La inocencia de la luz

José Agustín Blanco Redondo.– Delimitar el sendero y guiarnos hacia lo que importa. Esa es la esencia de la luz. Y en la noche, cuando el calor del verano gravita sobre los cantones de Almedina y la luna del ciervo se vela por la calima del desierto, las velas adquieren el valor de lo sugerente, de lo secreto, de lo premonitorio. Centenares, quizá miles de velas guardan la linde de las calles, ornamentan plazas, descubren esconces, realzan costanillas y muestran lo artístico de dinteles, jambas y de esas rejas de hierro que se hunden en los paredones de tapial, paredones blancos, atónitos que refulgen en el ámbar estoico del pasado.  

   Almedina Mora es, quizá, un retorno a la infancia. Es descubrir el misterio inédito de las fachadas, el encanto de la ermita de la Virgen de los Remedios y su bellísima bóveda barroca decorada por la devoción a la Madre de Dios, la epifanía de cruzar el arco ojival de la parroquia de Santa María y, entre columnas clásicas y bajo la arcada renacentista que apuntala los pies del templo, disfrutar de esa sobriedad diáfana que aletea en el silencio de los siglos. Es atravesar el zaguán del ayuntamiento y recorrer sus galerías atrapadas de cera ardiente y de nostalgia. Es asomarte a los cantones del cierzo y del poniente para respirar el sosiego de las canteras de piedra moliz y esa claridad que la luna esparce sobre olivos, rastrojos y vaguadas. Es asomarse a los miradores del sur y del naciente para recibir los destellos del caserío de Puebla del Príncipe y el hálito del río Guadalén en su peregrinaje hacia la Sierra Morena. 

   Almedina Mora es un retorno a la infancia consolidado en las velas que perfilan la fuente de la villa, sillares de arenisca guardados por el escudo del emperador Carlos I de España y V de Alemania. Monumento sobrio, elegante y utilitario, la fuente exhala sus aguas de los adentros de un cerro que soporta los cimientos romanos e islámicos de la villa. El manantial, bajo los pábilos de la cera, se expresa mediante tres caños de hierro fundido y bajo la cruz de la orden de Santiago. Agua abundante, fría, delgada. Agua que abastece los pilares, antiguos abrevaderos para el ganado. Agua que, antaño, regaba los huertos moriscos antes de mestizarse con la del arroyo de la Salceda, muy cerca del puente romano que apenas se deja ver entre el carrizo, el olvido y las mimbreras.

   Almedina Mora es una oportunidad para la luz, para el descubrimiento, para el asombro. En las calles de la villa aletean todavía las palabras del maestro de retórica Bartolomé Jiménez Patón. En las fachadas y al azar, habita el espíritu renacentista de Fernando Yáñez de Almedina a través de unos lienzos transmutados en mosaicos de azulejo y escoltados por hachones que tiemblan bajo la brisa de esta noche del estío. Obras contempladas por las pupilas de vecinos y forasteros, devueltas a la villa que le vio nacer desde la penumbra honrosa de iglesias, catedrales y museos.

   Almedina Mora es, tal vez, un retorno a la infancia. Es la oportunidad de admirar el ardor de la cera sobre el ocre de la arenisca con la misma mirada de los niños, una lumbre que, en su parpadeo, nos conduce hasta lo que de importante se yergue a nuestro alrededor. Son cientos, miles de llamas vibrantes, tímidas, evocadoras. Llamas que incitan a desechar lo superfluo y centrarnos en lo inmarcesible. Almedina Mora es una experiencia catártica, es el hallazgo de la luz y de la verdad, la verdad de estos pueblos pequeños que albergan la esencia del Campo de Montiel. Pueblos y villas que tiñen, con reflejos de guirlache, la conciencia de los que nos arrimamos a sus calles, a sus casas solariegas, a sus edificios centenarios, a sus templos y fortalezas, a ese íntimo fluir de tradiciones jamás olvidadas. Tradiciones que son raíces, asideros fieles de la memoria, cimientos que guardan recuerdos, vicisitudes y certezas. El necesario alimento, la luz imprescindible de la vida, la inocencia y la verdad.

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