Odiseo regresa a Ítaca tras superar numerosos y peligrosísimos obstáculos. Este viaje de regreso a casa dura diez años.
En estos días su hazaña se nos cuela de nuevo en las pantallas de los cines y en exposiciones inmersivas.
También estamos contemplando, a través de las noticias reales, la búsqueda de otras Ítacas que miles de personas emprendieron engañadas, cruzando un mar que se tragó a muchas de esas almas.
Alcanzar ese lugar seguro, volver a casa o sentirse en ella no siempre es fácil. Nuestras Ítacas se tambalean. El mundo parece ir sumergiéndose en una espiral de odio y desinformación que mueve nuestros cimientos y nos dificulta discernir la realidad de lo que no lo es. Nuestra seguridad pierde su fortaleza y mantenerla es harto difícil en este tiempo.
Ante tragedias como la de Ceuta nos queda el regreso a nosotros mismos. La contemplación de nuestros lugares seguros interiores, la empatía y la gratitud son más necesarios que nunca. Es preciso mantenernos firmes frente a tanto ruido y odio innecesario, apreciando lo bueno que nos rodea y dar muchas gracias por ello.
Debemos sentirnos afortunados por no tener que haber llegado al extremo de abandonar nuestros primeros hogares, sumergidos en la desesperación y el engaño. Debemos valorar esa suerte en lugar de sembrar violencia gratuita, como, tristemente, vemos que se está haciendo desde determinados sectores.
La empatía es más necesaria que nunca. Causan dolor las imágenes en las que vemos cómo se bloquea la ayuda alimentaria que quiere llegar a tantas personas necesitadas y deben provocarnos rechazo. Hay momentos en que debe aflorar la humanidad ya que no somos piedras. Deberíamos recordar lo que dijo Publio Terencio Africano en el Año 165 a.C y que hoy es imprescindible traer al presente: “Nada de lo humano me es ajeno”.









