El Tajo no necesita otra coartada

Por Fernando Redondo Benito

He bajado al Tajo y, desde aquí, Toledo pierde bastante literatura oficial. Es una experiencia recomendable. Arriba quedan el Alcázar, los tejados, las torres y esa soberbia mineral con la que la ciudad lleva siglos haciéndose retratar; abajo, entre tierra, ramas y agua, desaparece parte del maquillaje histórico y queda una pregunta mucho menos turística: cómo puede una ciudad sentirse orgullosa de un río y acostumbrarse, al mismo tiempo, a que ese río viva siempre a la defensiva. Desde cierta altura todo resulta admirable. La distancia convierte incluso nuestros fracasos en paisaje. Hay que bajar para descubrir que la belleza, cuando se contempla demasiado desde lejos, acaba funcionando como una coartada.

El Tajo tiene siglos suficientes para conocer nuestra especie. Ha visto pasar cortes, ejércitos, comerciantes, escribanos, poetas, turistas y funcionarios. Debe de saber ya que el hombre es el único animal capaz de estropear una cosa y organizar después un congreso para estudiar su deterioro. Nosotros, además, hemos elevado esa capacidad a disciplina administrativa. Al río le hemos dedicado planes, estrategias, declaraciones, programas y compromisos con una fertilidad verbal que casi produce envidia. Si los sustantivos llevaran caudal, Toledo tendría puerto marítimo. Pero las palabras públicas padecen un pequeño defecto: rara vez mojan.

Hemos aprendido incluso a hablar de los problemas sin nombrarlos demasiado. Las cosas no van mal, presentan desafíos; lo pendiente nunca está pendiente, se encuentra en proceso; un retraso suficientemente antiguo acaba convertido en planificación a largo plazo. El idioma administrativo tiene algo de peluquería para cadáveres: peina muy bien aquello que ya empieza a oler. Y así llevamos años consiguiendo que cada preocupación llegue impecablemente redactada hasta la siguiente preocupación, mientras la realidad continúa mostrando esa desagradable afición a no leer los comunicados.

El Tajo, por su parte, carece de diplomacia. No sabe quedar bien. No distingue entre una competencia estatal, autonómica, municipal o planetaria. Le trae sin cuidado que todos hayan actuado conforme al procedimiento si el resultado final sigue siendo malo. Nosotros hemos perfeccionado el arte de que nadie sea exactamente responsable de aquello de lo que todos somos un poco responsables. Es una obra maestra de ingeniería política: el problema existe, los organismos existen, las competencias existen, los presupuestos existen y, cuando uno pregunta dónde está la responsabilidad completa, resulta que ha salido a una reunión.

Hay algo más profundo detrás de todo esto. Durante mucho tiempo dejamos de hablar de los ríos como ríos y empezamos a denominarlos recursos. Parece un matiz de diccionario, pero ahí cabe una civilización entera. El recurso se aprovecha, se distribuye, se optimiza, se explota con eficiencia. El río, en cambio, incomoda porque tiene límites propios. Garcilaso pudo encontrar en estas orillas una materia para la poesía porque todavía había cosas que el hombre contemplaba sin sentirse obligado a convertirlas inmediatamente en rendimiento. Nosotros somos más modernos. Miramos una corriente y enseguida aparece una hoja de cálculo.

Esa es posiblemente nuestra superstición más resistente: creer que todo puede crecer al mismo tiempo. Queremos más actividad económica, más visitantes, más producción, más superficie, más rentabilidad, más comodidad y, naturalmente, un medio ambiente espléndido que no interfiera demasiado en el proceso. Somos partidarios fervientes de los límites siempre que los respete otro. Después aparece la naturaleza, que tiene una pésima educación económica y se empeña en recordar que algunas cuentas no cuadran. Entonces hablamos de excepcionalidad, como si lo excepcional no fuese nuestra pretensión de mantener indefinidamente una fiesta con cargo a una cuenta que no rellenamos nosotros.

Y aquí la cuestión deja de ser sólo ambiental. Un río degradado también explica cómo está organizada una sociedad. Cuando empeora lo que pertenece a todos, nunca pierden todos por igual. Quien posee recursos puede alejarse, desplazarse, elegir otros lugares, comprarse comodidad. Quien dispone de menos vive mucho más atado a la calidad de lo compartido. Hay gente cuyo patrimonio es precisamente eso que no figura a su nombre: una plaza, una sombra, una ribera, un parque, un paisaje decente. Empobrecer lo común es una manera muy eficaz de aumentar la desigualdad sin tocar un solo tipo impositivo. Algunos pueden comprarse la huida; otros se quedan con las consecuencias.

Luego aparece la pedagogía del ciudadano responsable. Cierre usted el grifo, modere el consumo, tenga conciencia, enseñe a los niños. Nada que objetar. El problema comienza cuando la moral doméstica se utiliza para empequeñecer cuestiones que tienen dimensiones políticas, económicas y estructurales. Existe cierta ironía en poner bajo vigilancia los minutos de una ducha mientras otros debates enormemente más decisivos aparecen envueltos en tecnicismos hasta volverse prácticamente invisibles. Al ciudadano hay que exigirle responsabilidad, desde luego, pero también convendría respetarlo lo suficiente como para no confundirlo con el culpable auxiliar de todo aquello que nadie quiso resolver arriba.

Toledo tampoco puede declararse inocente porque tenga buenas vistas. Poseemos una sensibilidad exquisita para la piedra. Una intervención torpe en una fachada puede levantar un ejército de expertos y con razón. Una cornisa reúne artículos, informes y conciencias patrimoniales. Pero con el río nuestra exigencia parece haber aprendido cierta elasticidad. Será porque la piedra se deja conservar sin discutir el modelo de ciudad, mientras el agua plantea preguntas bastante menos decorativas. El Tajo obliga a hablar de decisiones, prioridades, dinero y renuncias. Y ahí se termina la unanimidad, porque casi todo el mundo quiere proteger un río mientras protegerlo no implique cambiar nada.

Quizá por eso resulte tan fácil acostumbrarse. La degradación lenta tiene una ventaja formidable: nunca llega acompañada por una sirena. Entra en nuestras vidas por pequeñas dosis hasta que lo que antes habría producido escándalo adquiere aspecto de antecedente. Así se domestican las derrotas colectivas. Primero se consideran inadmisibles, luego preocupantes, más tarde complejas y finalmente normales. Una sociedad no necesita aprobar formalmente una renuncia; basta con que pierda la costumbre de incomodarse.

Sigo junto al Tajo y arriba Toledo continúa ejerciendo de Toledo, espléndida, orgullosa, cargada de siglos y de razón histórica. Pero aquí abajo resulta difícil engañarse. El río no necesita que escribamos mejor sobre él, ni otra colección de declaraciones conmovedoras, ni siquiera que afirmemos cuánto lo queremos. Necesita algo mucho más comprometido: que dejemos de utilizar nuestra capacidad para explicarlo todo como una manera refinada de aceptar casi cualquier cosa.

Porque el Tajo no está pidiendo una elegía. Todavía no. Lo verdaderamente indecente sería empezar a escribirla mientras seguimos fabricando las razones que algún día la harían necesaria.

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