Ramón Castro Pérez.- ¿Está la democracia siendo cuestionada? El peligro surge si dejamos de creer en ella y esto puede ocurrir cuando, por un lado, las reglas de elección se alejan del principio «1 ciudadano 1 voto», dejando de ser representativas y, por otro, en el momento en el que se sugiere que el sistema democrático poco puede hacer por «mejorar la vida de la gente». Esta última proposición, manoseada hasta el extremo a lo largo de la Historia, reaparece, con matices, en los titulares de prensa por mucho que pueda resultar asombroso.
La democracia nunca ha sido atacada directamente. Todo es más grosero aún si cabe pues lo que se pone en tela de juicio es su capacidad para resolver las necesidades vitales de la sociedad, como si las manos de los gestores del sistema estuvieran atadas y, a pesar de su buena voluntad y empeño, apenas pudieran afectar a la función de bienestar común, proporcionando soluciones dignas al pueblo. Dibujar en la mente del ciudadano la imagen de un capitán de barco luchando contra los elementos, arriesgando su vida por llevar pescado a puerto no es más que una broma de mal gusto que, con la suficiente miopía histórica, se parece demasiado a Weimar, a la dictadura franquista o a los regímenes del centro y sur de América.
Convencer al ciudadano de la imposibilidad de la democracia como sistema de gobierno no es tarea fácil y puede llevarse a cabo desde el poder y/o desde la oposición, posiciones estas adquiridas de manera legítima. Ello exige la construcción constante de un relato que deja de lado la pregunta ¿qué podemos hacer para mejorar la democracia? lo que pondría el foco en las políticas de los actores políticos. A mi modo de ver, el mero hecho de sugerir si la democracia sirve o no, debería valernos para preguntarnos si debemos continuar confiando los mandos a quienes desean transitar sólo por las aguas que les son favorables.








