Navalpino despide a su párroco Fran con emoción y gratitud

Diana Arévalo Guerrero.- Hace cinco años llegó a Navalpino un nuevo párroco. Por entonces nadie podía imaginar que aquel sacerdote que comenzaba su camino entre nosotros acabaría formando parte de tantos momentos de la vida cotidiana del pueblo. Cinco años después, su traslado marca el final de una etapa, pero no el de los recuerdos que ha ido dejando a su paso.

Porque hablar de su estancia en Navalpino es hablar de mucho más que de misas, celebraciones religiosas o reuniones de la hermandad. Su presencia ha ido mucho más allá de los horarios de la parroquia. Ha estado cerca de la gente, en los momentos importantes y también en esos pequeños instantes que, con el tiempo, son precisamente los que más se recuerdan.

Ha compartido nuestras fiestas, nuestras tradiciones y nuestras celebraciones. Ha estado dispuesto a ayudar cuando se le ha necesitado, incluso el día de la Candelilla, donde no dudó en arrimar el hombro y, si hacía falta, repartir limonada. Porque quizá ahí esté una de las claves de estos cinco años: en su manera de estar. Sin grandes gestos, sin buscar protagonismo, simplemente estando.

Humilde, conciliador y ecuánime, ha sabido ganarse el cariño de los vecinos desde la cercanía y la sencillez. Ha sido una persona capaz de escuchar, de comprender y de buscar siempre aquello que unía. Una presencia que poco a poco dejó de sentirse como la de alguien que había llegado al pueblo para convertirse en un bartolo más.

Y si hay un lugar donde esa cercanía se ha hecho especialmente visible ha sido en las catequesis. Cada vez que desde Navalpino se le llamaba para estar con los niños, acudía con una sonrisa. No llegaba únicamente para enseñarles: llegaba para preguntarles, escuchar sus respuestas, descubrir cómo veían ellos las cosas y, sobre todo, para jugar. El conocido juego de la catequesis se convirtió también en una forma de compartir con los más pequeños y de hacerles sentir que la parroquia era un lugar cercano y suyo.

También las Navidades llevan desde hace años su recuerdo. Fue él quien trajo el árbol de Navidad y quien, cada Navidad, ha vuelto a Navalpino para montarlo junto al Belén. Una escena aparentemente sencilla que, repetida año tras año, ha terminado convirtiéndose en una de esas pequeñas tradiciones que adquieren un significado especial cuando llega el momento de echarlas de menos. A su lado quedan las funciones de Navidad, las celebraciones y tantos momentos compartidos que ya forman parte de la memoria colectiva del pueblo.

Durante estos cinco años también ha aportado nuevas ideas a la parroquia, nuevas iniciativas y nuevas maneras de vivir la comunidad. Pero quizá su mayor aportación no pueda medirse en actividades ni en proyectos. Se mide en las conversaciones compartidas, en las puertas a las que llamó, en las personas a las que acompañó y en todos esos recuerdos que, aunque pasen los años, permanecerán.

El pasado domingo 13 de septiembre, al finalizar la misa, Navalpino quiso despedirle de una manera sencilla, pero cargada de significado: con un desayuno en el que los vecinos pudieron compartir un último momento juntos y expresar su agradecimiento. Fue mucho más que un desayuno. Fue un gesto de cariño y, sobre todo, un signo de la unión de un pueblo que quiso hacerle saber que estos cinco años han dejado huella.

Ahora comienza para él una nueva etapa y para Navalpino otra diferente. Habrá nuevas celebraciones, nuevas personas y nuevos caminos. Pero hay algo que permanecerá intacto: el recuerdo de estos cinco años.

Porque los pueblos también se construyen con las personas que pasan por ellos. Algunas simplemente pasan. Otras dejan una historia.

Y él deja recuerdos.

 Un sacerdote cercano y una persona dispuesta a estar cuando se le necesitaba.

Por eso, aunque hoy toque despedirle, Navalpino no quiere hablar de un adiós.

Porque las puertas de este pueblo seguirán abiertas para él.

Esperamos su visita, sea el día que sea. No importará si vuelve para celebrar una misa, para saludar a los vecinos o simplemente para pasar un rato entre quienes durante cinco años fueron su gente.

Navalpino le recibirá como siempre: con los brazos abiertos.

Porque hay destinos que cambian, parroquias que cambian de párroco y etapas que llegan a su fin. Pero hay vínculos que permanecen.

Y después de cinco años, su paso por Navalpino ya forma parte de la historia de nuestro pueblo.

Gracias por estos cinco años y por hacerte un bartolo más.

Y, sobre todo, hasta pronto.

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