José Agustín Blanco Redondo.- El catálogo “Joaquín Brotóns”, editado por el ayuntamiento de Valdepeñas para conmemorar los 25 años de vida-obra del poeta de Valdepeñas (1977-2002), contiene un valioso compendio de opiniones de escritores, poemas jamás publicados de Joaquín, un epistolario inédito del autor con figuras relevantes de las letras y la cronología y bibliografía del poeta recopiladas, junto a fotografías de su trayectoria vital, por el catedrático de Literatura Hispanoamericana Matías Barchino. Este catálogo complementó la exposición conmemorativa de la que fueron comisarios Miguel Carmona y José Javier Pérez Avilés.
José Hierro, en una reseña del poemario de Joaquín Brotóns “La soledad de la luna” (1981), incluye al poeta de la ciudad-isla de Valdepeñas en la generación de los 50 y define esta obra como poesía romántica, del desengaño, del desencanto. Para José Hierro, Joaquín es un ser tierno y melancólico en sus versos, sentimental y desamparado en su poesía, un escritor que cree en su propio “yo”, que ve la realidad como algo adverso y el destino como la fuerza que frustrará su vida. El interior de Joaquín Brotóns se siente encarcelado y su escritura se guía por las emociones, por la inspiración, por el momento.
Pablo García Baena define a Joaquín como poeta vital y melancólico, solitario y disperso, báquico y reflexivo. Y entre la belleza, el desencanto, la soledad, los espejos y algunos dioses cómplices en su desnudez, caracteriza la obra de Joaquín como realismo de ojo descarnado y ajeno. Afirma, además, que los títulos de sus poemarios albergan todo un tratado sobre la decepción y la fugacidad del placer y que su estética personal le llevará a hacer de su poesía su existencia. Finalmente, recordando los versos de Antonio Machado, Pablo García Baena augura que Joaquín “…volverá al huerto inmarchitable de Ronsard para coger, o hurtar, las rosas de la vida”.
Luis Antonio de Villena declara que la poesía de Joaquín Brotons procede de la intensidad del vivir, del apetito por las formas y los seres y que se construye para salvar esa vida y animarnos a vivir con más intensidad después de su lectura. Es una poesía de la pasión, de la sensualidad, de la vida.
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En su primer poema inédito “Para Lola y Alfonso León”, encontramos una atmósfera inquietante que envuelve “las sombras negras del desamor”. Son imágenes lúgubres, tétricas, desasosegantes: “en los bosques de esqueletos momificados de abandono y desidia, / en la selva poblada de alimañas hambrientas…”, un prefacio de oscuridad que se redime —ternura, pasión, sensualidad— en los últimos versos: “Y nos abrazamos, / nos fundimos en un beso interminable. / Aquel beso abrasó con su fuego mis labios amoratados, / grabó con lacre rojo las iniciales de su nombre, / de su amor…”.
“Días de vino y rosas” es un muestrario de soledad, melancolía y evocación, el ejemplo de la fugacidad del placer con que Pablo García Baena caracterizó la obra de Joaquín. El poema “Marinero” es la minuciosa y metafórica descripción —sensorialidad, belleza, sensualidad—de un amor naufragado, de ese destino de frustración vital señalado por José Hierro: “Su cuerpo era una escultura de Apolo / …una ola nocturna de fuego y sol, / …que encalló en el abrupto acantilado / de los deseos”. En “Despedida” convergen la soledad, la frustración, el desencanto, la vulnerabilidad, el cauterio del vino y de las tabernas para invocar al ser amado: “Me sentí tan solo, tan desgraciado, que hasta mis fieles perros huían mi sombra”. En los versos de“Sin título”, hallamos, tras las imágenes poderosas de un amor traicionado —puñal de fuego y lava, daga de oro y marfil, corazón sangrante—, la alborada de un presentimiento que, quizá, logrará hacerse tangible:”Y vi claramente en el espejo, en el que tantas veces nos / contemplamos desnudos, frente a frente, que eras tú, / que en la distancia…, pronunciabas mi nombre”. El poema “Vicente Núñez” es un elogio del poeta de Aguilar de la Frontera, en cuya plaza mayor ochavada y en los adentros de la taberna de “El Tuta”, el escritor del Grupo Cántico, con un cigarrillo entre los dedos índice y corazón, componía versos y aforismos. Joaquín enaltece su obra y su persona: “…poeta puro, purísimo, / alejado de capillas literarias y de su mercadería…, / voluntariamente aislado en su rincón nativo, / lleno de luz y sol, / embriagado de belleza andaluza”. Y, quizá por influjo del azar, Joaquín Brotóns publica este poema el mismo año de la muerte del poeta cordobés.
