José Rivero.– Frente a la vieja pasión vacacional y vocacional, en ocasiones, de alargar –prolongar, estirar y prorrogar– el verano, como muestra de la aspiración al ocio permanente de antaño y al dolce far niente, muy publicitado en la prensa del corazón y del glamour de plástico frío. Como nos cuentan y peroran Javier Calvo y Javier Ambrossi –conocidos en el mundo rosa y tele comunicado comoLos Javis, y ahora premiados, recientemente, en el festival de cine de Cannes de 2026–, que dicen con determinación y temblores –entre otras tantas cosas diversas banales y el postureo mayor de marcas sublimes y sublimadas como publicidad encubierta y bien retribuida–: “Queríamos mudarnos a una vivienda que pareciera una casa de vacaciones, donde siempre fuera verano”.
Entre el ‘queríamos’ de advocación futura, al ‘querríamos’ como condicional de futuro, media un verano de rigor.
Y un verano muy largo y alargado.
O tal vez, apaisado.
Y es que, por todo ello, hay gustos para todos, aunque no todos tengan el mismo gusto.
Ni tengan el mismo verano. Ni lo alarguen y prolonguen.
Y esta posición del piscineo y del veraneo tecnicolor, no es exclusiva de famosos acalorados e influencers enfriados.
Baste ver que la publicidad de un conocido establecimiento comercial alude a su propia trilogía del verano, como nuevas virtudes cardinales y mitologías ordinarias.
Y así Hamaca, Barbacoa y Piscina componen, no la metáfora del verano, sino la médula central misma de la estación esbozada y rebozada de arena y sudor, como la otra trilogía estival.
Para componer esa suerte de mitología laica y banal del ocio veraniego.
Hay otra mitología del ocio veraniego que tiene que ver con el deporte, como contrapartida del sesteo blando y de las barriguitas cerveceras y gazpacheras, igualmente blandas.
Deporte Rey, como los Mundiales de fútbol cuatrienales recién finalizados.
Mundiales que todo lo banalizan y lo comercializan. Como evidencia el primo de Trump y dueño de la FIFA, que responde al apellido de Infantino.
Cuando debería ser, más bien, Infantito. Pequeñito y avisado.
Y del otro ciclo cuatrienal de los Juego Olímpicos, llamados Olimpiada de Verano, para distinguirla y señalarla de los Juegos de Invierno o Juego Blancos.
Banalización repetida y orquestada, a través de las camisetas de las selecciones, de las enseñas nacionales, de las bucelas, de los tambores aclamados y percutidos y de toda la trompetería inimaginable.
Un esfuerzo desmedido y desproporcionada ante tanta severidad térmica.
Como ocurre, por demás, en el mundo fotográfico y coloreado de Martin Parr: calor y sudor.
Por ello, el lejano y caluroso ensayo viajero de Enrique Laborde, de Viaje al calor, –del cual ya di cuenta lejana, en estas páginas el 27 de junio de 2014– significa eso mismo: centralidad del verano.
Hoy, justamente, hemos pasado a la pasión inversa de acortar el verano –o de su deseo menguante y refrescante y no a las prolongadas chorradas javieristas–, como consecuencia de los excesos climáticos.
Y de los incendios crecientes y escasamente justificados y peor gestionados.
Excesos climáticos visibles en estas páginas, el pasado 3 de septiembre de 2025, al hablar de “Un agosto de récord” al obtener una temperatura media local de 29,6 º centígrados y batir otro récord centenario de excesos climáticos, sudores totales e intemperancias nocturnas.
Ahí es nada la solanera y el duro estiaje soportado a cambio del poco alivio.
Nada que ver, por cierto, con la vieja dogmática perdida del refranero –envejecido y en claro desuso– de “agosto, frio en rostro”.
Será en el hemisferio Sur, lo de frio agosteño, podemos replicar desde la Meseta Sur.
O el deseo viejo –decretado e impuesto por el medio-presidente y hoy detenido, de Venezuela, Nicolás Maduro, con su intención proclamada de adelantar la Navidad al mes de octubre.
Puestos a reducir inconvenientes climáticos, celebremos la Navidad en agosto, por ver si nos llega el contagio del frío y de las nieves súbitas.
De aquí el deseo de reducir el verano y sus efectos mal temperados, aunque sea trucando el calendario festivo y religioso.
O inventándose el invierno en verano y el verano en invierno.
El mundo al revés y con todo derecho.
Como tantas cosas inversas.
Como la pieza de El Roto del 24 de julio de 2021: “Para qué tanta playa si no hay turistas”.
Que habría que invertir ahora en 2026: Para qué tantos turistas si no hay playa.












