Por quién doblan las campanas

“La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti”.
JOHN DONNE
(Poeta inglés del siglo XVII)

Cuando de forma recurrente aparece en nuestro ánimo la nostalgia de los mejores momentos que hemos vivido, o cuando reaparece la melancolía de lo que un día añoramos pero no pudimos conseguir, suele aflorar un poso de tristeza en nosotros que debemos afrontar con determinación, incluso con valentía. Al recordar los momentos felices vividos y esos idealizados deseos que en su momento no pudieron ser, nos viene a la memoria aquel poema de William Wordsworth que en una de sus estrofas dice así:

“Aunque nada pueda hacer
volver la hora del esplendor en la hierba,
de la gloria en las flores,
no debemos afligirnos
porque la belleza subsiste siempre en el recuerdo”.

En estas fechas algunos volvemos a nuestros pueblos, donde todo ese pasado fluye en un entorno casi mágico, donde los recuerdos de nuestros primeros años se alternan con los reencuentros más deseados, aunque también se es testigo de la pérdida de gente conocida. Este año, como viene sucediendo en los últimos tiempos, el calor vuelve a causar estragos, sobre todo en la población más mayor que, casi en silencio, nos está dejando. Nos referimos a quienes nacieron en los años veinte y treinta del siglo pasado.

Muchos de ellos han cumplido sus ciclos vitales cercanos a los cien años o superando esa cifra, lo que es un lujo, sobre todo para quienes han mantenido la lucidez en la etapa final de su vida y han tenido una mínima, pero suficiente, autonomía; además de compartir junto a su familia una vida plena. En los pueblos siguen doblando las campanas cuando alguien fallece. Eso alerta a los vecinos para conocer de quién se trata. Se especula sobre los posibles candidatos hasta que, poco tiempo después, se hace público el nombre del fallecido.

Más allá de las emociones personales o de los afectos que se tengan por las personas que nos dejan, debemos entender que en los pequeños pueblos se actúa como si se fuera un ente colectivo. Y la marcha de cualquiera de los miembros de la comunidad es una pérdida sensible para todos que agrava ese drama que está muy presente en las zonas rurales: el de la necesidad de consolidar la población para seguir siendo autónomos. Este problema se sufre en muchos lugares de nuestro país, pero también en La Mancha.

La expresión «Por quién doblan las campanas» la utilizó por primera vez el poeta inglés John Donne, la cual le sirvió de inspiración al escritor norteamericano Ernest Hemingway para escribir una novela que lleva ese título, en la que cuenta hechos de la guerra civil española, de la que él fue corresponsal. Su relato recoge cómo los combatientes republicanos asumen que todos los hombres forman parte de un ser colectivo. Y mientras preparan la destrucción de un objetivo estratégico, asumen que, tras su acción, ellos no sobrevivirán.

La novela Por quién doblan las campanas es una obra publicada con gran éxito editorial en 1940. Aunque fue en 1943 cuando, con ese mismo título, se convirtió en una de las películas más taquilleras del cine de aquellos años. Este filme nos cuenta una historia ambientada en nuestra guerra civil, en la que Gary Cooper e Ingrid Bergman son los protagonistas principales. Llegó a tener nueve nominaciones a los Premios Óscar, aunque solo obtuvo el de mejor actriz secundaria para Katina Paxinou.

El argumento cuenta cómo Robert Jordan, conocido como «el inglés», es un norteamericano experto en explosivos que apoya al bando republicano a través de la Brigada Lincoln, que pertenece a las Brigadas Internacionales que participan en la guerra. Le encargan destruir un puente que es una arteria estratégica del ejército enemigo, tarea en la que interviene un grupo de combatientes españoles entre los que se encuentran la joven idealista e ingenua María, la temperamental Pilar y, entre otros, Pablo, su embrutecido marido.

Paralela a la acción bélica se desarrolla la historia de amor entre los dos protagonistas, que será considerada como una de las grandes historias del cine.

Se dice que Hemingway vetó al predestinado y exitoso director Cecil B. DeMille, por lo que la productora cinematográfica tuvo que recurrir a Sam Wood, quien finalmente la dirigió.

Entre los muchos rumores que hubo sobre el rodaje de esta película, se dijo que se había permitido que —a través de la embajada española en EE. UU. y del consulado de San Francisco— el régimen de Franco sugiriera la versión definitiva del filme, con el consentimiento del autor, para suavizar algunos aspectos que se recogían en el guion original. Sea como fuere, lo cierto es que, sesenta años después de su estreno, se hicieron públicas algunas escenas que habían sido censuradas de la grabación original.

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