Fermin Gassol Peco.- El anhelo de todo ser humano y de la sociedad en su conjunto, anhelos que forman parte inherente de su condición, consiste en desarrollar los valores que toda persona lleva dentro. El más importante, ver satisfechas las necesidades fundamentales y primarias para mantener un nivel digno de vida. Y siendo más concreto, la justa distribución de los bienes que tanto la naturaleza como la inteligencia nos procuran a diario. Todo ello desde dos prismas ineludibles: la libertad individual y la solidaridad social a la que esa misma libertad debe ir destinada.
En el proceso de madurez social, el proyecto político es pieza fundamentalmente representativa, y lo es desde dos focos: Aquello que el ciudadano demanda y lo que los poderes públicos ofrecen.
La dinámica, el bucle en la historia ha estado fuertemente marcado por el intento continuo de dar protagonismo a la masa social, al hombre corriente, al contribuyente, a quien con su trabajo soporta el peso del gasto social, posibilitando que el mundo avance.
Pero en este proceso de madurez, de igualdad en derechos y posibilidades, en este proceso de manifestación de la madurez como individuos, indispensable para poder hablar de madurez social, existen de manera recurrente atascos, cansancios, abusos, desajustes que frenan o imposibilitan que este proceso siga adelante. Quizá porque los nuevos escenarios, nuevas problemáticas, nuevas posibilidades, los mismos e inevitables defectos que este avance ha ido generando, estén haciendo que ese pequeño o gran equilibrio social logrado esté en peligro.
Es entonces cuando surge el miedo por la pérdida de derechos, del estatus, pero y esto es lo más grave por el futuro. Un futuro que exige más grado de preparación para vivir en libertad junto a las de mayor número de personas. Porque si el desarrollo no posibilita la paulatina inclusión de todos los ciudadanos, el fracaso está completamente asegurado en algún momento.
La irrupción de partidos políticos populistas de distinto signo, no encierra sino un inquietante y descorazonador fracaso en el proceso de madurez que entrañan los valores verdaderamente sociales y democráticos, entre ellos y más importante, la ética del comportamiento en libertad. Es decir, un alarmante estado de infantilismo, de inmadurez político y social.









