“El natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que solo por saber el arte quisiere serlo: la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala”
(El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha,
Segunda parte, Capítulo XVI)
MIGUEL DE CERVANTES SAAVEDRA (1)
Carmen Martín Gaite, Carmiña —la escritora que fue miembro destacado de la Generación del 50 o del Medio Siglo— solía terminar sus novelas en la habitación de un gran hotel de Madrid. Lo hacía para no distraerse, para poder concentrarse en esos momentos finales de cada una de sus creaciones literarias. Cuando entendía que el final de su obra estaba próximo, reservaba una de esas habitaciones que, a lo largo de los años, se convirtieron en una especie de talismán o de amuleto que le proporcionaba la buena suerte que ella buscaba.
En el mes de mayo adquirí dos poemarios que acababan de publicarse, aunque se trata de recopilatorios de poemas escritos desde hace treinta años hasta la actualidad. De estas obras es autor el toboseño José Martínez Jiménez —Pepe para amigos y familiares—, quien, entre otros méritos, destaca por ser un estudioso de la obra de Cervantes, sobre todo del Quijote. Pues bien, como Carmiña hacía con el final de sus novelas, decidí posponer su lectura para las vacaciones en mi levítica patria chica de El Toboso y así lo hice este verano.
En Retablillo de don Quijote, subtitulado con acierto como Un viaje lírico por el Quijote, lo primero que sorprende es que, como suelen hacer muchos poetas, su autor utiliza expresiones esenciales del lenguaje que conectan y dotan a su creación de una enorme belleza y emoción. Utiliza sonetos, ovillejos, romances, octavas reales y alguna lira con los que el poeta recrea personajes y escenas del Quijote —según se dice en la contraportada del libro—, como una invitación al lector a redescubrir su magia desde la musical armonía del verso.
Este poemario tiene tres partes y un epílogo. En la primera recoge los versos recitados en las Jornadas Cervantinas de El Toboso de 2007 que sirvieron de prólogo al concierto del músico Eduardo Paniagua. En la segunda se incluyen las «Glosas» de estilo clásico sobre pasajes del Quijote. En la tercera aparecen los «Sonetos Quijomanchegos», compuestos por el autor para el maestro José Buenagu, quien se los encargó para canciones quijotescas. Y el epílogo incluye un único soneto: «Cadáver exquisito del Caballero de la Triste Figura».
A lo largo del poemario podemos comprobar el amplio bagaje cultural de su autor, que, entre otras referencias destacadas, se inspira en la mitología y la literatura clásicas para la creación de muchos de sus poemas; además, destaca por la solvencia que demuestra en su vastísimo conocimiento de la novela del Quijote. Sin desmerecer ningún otro poema, yo destacaría un soneto clásico: Diana, en el que con luminosa sencillez nos sugiere las cualidades de la diosa romana de la caza, de los animales salvajes, los bosques y la Luna.
ARDE, sonatas y sonetos, segundo poemario de este autor, es más íntimo y personal; en él da forma a sus sentimientos, reflexiones y vivencias que, aunque lejanas en el tiempo, están vivas en el recuerdo y en los versos de antaño. Como dice la contraportada: explora la fusión entre poesía y música, dos artes que se alimentan y se enriquecen mutuamente. Y concluye diciendo: «Para quienes buscan en la poesía no solo palabras, sino experiencias: fuego que transforma la pérdida en resplandor, música que convierte el silencio en armonía».
He tenido la suerte de conocer a algunos vates como Pepe que, aunque no gocen de la popularidad que otorgan algunos premios literarios o la conocida y mercantilizada industria editorial de nuestro país, son rigurosos en la técnica que emplean en sus poemas, precisos en el lenguaje que utilizan y brillantes en el contenido de sus obras. Son, para mí, escritores más que reputados, aunque hayan tenido que sacrificar su vocación literaria primera para poder sobrevivir dedicándose a otros géneros literarios, incluso a otras actividades.
A pesar de mis más que limitadas cualidades sobre este género literario, debo reconocer que he sido un apasionado, pero intermitente, lector de poesía. El primer libro que adquirí fue de poemas, el cual leí y releí muchas veces. Se trata de Rimas y leyendas, del escritor romántico Gustavo Adolfo Bécquer, del que aún recuerdo el poema de «Volverán las oscuras golondrinas».
Cuando leía Ligero de equipaje, la vida de Antonio Machado, ensayo escrito por Ian Gibson, releí a la vez las obras completas del poeta sevillano, lo que me resultó muy estimulante.
Estas obras poseen una belleza natural y una exquisita sensibilidad, por lo que deben ser leídas saboreándolas, sosegadamente. Estaremos a la espera del próximo poemario con el que, a buen seguro, nos seguirá deleitando su autor.
[1] Cita recogida en Retablillo de don Miguel.








