¿Quién inventó el verano?

Atribuye la revista AD, del mes de agosto de 2026, al arquitecto catalán Ricardo Bofill una alta responsabilidad profesional.
Tal como la de ser, en parte, inventor del verano.
Incluso, inventor del verano español.
Por más que ese verano seductor y contradictorio, brillante y plastificado fuera un invento de las esplendorosas playas californianas captadas por el imaginario cinematográfico de las películas de los 50 y 60.
Como puede desprenderse de ese memorial de historias que exudan del libro de Kenneth Anger, Hollywood Babilonia del lejano año de 1975.

Historias cruzadas que se prolongan en otras metáforas carnales, como Santa Mónica como Sodoma y Glendale como  Gomorra.

Pero también Sounset Boulevard, Malibú o Mullholland drive.

Incluso el sustrato musical de finales de los sesenta se agolpa sudoroso –agua, sol, playa, surf– en la pieza Good vibrations de los Beach boys de 1969.
No cualquier chico, sino los Chicos de la playa.
Por ello, la citada revista Architectural Digest, emparentada en sus propósitos divulgadores y simplificadores con la lejana y americanizada Raeder`s Digest, fija a Ricardo Bofill, como el arquitecto que diseñó el verano español mucho antes de que se pusiera de moda.

Y muchos años después del Spain is different, desplegado desde el Ministerio de Información y Turismo, capitaneado por Fraga Iribiarne.

Y por ello propone la citada revista, consecuentemente, que “Pocos arquitectos supieron traducir la paradoja del verano español con tanta precisión y experimentación a la vez. En su obra están la luz desbordante del Mediterráneo, los colores saturados, las terrazas abiertas al mar, las piscinas suspendidas y los patios frescos”.

La paradoja del verano español y mundial es saber cuándo comienzan a fabricarse mitologías estivales que van ocupando el imaginario de sus ocupantes.

Más allá de 1963 y de la ley fraguista de Centros y zonas de interés turístico.

Principio de tantos males, territoriales, paisajísticos, urbanísticos y habitacionales.

Por lo que la pregunta pertinente sería la de interrogarse por ¿Quién invento el verano?

O ¿Cuándo comenzó el verano tal y como lo conocemos actualmente?

Y aquí hay respuestas para todo y para todos

Igual que Boticelli retrataba entre 1482 y 1485, El nacimiento de Venus, es posible que podamos preguntarnos sobre el nacimiento del Verano en su dimensiones verdaderas a través de algunos carteles, fotogramas y canciones.

Dimensiones visuales como los retratos estivales de Martin Parr, que llega a producir un libro propio, en 1997, llamado –como una señal inequívoca– Benidorm.

Y que recoge capturas estivales, bronceados top, sangrías de chiringuito, chicas al punto, maduros fijos y señales de la banalidad universal, desde 1970. Año que empezara la colecta visual.

Que da cuenta, justamente, de esa dimensión mitologizada del verano en sus representaciones plásticas y emblemas colorísticos.

Y de lo que llega a decir  Gerry Badger que “La angustia de Parr ante la forma en que el consumismo de masas ha tendido a homogeneizar la cultura mundial resurge una y otra vez”.
 Y no para ni se detiene.

Yo ya tengo capturado en la pieza Mitología estival estas notas: “Una reciente promoción publicitaria –con modelo vacacional y en pose de baño–se dirige a nosotros con el eslogan centra: Querido verano, te quiero. Casi una declaración de amor imposible e impropio”.

Incluso el pasado verano en la misma revista citada para Bofill, AD, los Javis afirmaban –antes de su separación formal , que todo lo quiebra–: “Queríamos mudarnos a una vivienda que pareciera una casa de vacaciones, donde siempre fuera verano”.

Con lo cual llegaríamos a vincular el anuncio anterior con el deseo posterior.

Donde Los Javis, vinculan forzosamente la vacación con el verano.

Cosa que no siempre es así.

Bastaría invertir el hemisferio geográfico, y captar, que los veranos australes no son compatibles con esos anuncios, en la medida en que esos veranos están corrido por aspectos invernales.

Por no hablar de segmentos de población que carecen de derecho vacacional, o que teniéndolo no pueden veranear dada la carestía de una vacación como las que nos publicitan.

Con lo cual ese verano alabado y ensalzado, no sería el verano publicitado por los Javis, por las agencias de viajes, por la publicidad televisiva, por las grandes marcas de ropa deportiva, por todas la marinas y pantalanes disponibles, por los ministros de turismo de cualquier comunidad autónoma, por la Dirección General de Tráfico, por la AEMET, por la red de gasolineras y por la canción del Duo dinámico El final del verano. De un verano del mismo año de 1963, de la ley fraguista de Centros y Zonas de interés turístico.

Una rara coincidencia en la fecha.

Una rara coincidencia entre los finales y los principios.

Eh ahí la clave del enigma.

Vivir como si estuviéramos siempre de vacaciones, es tanto como afirmar que se vive siempre de vacaciones.

Cuando bien sabemos, desde 007, que Solo se vive una vez’.

Por lo que estamos siempre en verano, o su alternativa, de que se vive, sin dar un palo al agua.

Y eso que en verano se muestran cantidades ingentes de aguas, envasadas  en forma de las piscinas de rigor.

Y esta posición del piscineo y del veraneo, no es exclusiva de famosos e influencers.

Baste ver que la publicidad de un conocido establecimiento comercial  alude a su propia trilogía del verano, como nuevas virtudes cardinales.

Y así Hamaca, Barbacoa y Piscina componen, no la metáfora del verano, sino la médula misma de la estación esbozada, como la otra trilogía estival.

Cuyo reino se multiplica con el Ático soñado y con la Segunda viviendaen la playa, como nos mostraba recientemente El País los pasados 23 y 25 de agosto.

Para componer esa suerte de mitología del ocio veraniego que no termina nunca, en un nuevo Pentateuco del Sueño Estival: Hamaca, Barbacoa, Piscina, Ático soñado y  Segunda vivienda.

Por eso conviene saber ¿Cuándo empezó todo?

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