‘El desencanto’, la película que no pudo proyectarse en el Festival de San Sebastián hace 50 años, inaugura Klasikoak con una versión en 4K

José Buitrago.- Medio siglo después de que sus ecos enmudecidos agitaran las aguas del Cantábrico, regresa a las pantallas el documental sobre las ruinas de una estirpe y la clausura de una época. El desencanto (1976), la cinta dirigida por un joven Jaime Chávarri que atestiguó la desintegración íntima del franquismo a través del «final de raza» de la familia del poeta Leopoldo Panero, vuelve al Festival de San Sebastián. En la edición de 1976, el largometraje formaba parte de la sección oficial del certamen, pero las circunstancias impidieron su proyección a escasos días de su pase. Ahora, cuando se cumplen 50 años de la cancelación de su estreno en la capital guipuzcoana, la obra tendrá su particular resarcimiento al inaugurar Klasikoak, presentándose con una renovada versión 4K durante la 74ª edición de Zinemaldia.

Este merecido reencuentro en San Sebastián ha sido posible gracias al trabajo de restauración de FlixOlé y Video Mercury, artífices de rescatar el negativo original. Dentro de su labor de preservación y promoción del patrimonio audiovisual español, ambas entidades devuelven al público una copia de un clásico que no se limitó únicamente a radiografiar la caída de la alcurnia de un afamado literato de Astorga. El desencanto fue una autopsia moral de la burguesía mimada por el régimen franquista, un testimonio de la erosión de los modelos patriarcales, asfixiantes y rígidos, y un mapa emocional del cambio social que acompañó los primeros pasos de la Transición.

La première se celebrará el viernes 18 de septiembre a las 18:15 horas en el centro cultural Tabakalera, en una gala que contará con la participación del propio Jaime Chávarri, quien presentará al público esta joya del audiovisual español. Asimismo, la película contará con un segundo pase el domingo 20 de septiembre en la sala Príncipe, 3, a las 16:30 horas.

50 años del “final de raza”

La película toma como punto de partida el levantamiento de una estatua de bronce dedicada al fallecido poeta Leopoldo Panero en Astorga, su ciudad natal. La efigie, oculta bajo una lona como un espectral cadáver amortajado antes de su inauguración, se erige en un drama donde el ausente lo preside todo. A partir de ese frío pedestal, Chávarri abre la puerta de la gran mansión familiar a sus herederos: su viuda, Felicidad Blanc, y sus tres hijos, Juan Luis, Leopoldo María y Michi Panero. El espectador recorre los planos desolados de un hogar sin libros ni cuadros en las paredes, vendidos para paliar la decadencia económica que siguió a la muerte del patriarca.

En ese escenario habitado por fantasmas, y una sutil atmósfera de sadismo, lo que comenzó como un retrato de la figura del afamado poeta tornó en cruce de reproches y dardos envenenados. La madre y los hijos conversan en una suerte de terapia, un desgarrado «striptease» de la intimidad donde se despliegan las verdaderas y turbulentas relaciones de una burguesía acomodada y, paradójicamente, aquejada por el fracaso.

Lejos de plantearse como un compendio de declaraciones, Chávarri utilizó la cámara como herramienta para exorcizar la figura paterna como símbolo dominante y castrador. A través de las confesiones, las extravagancias intelectuales y las amarguras de los descendientes, la cinta se alza como icono de la transformación cultural en la España de la Transición. Es una profunda reflexión que pone en tela de juicio las relaciones entre cultura y poder, la decadencia moral de una élite y un ajuste de cuentas doméstico que desbordó el hogar familiar para convertirse en un relato sobre la memoria.

Inicialmente planteado por el productor, Elías Querejeta, como un cortometraje sobre la venta de los libros de Panero, el proyecto creció durante un rodaje que se dilató a lo largo de un año y medio. Sin guion previo ni preguntas prestablecidas, los personajes se expusieron bajo la única premisa de dejar fluir un discurso que a menudo se contradecía con el paso de los meses.

Aunque la película tuvo sus dimes y diretes con la censura franquista —que extirpó las alusiones homosexuales y carcelarias de Leopoldo María—, los tijeretazos no fueron el motivo de su ausencia en el festival de 1976. Fue el propio productor, Elías Querejeta, firme creyente del cine de autor y beligerante contra los cánones del régimen, quien decidió retirar la cinta del programa oficial días antes de su proyección en señal de protesta y solidaridad ante la represión policial que asolaba un convulso País Vasco, provocando una oleada de apoyos y boicots que pasó a la historia del certamen. Transcurridas varias décadas de aquella herida, el regreso de la película a San Sebastián cierra por fin una cuenta pendiente, devolviendo a los Panero a las pantallas en un reestreno de justicia poética y cinematográfica.

La plataforma está disponible en Smart TV, tabletas y teléfonos IOS y Android, Fire TV, Orange TV, ZapiTV, Amazon Prime Vídeo, Movistar Plus+ y a través del ordenador, además las películas se pueden descargar para verlas sin conexión a internet en cualquier dispositivo móvil

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