo cortazariano –visto como trasunto de realismo mágico– no escondía el carácter premonitorio de los años que nos tocan vivir con la crisis de combustibles fósiles y con los precios elevados de la gasolina y el diésel.

Todo ello, enlaza con otras realizaciones cinematográficas. No solo la citada por Domínguez de La la land de Damien Chazelle (2016), y el atasco gigantesco en el entorno de Los Ángeles, resuelto en clave musical, bien diferente de las propuestas críticas francesas de los años sesenta. También se podían rastrear los atascos  de autovías apelmazadas en la temprana mirada de La escapada de Dino Rissi (1962), anterior incluso a Cortázar, por más que el objetivo de Rissi no fuera desmontar el paradigma del modelo de turismo italiano a lo largo de la Autostrada di il Sole, pero si participaba de la descripción negativa de la incipiente masificación que acarreaba el reciente turismo, dispuesto a agotar todo tipo de recursos naturales  disponibles. También en Roma (1972) Fellini, diez años más tarde, mostraba la misma preocupación por los atascos en los accesos a Roma y el consecuente colapso. Sesenta y cinco años más tarde, seguimos instalados en un conflicto parecido al enunciado por el cine y la literatura, pero no resuelto por la política, tan poco previsora como se quiera anotar. Por ello, el alegato de Domínguez concluye con un suerte de venganza, si no siciliana, si pudiéramos decir madrileña o levantina. “Puede que estos individuos sean una de las mejores personificaciones de este espíritu de los tiempos, en los que priman la arrogancia, la ostentación, la pasta, la brutalidad, pasar por encima de los demás y pasarse las reglas por el forro. Hasta en vacaciones los tienes que aguantar. Pero de este año no pasa, será mi pequeña cruzada personal por la civilización y allá donde viaje estos tipos quedarán atrapados en un musical de nosotros, los pringados con coches de gama baja o de segunda mano, siempre pendientes de los ruidos raros y pensando que te vas a quedar tirado, de los que ponen el intermitente, ceden el paso y no dan bocinazos”.

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