La caída de los empresarios


Jordi Margalef. Secretario de Comunicación del Sindicato de Trabajadores.- Estos días está corriendo como la pólvora por las redes un concepto que empezó casi como un susurro y que cada vez suena más como un grito a voces: la caída de los influencers. No significa que hayan desaparecido, ni que hayan dejado de ganar dinero ni que hayan perdido necesariamente seguidores. Lo que parece estar cayendo es algo más importante: la fascinación que generaban y, sobre todo, la autoridad moral que muchos habían construido ante su audiencia.

Durante años millones de personas siguieron sus vidas y aceptaron con naturalidad que aquella popularidad acabara convirtiéndose en viajes, casas espectaculares y cuentas corrientes muy alejadas de las de sus seguidores. Habían sabido aprovechar una oportunidad y monetizarla. Nada que objetar. El problema empezó cuando algunos confundieron el éxito con una cierta superioridad moral y comenzaron a explicar a los demás cómo debían vivir. Una parte de la audiencia empezó a cansarse. Quizás algunos empresarios deberían tomar nota.

No tengo ningún problema en reconocer el mérito que supone crear una empresa, hacerla crecer y asumir riesgos distintos a los de la mayoría de trabajadores. Detrás de muchas historias empresariales hay años de esfuerzo, renuncias y decisiones difíciles. Pero también sería ingenuo convertir todos los casos de éxito en una fábula en la que el triunfador llegó hasta allí exclusivamente porque trabajó más que los demás.

En cualquier trayectoria intervienen el esfuerzo y el talento, pero también las oportunidades, el entorno familiar, disponer o no de un colchón económico, haber podido estudiar, los contactos, encontrarse en el lugar adecuado en el momento adecuado y, por qué no decirlo, una cierta dosis de suerte. Reconocerlo no resta mérito a nadie. Simplemente significa aceptar que no todos empezamos la carrera desde la misma línea de salida ni llevamos el mismo calzado.

Y hay otro elemento que a veces desaparece de estos relatos: casi ninguna empresa que ha alcanzado una cierta dimensión se ha construido únicamente con el sudor de la frente de su propietario. Ese éxito también es fruto del esfuerzo acumulado de decenas, centenares o miles de trabajadores. Personas que estuvieron desde el inicio del proyecto, que ayudaron a hacerlo crecer o que, generación tras generación, han trabajado en empresas que siguen perteneciendo a la misma familia. El éxito empresarial puede tener nombres y apellidos en la propiedad, pero casi siempre es también una construcción colectiva.

Durante décadas hemos convivido razonablemente bien con esta realidad. Existe una especie de “pacto social” no escrito por el que asumimos que quien arriesga capital, dirige una empresa y consigue que funcione obtenga una parte mayor del pastel. Forma parte de las reglas del juego de nuestra economía occidental. A cambio, los trabajadores tenemos salarios, derechos laborales, protección social y capacidad para organizarnos colectivamente. Y cuando ambas partes quieren mejorar su posición aparecen la legislación, los convenios, las patronales y los sindicatos para encontrar un equilibrio.

El problema es que últimamente una parte del discurso empresarial parece haber decidido que ese equilibrio resulta demasiado generoso para los trabajadores. Los jóvenes no quieren trabajar, hay demasiado absentismo, se abusa de las bajas, las cotizaciones son excesivas, el salario mínimo sube demasiado, reducir la jornada acabará con la productividad, tenemos demasiados permisos y queremos conciliar demasiado. La lista empieza a ser considerable y resulta curioso que casi siempre termine señalando al mismo culpable: el trabajador.

Naturalmente que existen problemas que las empresas tienen derecho a plantear. El absentismo preocupa, especialmente en una pequeña empresa donde la ausencia de una persona puede alterar seriamente la organización. También podemos discutir sobre las cotizaciones, la productividad, la falta de determinados perfiles o las dificultades de algunas actividades para reducir la jornada. Son debates legítimos. Pero una cosa es analizar problemas y otra convertirlos en una campaña cultural contra los trabajadores.

Porque una persona que está de baja está enferma hasta que se demuestre lo contrario, no defraudando hasta que consiga demostrar su inocencia. Un joven que rechaza determinadas condiciones puede que no sea un vago: quizás simplemente ha hecho números y ha decidido que no le renta. Y alguien que quiere reducir su jornada o disponer de más tiempo para su familia no necesariamente tiene menos compromiso. Quizás simplemente está cambiando nuestra relación con el trabajo.

Lo paradójico es que muchas de estas críticas llegan desde posiciones objetivamente más cómodas que las de quienes las reciben. Y ahí convendría cierta prudencia. Porque una cosa es defender legítimamente los intereses empresariales y otra explicar, desde una posición privilegiada, a quien vive de una nómina que cobra demasiado, descansa demasiado, enferma demasiado o quiere conciliar demasiado. Sobre todo, porque empieza a dar la sensación de que, haga lo que haga el trabajador, siempre es él quien está viviendo por encima de sus posibilidades.

Durante mucho tiempo los trabajadores hemos tolerado que el empresario obtenga una recompensa mayor. Lo que puede resultar más difícil de aceptar es que, además, pretenda convencernos de que nuestros salarios, nuestros descansos o nuestros derechos son excesivos. A los influencers les ha ocurrido algo parecido: una parte de su público ha dejado de comprar el relato. Y ese debería ser el aviso para quienes desde determinadas posiciones empresariales están convirtiendo cada avance laboral en una amenaza y cada problema económico en una responsabilidad de los trabajadores.

Porque lo que está en juego no es solamente una negociación sobre salarios, jornadas, cotizaciones o bajas laborales. Es algo más difícil de recuperar cuando se pierde: la paz social. Durante décadas hemos entendido que empresarios y trabajadores ocupamos posiciones distintas y defendemos intereses distintos, pero formamos parte del mismo engranaje. Romper esa idea para instalar una confrontación permanente puede acabar teniendo consecuencias que algunos no están midiendo.

Quizás todavía estemos lejos de una verdadera caída de los empresarios. Pero el hartazgo también empieza como un susurro antes de convertirse en un grito a voces. La avaricia rompe el saco.

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