Ramón Castro Pérez.– Durante una reciente conversación con un médico de familia, la cual sirvió de desahogo, salió a la palestra el caso de una paciente que, finalizada su consulta, instó a este, de manera compungida, a llamar inmediatamente a una mujer de avanzada edad, que aguardaba en la sala de espera pues, según ella, «estaba para morirse», a lo que el facultativo respondió «podría habérmelo indicado usted antes de comenzar la visita y no ahora que ha finalizado». La solidaria señora mató dos pájaros de un tiro. El primero y más importante, su tarjeta sanitaria cargada con las nuevas recetas; el segundo, un ego satisfecho al exigir a un tercero lo que ella no hizo.
Primero yo y después el resto, debió pensar el matrimonio recién llegado a la playa, a las 12:30 horas, cuando atravesó la primera línea, configurada dos horas antes y clavó el palo de la sombrilla a treinta centímetros del agua. Después, vino la capota, la nevera, dos sillas, la hija adolescente y tres toallas bien extendidas. La vergüenza se quedó del lado de los bañistas que asistían, atónitos, al despelote en toda regla de la mala educación y la absoluta ausencia de modales.
Resulta curioso comprobar la ausencia de conflictos en una consulta de odontología privada o el respeto al orden de llegada a la hora de sentarse a comer en un restaurante con reserva. Pagar impuestos no es equivalente a extender un cheque en blanco, que otorgue permiso de uso y disfrute privilegiado de los bienes públicos, anteponiéndose a los demás, que también aportan. Cumplir con el fisco es una obligación. A lo que sí tenemos derecho es a «una asignación equitativa y eficiente de los recursos» obtenidos, tal y como reza el 31 de la Constitución Española. Y, para eso, están las elecciones. La buena educación es la base de la buena sociedad y, sobre todo, del buen gobierno ¿De qué nos extrañamos?










