Joaquin G. Cuevas Holgado.- Hay personas que pasan por nuestra vida y dejan una huella que el tiempo no consigue borrar. Personas cuya ausencia duele, pero cuya memoria permanece viva en quienes tuvimos la fortuna de compartir con ellas una parte de nuestro camino. Hoy quiero dedicar estas palabras a Emilio Nieto, a su memoria, a su familia, a sus amigos y a todos aquellos que lo quisimos y que, de una manera u otra, seguimos sintiendo su presencia.
Hoy, cuando se cumplen dos años de su fallecimiento, quiero trasladar públicamente mi reconocimiento y mi recuerdo a quien fue, ante todo, una gran persona y un gran amigo. Quiero hacerlo desde el agradecimiento, desde el cariño y también desde el orgullo de haber compartido con él muchos años de trabajo, de proyectos, de inquietudes y de vida.
Mi historia con Emilio comenzó en septiembre de 1986. Yo me encontraba como profesor de apoyo en el Centro de Profesores de Ciudad Real, realizando uno de esos trabajos de campo habituales en la actividad de aquella organización. Era un día cualquiera, aparentemente uno más de tantos. Sin embargo, el destino quiso que aquel día entrara en el despacho una persona que, sin que yo lo supiera entonces, acabaría teniendo un significado extraordinario en mi vida.
Era Emilio Nieto, el nuevo director del centro.
Recuerdo perfectamente aquel momento. Estaba en el despacho con otra persona cuando Emilio nos miró a los dos y, dirigiéndose a mí, pronunció unas palabras que todavía hoy puedo escuchar como si acabaran de salir de sus labios:
“Tú serás mi persona de confianza.”
Aquella frase, sencilla y directa, acabaría marcando el comienzo de una relación profesional que con el paso del tiempo se convertiría en algo mucho más importante: una amistad profunda, sincera y duradera.
Desde entonces compartimos trabajo, responsabilidades, dificultades, ilusiones y proyectos. Trabajamos codo a codo y aprendimos a conocernos en el día a día, que es donde verdaderamente se conoce a las personas. Y fue precisamente en ese camino compartido donde descubrí y confirmé muchas de las cualidades que siempre asociaré a Emilio: su tesón, su capacidad de trabajo, su valentía, su sentido de la responsabilidad y, sobre todo, su forma de entender la vida desde la ética, la dignidad y la honestidad.
Porque Emilio era de esas personas que no necesitaban grandes discursos para demostrar quiénes eran. Su manera de actuar hablaba por él.
Con el paso de los años, aquella relación profesional se fue transformando y consolidando en una amistad que trascendió el ámbito del trabajo. También coincidimos en política, compartiendo momentos, conversaciones, inquietudes y circunstancias que contribuyeron a afianzar todavía más nuestros vínculos. Y, como sucede con las verdaderas amistades, el tiempo no hizo sino fortalecer aquello que había comenzado tantos años atrás.
Han pasado décadas desde aquel septiembre de 1986. Y, sin embargo, hay recuerdos que permanecen intactos. Aquel primer encuentro, aquellas palabras, tantos momentos compartidos y tantas conversaciones forman parte de una historia personal que considero un privilegio haber vivido.
Hoy miro hacia atrás y siento, por encima de todo, gratitud.
Gratitud por haber conocido a Emilio. Gratitud por haber trabajado junto a él. Gratitud por haber recibido su confianza. Gratitud por haber podido compartir una amistad que fue creciendo con los años y que, incluso después de su partida, permanece.
Porque la muerte puede llevarse a una persona, pero no puede llevarse lo que esa persona sembró en quienes la conocieron.
Emilio dejó afectos, dejó enseñanzas, dejó recuerdos y dejó, sobre todo, el ejemplo de una manera de ser. El ejemplo de un hombre que entendía la amistad desde la lealtad, el trabajo desde la responsabilidad y la vida desde unos principios que hoy quiero reivindicar: el valor, la ética, la dignidad y la honestidad.
También quiero que estas palabras sirvan para trasladar mi cariño a su familia y a todos sus amigos. Sé que somos muchos los que guardamos de Emilio una memoria especial y que cada uno tendrá sus propios recuerdos, sus propias conversaciones, sus propias anécdotas y su propia forma de echarlo de menos.
Yo quiero quedarme con la satisfacción de haber podido caminar a su lado durante una parte importante de nuestras vidas.
Para mí es una satisfacción y un orgullo poder reconocer públicamente aquella amistad. Una amistad que nació de una manera casi casual, en un despacho del Centro de Profesores de Ciudad Real, en aquel septiembre de 1986, cuando todavía ninguno de los dos podía imaginar todo lo que vendría después.
El tiempo se encargó de demostrar que aquellas palabras no fueron solamente una expresión de confianza profesional. Fueron, sin que entonces pudiéramos saberlo, el comienzo de una de esas relaciones que terminan convirtiéndose en parte de nuestra propia historia.
Dos años después de su marcha, Emilio sigue estando presente en la memoria de quienes lo quisimos. Y mientras alguien recuerde su nombre, su forma de ser, su honestidad, su dignidad, su valentía y su amistad, de alguna manera seguirá entre nosotros.
Gracias, Emilio, por tu confianza, por tu amistad, por tantos años compartidos y por todo aquello que dejaste en quienes tuvimos la suerte de conocerte.
Allá donde estés, recibe mi cariño, mi reconocimiento y mi gratitud.
Siempre amigo.









