Hasta siempre, Marcos Sánchez Cruzado Bellot (Marcos Elvis Elvis)
Hay recuerdos que no desaparecen con el paso del tiempo. Permanecen ligados a personas, a canciones, a momentos que quedaron prendidos para siempre en algún rincón de pecho. En mi caso, muchos de esos recuerdos tienen un nombre: Elvis. Y también tienen otro, mucho más cercano: mi padre.
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Mi padre fue una persona maravillosa, íntegra, de esas que dejan una huella profunda sin necesidad de proponérselo. De él aprendí cientos de valores, muchas de las cosas que hoy forman parte de quien soy. Por eso, cuando escucho a Elvis, siento que una pequeña parte de mi padre vuelve a estar cerca de mí. Es como regresar durante unos instantes a un lugar conocido, a una emoción que nunca terminó de marcharse. Quizá por eso el destino, o simplemente la casualidad, puso hace muchos años a Marcos Sánchez Cruzado Bellot en mi camino.
Marcos era ese pequeño pedazo de tierra que nos acercaba a Elvis. Allí, en Pedro Muñoz, había un hombre que no solo admiraba a aquel artista; lo sentía como parte de sí mismo. Lo llevaba dentro, lo respiraba y, sobre todo, tenía la generosidad de compartirlo con todos los demás. Marcos consiguió algo que parecía imposible: que muchos siguiéramos sintiendo que Elvis continuaba entre nosotros, que aquel mito que nunca termina de morir siguiera teniendo voz, presencia y alma. Porque Elvis estaba en Marcos: en cada canción, en cada estrofa, en cada ritmo, en cada gesto y en aquella manera tan suya de hacer que quienes lo escuchábamos pudiéramos cerrar los ojos y sentir, aunque fuera durante unos minutos, que el tiempo había retrocedido.
Y quizá esa fue una de las grandes virtudes de Marcos: hacer realidad aquello que otros solo podían imaginar. Nos enseñó que existen muchos caminos para alcanzar un sueño y que las dificultades no siempre son un muro. Cuando algo se ama de verdad, cuando se persigue con entrega y se lleva dentro, siempre queda una manera de hacerlo posible. Yo tuve la fortuna de verlo solamente dos veces en directo, dos momentos que guardo con especial cariño. Pero también hubo muchas otras ocasiones en las que lo seguí desde la distancia, sabiendo que estaba ahí, manteniendo encendida aquella llama. Porque Marcos no era únicamente un intérprete. Era un puente entre nosotros y Elvis, entre el presente y tantos recuerdos. Y, para mí, también un puente entre Elvis, Marcos y mi padre. Los tres unidos, de alguna manera, dentro del mismo círculo.
Por eso, cuando conocí la noticia de su muerte, sentí una de esas pequeñas puñaladas que no dejan sangre ni muestran una herida por fuera, pero que se quedan dentro. Son golpes silenciosos, difíciles de explicar, porque no solo desaparece una persona: también se rompe uno de esos vínculos invisibles que nos conectaban con algo que amábamos. Su ausencia duele, y duele porque Marcos era de todos: de quienes tuvieron la suerte de conocerlo, de quienes compartieron escenario con él, de quienes lo escucharon cantar, de quienes alguna vez sonrieron gracias a su música y también de quienes, como yo, encontrábamos en su presencia una forma de mantener vivos determinados recuerdos.
Estoy convencido de que será muy difícil llenar el hueco que deja. Habrá escenarios en los que faltará su presencia, canciones que sonarán diferentes y momentos en los que, casi sin darnos cuenta, esperaremos encontrar aquella sonrisa, aquella figura, aquella manera de hacernos sentir que Elvis seguía un poco más cerca. Pero hoy quiero detenerme especialmente en Mónica, porque detrás de un hombre que vivió una pasión con tanta intensidad suele haber alguien que conoce sus silencios, que comparte sus alegrías, que acompaña sus esfuerzos y que está presente cuando se apagan las luces del escenario.
Mónica, tú has conocido a Marcos más allá de Elvis, más allá de los aplausos, de los conciertos y de esa imagen que todos guardaremos de él. Has compartido al hombre que había detrás de aquella figura que tantos admirábamos. Y por eso quiero que sepas que, aunque hoy el dolor sea inmenso y ninguna palabra pueda aliviar una ausencia semejante, Marcos deja mucho más que un vacío. Deja una vida compartida, recuerdos que nadie podrá arrebatarte, momentos, conversaciones, sonrisas y una historia que permanecerá contigo para siempre. Y deja también algo que quizá con el tiempo pueda convertirse en consuelo: saber que fueron muchos los que lo quisieron, lo admiraron y encontraron felicidad gracias a aquello que él amaba.
Recibe mi abrazo más sincero. Un abrazo de esos que no necesitan palabras porque intentan decirlo todo: estamos contigo, recordamos a Marcos y nunca olvidaremos lo que significó para tantos de nosotros. Y ese abrazo quiero hacerlo extensivo a su familia, a sus amigos y a todas las personas que tuvieron la fortuna de compartir algún instante con él.
Quizá despedirse de alguien como él no sea realmente decir adiós. Quizá sea simplemente decir: hasta siempre. Porque hay personas que no se marchan del todo. Se quedan en las canciones, en las fotografías, en los recuerdos, en las conversaciones, en las emociones que despertaron y en todos aquellos a los que hicieron felices. Por eso hoy solo puedo darte las gracias. Gracias por mantener viva una música que para muchos significa tanto. Gracias por regalarnos tu pasión. Gracias por convertirte, sin saberlo quizá, en ese hilo que unía tantos recuerdos y tantos afectos.
Y ahora que estás ahí arriba, quizá haya llegado el momento de encontrarte con él, con ese hombre que tantas veces interpretaste, admiraste y llevaste contigo. Ojalá podáis cantar juntos alguna de aquellas maravillosas canciones que tanto nos hicieron sentir. Y si alguna noche volvemos a escuchar su voz y sentimos algo distinto dentro del pecho, quizá sepamos que, de alguna manera, también estás tú.
Porque el amor por la música no muere. Los recuerdos tampoco. Y las personas que dejan una huella verdadera permanecen para siempre.
Un abrazo enorme, Marcos.
Hasta siempre.
Julián García Gallego #sinpalabrasmudas
Letra y composición musical
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