Manuel Valero.- El otro día por asuntos familiares pasé por delante de lo que fue el Café París. Seguro que a más uno le habrá pasado lo mismo: pasar por un lugar, una plaza, un calle o un café que un día fue muy especial por los momentos vividos y al verlo de nuevo, ese lugar o no existe o se ha transformado de tal forma que solamente lo vemos, tal cual era, en nuestra mente. Uno que es muy dado a revisar cosas que luego te sirven para tirar unas líneas de texto sintió el mazazo del paso del tiempo, como si uno no fuera consciente de ello cada mañana al levantarse y mirarse en el espejo del baño para quitarse las telarañas del sueño.
El Café París ya no existe y al contemplar la nueva fachada irreconocible por haberse convertido en un restaurante oriental reviví el viejo café de entonces donde nos reuníamos con frecuencia amigos periodistas a comentar lo que había dado de sí la jornada. La frecuencia a los cafés con cierta solera, no por lujo sino por esa pátina bohemia, te regala la amistad cómplice de los camareros y del dueño, Ventura. La memoria falla para rescatar los nombres de los más habituales pero permanece intacta en ella esa atmósfera tan peculiar que tienen determinados sitios donde se va sedimentando la coetaneidad de entonces en pequeños fragmentos perdurables.
Ibamos después de terminar la jornada en la redacción del periódico y recuerdo sobre todo a, José María Izquierdo, compañero de fatigas. Parecíamos un poco a aquellos dos clientes de la serie Cheers, que se emitía entonces. Se nos pasaba el tiempo entre trago y trago desmenuzando lo que había dado de sí la jornada periodística, haciendo cábalas sobre los lideres políticos, económicos y sociales de Ciudad Real, la relación entre ellos, y sobre la obviedad que entonces alcanzaba una claridad cegadora:quien tiene información tiene el poder. Los poderosos tenían información sobre nosotros y nosotros de ello. Mucha. Hablamos también del auge que estaba tomando en aquellos maravillosos años el periodismo de provincias del que no estaba exenta la presión para omitir determinada información o para enfocarla de manera dulce. Entendimos a pesar de que nuestros ídolos eran los periodistas que descubrieron el Watergate, Berstein y Wooward, que no existía una prensa libérrima tan solo sujeta a la verdad, sino que detrás de cada cabecera estaban los próceres que ejercían la presión o la supervisión y velaban por sus intereses.
Hago un pausa para aclarar que no se trataba de una censura, aunque la hubo muy ocasionalmente, porque entonces, cada medio con su línea, ofrecía una franja muy ancha para la opinión y la discrepancia.
El Café París era nuestro refugio y Antonio nuestro camarero favorito, que debió acabar al tanto de muchas cosas no porque estuviera con la oreja puesta sino porque no dejábamos de hablar. Recuerdo también a Ramón Barreda y su peculiar forma de ser y a otros muchos que se dejaban ver por el Café.
Alguna vez que nos tocaba el cierre acudíamos al local con el periódico caliente bajo el brazo. La segunda vieja guardia que llegó para tomar el relevo a la primera vieja guardia, tuvimos la ocasión de modernizar ese periodismo de provincias que cada día ganaba enteros y lectores. Luego llegaron más. Para conformar la tercera viera guardia, y luego más. Como la vida misma. No había internet ni correo electrónico (hasta años después) y las informaciones más sabrosas -no las de las ruedas de prensa- las obteníamos a base de teléfono o de citas con la fuente, algunas veces en el París que ya no existe. Me vienen a la memoria Arjona, Arcos, Camarena, Murcia, experto en la información agraria que siempre entraba cantando a la redacción. A Laura Espinar, pregonera reciente de la capital, José María Izquierdo el compañero de fatigas. Y a Raul, a Marimar, a Belén, a Pepa, a Julia, a Luis Campos, todo un torbellino con su singular visión de la información deportiva, Paco López, Carlos Muñoz de Luna, Pedro Pintado, Pablo Pintado, Santos, compañero hoy de MICR y decenas de periodistas que pasaron por la redacción por un tiempo. Y en los talleres, Limón, Mendoza, los Ramones, Luengo…
A todo eso me llevó la decepción de comprobar que aquel café donde solíamos reunirnos ya no existe. Y me pasó lo que canta Sabina:
No había nadie detrás de la barra del otro verano
Y en lugar de tu bar me encontré una sucursal
Del Banco Hispanoamericano.
Yo con un restaurante étnico. No hay nada de particular en ello. Es ley de vida. El tiempo fluye y nos va llevando con él hasta el remanso final. Pero a veces las coplas de Jorge Manrique a la muerte de su padre se hacen con cierta dosis de razón: de vez en cuando, y en algunas ocasiones, pareciera que efectivamente, cualquiera tiempo pasado fue mejor, sin que tal pensamiento sugiera que los actuales van de capa caída, No en mi caso.
Como diría Borges, no recordamos los lugares sino a las personas con las que los frecuentábamos.
No es que no debamos volver al lugar donde fuimos felices, algunas veces es que imposible porque ha desaparecido
En estos tiempos de vértigo, una parada afectiva, para evocar lo bueno de todos aquellos/as con quienes cruzamos nuestro camino, viene bien. Sobre todo después del telediario. PD. Un recuerdo para quienes no haya citado por mi desmemoria y muy especial para quienes se marcharon.









