“El universo no conoce fronteras, y tampoco debería conocerlas la curiosidad humana.”
STEPHEN HOWKING
(Astrofísico británico)
En el mes de agosto que acaba de terminar se han producido dos hechos que han puesto de moda los fenómenos astronómicos en nuestro país. Uno de ellos se produce todos los años y ocurre siempre sobre las mismas fechas; el otro es absolutamente excepcional y no está sujeto a un ciclo o periodo predeterminado. Ambos fenómenos han coincidido en el mismo día, lo que hizo que la situación fuera más extraordinaria para todo el mundo, fueran expertos, curiosos o simplemente profanos atraídos por la información difundida.
El pasado 12 de agosto se produjo un eclipse total de Sol. La Luna se interpuso entre nuestra estrella y la Tierra, dejándonos a oscuras antes de la puesta de Sol. Ello, acompañado de un gran despliegue de publicidad, ha movilizado a gran parte de la población española, sobre todo donde el eclipse ha sido completo, aunque en muchas zonas ha sido de «solo» el 99 %. En algunos pueblos o ciudades han proliferado las zonas de observación seguidas por la población más por afinidad con quien los ha convocado que por criterios de visibilidad.
Ataviados adecuadamente para un escenario campestre y haciendo uso de las gafas especiales homologadas que, de acuerdo con las indicaciones que nos dieron los expertos, evitaban que la observación nos dañara la vista. El seguimiento fue masivo, pero se convirtió en un acto lúdico en el que no faltaron la música, la merienda y las bebidas refrescantes. Y todo ello celebrado en familia, con los amigos o en compañía de los más afines en nuestro lugar de origen; nosotros lo hicimos en El Toboso. Pero algunos, por miedo, no acudieron.
Aunque ese día se produjo el momento de mayor afluencia de las conocidas Perseidas o lágrimas de san Lorenzo, como también es conocido este fenómeno. Se trata de estrellas fugaces visibles en el cielo nocturno, que varían en frecuencia e intensidad según la hora y el día en que se producen. A veces se ve una sola estrella y en ocasiones en forma de cascada o de lluvia, visibles sobre todo en las noches despejadas de estos días como un escenario natural que cada año nos sorprende en estas veladas de agosto.
Este fenómeno extraordinario lo compone una especie de fuegos pirotécnicos naturales visibles en el firmamento, pero silentes, que se inician a mediados de julio y finalizan el 24 de agosto. Un espectáculo digno de admirar que no ofrece peligros o consecuencias para quienes las observan, salvo por la incómoda postura que hemos de adoptar para contemplarlo: en posición supina. Y hay quien imagina la necesidad de disponer de un paraguas imposible que nos proteja y evite que alguno de estos meteoros nos caiga en la cara.
Estos hechos no evitan, aunque sí significan, que tengamos esta fecha como algo mucho más especial en lo personal y en la que las emociones y la nostalgia nos hacen mirar atrás. Hace más de treinta años tuvimos una vivencia extraordinaria, única. Un 12 de agosto fuimos al hospital comarcal de Manzanares. Mi mujer necesitaba atención sanitaria y, como no localizamos a la chica que cuidaba a mi hija, me hice cargo de ella y la llevé al hospital. La niña tenía apenas año y medio y esperábamos a las abuelas para que se hicieran cargo de ella. Mientras tanto, recorríamos uno de los pasillos del hospital.
Mi hija iba asida a su muñeca favorita con una mano, mientras con la otra tomaba la mía con fuerza. En aquel pasillo, como si se tratara de un salón de los pasos perdidos, éramos observados por el personal del centro con curiosidad y hasta cariño. La niña no decía nada, pero ella notaba que yo estaba preocupado en ese momento. Pasadas las diez de la noche, llegaron las esperadas abuelas y un hermano mío. Entonces me tranquilicé y pude pasar al paritorio, donde mi mujer daba a luz a una niña menudita, pero tranquila.
Desde entonces tuvimos, simbólicamente, una segunda estrella que nos iluminaba y, como cada año, ese día celebramos el cumpleaños de la menor de nuestras hijas. A partir de entonces, aunque no lo fue el mismo día de su nacimiento, esa noche cada año observamos la lluvia de estrellas de las Perseidas que nos proporciona un espectáculo único, como si se tratara de la noche de la inauguración de unas fiestas patronales.
Pero la fascinación por el universo viene de lejos. Las civilizaciones más antiguas —como la china, la egipcia, la babilonia o la maya— ya observaban hace más de 4000 años los eclipses, los cometas y los movimientos planetarios. Aunque fue Galileo Galilei quien comenzó la exploración del universo utilizando el telescopio, iniciando así la astronomía moderna a principios del siglo XVII. Y desde 1990 surgieron los telescopios espaciales —como el Hubble o el James Webb— con los que se dio un gran salto en el estudio del espacio.