El catálogo contiene algunos versos no incluidos en un poemario, poemas sueltos que albergan la esencia tal vez más emotiva de Joaquín Brotóns, como “El amor que ya se atreve a decir su nombre”, un poema en prosa a favor de los diferentes, de los incomprendidos y que enfrenta la intolerancia de esta sociedad nuestra. La atmósfera es depresiva, obsesiva, inhabitable: “…acompañado por los fríos, gélidos cadáveres del recuerdo…”, hasta ese giro luminoso y esperanzador que logra “…el sueño imposible del Alto Amor, del gran amor estigmatizado, que ya / se atreve a decir su nombre en voz alta y no se esconde en / las tinieblas, en las cloacas asfixiantes de la mentira y la / hipocresía”. “A Pablo García Baena” alberga versos del recuerdo, de la amistad, de esa hibridación sensual entre los destellos del mar, los de una copa de vino blanco, los de la memoria de la ciudad de Córdoba y los de un amor nocturno del final de estío. “A Leopoldo Lozano” es un poema del recuerdo sincero, de la amistad leal, de los sentimientos nobles, “…brindando, / apostando por la intensidad de la vida, / por su plenitud” y el poema confesional “Por Valentín” se nutre del amor, de la distancia y de los recuerdos, de esa memoria que reconforta porque “…siempre me salva / la esperanza en el futuro… abrazados / …aferrados a un raro y bello amor”.
El catálogo contiene un epistolario inédito con escritores consagrados en ese altar de la más elevada literatura. Ángel Crespo, en una de sus cartas, asegura a Joaquín Brotóns que “Todavía hay Grecia entre nosotros. Y Dioses. Todavía hay poetas a quienes son familiares los olimpos y los infernales, es decir, casi todos los dioses. Quien lea tu libro no podrá dudarlo”. Luis García Montero, tras leer “El espejo de la belleza”, afirma que “…lo importante es hablar del deseo y tu libro averigua en qué parte de la ciudad moderna está el actual deseo de la vida”. Leopoldo de Luis, al respecto de “La desnudez cómplice de los dioses”, opina que “hay un agridulce desencanto y también una voluntaria idealización del tema erótico que prueba, una vez más, cómo la verdadera poesía puede ser la busca de la belleza…”. Carlos Murciano, tras leer los versos de Joaquín, escribe que “Vibra una vez más tu poesía, brava, valiente, desnuda, directa y sin artificios, tan sincera”. Vicente Núñez agradece a Joaquín el envío de un poemario suyo con este lirismo de ritmo envolvente, ligero, casi evanescente: “… con el mismo cariño con que tú me envías tu libro, yo lo recibo. Y lo celebro y disfruto, porque es bello y dulce, y triste, como el amor. Y delgado y muy cristalino y encendido de pasión y de gracia acre”. Luis Antonio de Villena, en una de sus numerosas cartas y en relación con el poemario “Rosas negras”, escribe que “…tus poemas son los de un vitalista desesperado (todos los vitalistas lo son) entretejidos de ansia, humanidad y frutos kitsch. Una mezcla reductora de pureza —ingenuidad limpia— y una lascivia de vides antiguas…”
Y así, tras una relación fotográfica de las cubiertas de sus publicaciones y de la cronología y bibliografía escritas por el catedrático en Literatura Hispanoamericana Matías Barchino, finaliza este catálogo exquisitamente editado por el ayuntamiento de Valdepeñas en 2002. Una oportunidad para conocer a la persona y su obra, de confirmar su valía, de redescubrir a Joaquín Brotóns, un poeta que nunca quiso abandonar su ciudad-isla, su Alejandría de La Mancha, su íntima ciudad de Valdepeñas. En 2027, dentro de unos meses, se cumplirán los 50 años de vida-obra de Joaquín Brotóns. Un reconocimiento que, sin duda, Joaquín merece.










