Jordi Margalef. Secretario de Comunicación del Sindicato de Trabajadores (STR).- «Tenemos que cuidar el refino como si fuese una joya». La frase, pronunciada recientemente por Josu Jon Imaz, consejero delegado de Repsol, expresa con claridad el valor de una actividad que durante demasiado tiempo Europa ha dado por descontada.
Las refinerías garantizan el suministro de productos esenciales, reducen nuestra dependencia exterior y sostienen una extensa cadena de empresas, servicios y puestos de trabajo cualificados. Cuando una instalación de estas características desaparece, no se pierde solo capacidad productiva. Se pierden conocimiento, empleo y autonomía estratégica. Y reconstruir todo eso no es fácil ni rápido.
Pero, siguiendo la comparación de Imaz, si el refino es la joya, las trabajadoras y los trabajadores son el anillo que la sostiene y permite que luzca. Sin ese círculo de experiencia, profesionalidad y compromiso, la joya cae. Y una industria estratégica que cae no se recupera; se pierde para siempre.
Una refinería no funciona únicamente gracias a sus unidades de proceso, sus sistemas de control o las inversiones realizadas. Funciona porque, las veinticuatro horas del día y los 365 días del año, hay personas operando instalaciones complejas, realizando mantenimiento, analizando procesos y respondiendo ante cualquier incidencia.
Son profesionales que trabajan a turnos, de noche, los fines de semana y los días festivos. Desarrollan su actividad bajo el desgaste biológico de los turnos cambiantes, las noches en vela, las temperaturas extremas y la exposición constante al entorno industrial de la planta. Además, asumen una responsabilidad permanente: cualquier decisión puede afectar a sus compañeros, a las instalaciones y al entorno.
Estas condiciones forman parte estructural del trabajo en el sector. Por ello, blindar y mejorar los derechos laborales de las plantillas no es una concesión; es una necesidad operativa. Proclamar el carácter estratégico de la industria es incompatible con ignorar la realidad de quienes la mantienen en funcionamiento. Si de verdad queremos cuidar el refino, el único camino es proteger de forma integral a sus trabajadores.
Esta mejora de derechos debe traducirse en un marco laboral ambicioso: niveles suficientes de personal que garanticen la conciliación y el descanso, planes de prevención adaptados al envejecimiento y una reducción efectiva de la exposición a los riesgos de la planta. Dentro de este paquete de mínimos, la aprobación del coeficiente reductor para la jubilación no es un privilegio político, sino una deuda de justicia social indispensable para dignificar el tramo final de la vida profesional.
Modernizar las condiciones sociolaborales también constituye la herramienta más eficaz para asegurar el relevo generacional. El sector necesita incorporar con urgencia a nuevas generaciones antes de que se retire una parte importante de sus plantillas. Solo unas condiciones atractivas permitirán retener el talento y transferir un conocimiento industrial crítico que no se adquiere en manuales ni simuladores, sino tras años de experiencia sobre el terreno.
Prolongar de forma artificial la vida laboral de profesionales de edad avanzada en puestos de alta exigencia física y cognitiva es un riesgo inasumible para su salud y una temeridad para la seguridad industrial. Una salida ordenada y digna combina renovación, seguridad y dignidad.
Invertir en derechos laborales tampoco perjudica la competitividad. Una industria competitiva no es la que exprime costes reduciendo personal o recortando derechos, sino la que conserva su capital humano, previene accidentes, atrae a los mejores profesionales y mantiene unas plantillas estables capaces de afrontar el futuro con plenas garantías operativas.
España hizo una apuesta acertada al modernizar sus refinerías mientras otros países europeos reducían su capacidad. Ahora debe completar esa visión protegiendo el eslabón más importante de la cadena: las personas. Empresas, organizaciones sindicales y administraciones tienen la responsabilidad de convertir este reconocimiento en medidas y acuerdos concretos.
El anillo no es un elemento secundario ni un soporte invisible. Es una parte inseparable del valor de la joya. Mejorar los derechos laborales y reconocer el coeficiente reductor de las trabajadoras y los trabajadores del refino es defender la experiencia, la seguridad y el futuro de una industria que nuestro país no puede permitirse perder.







Si no fuera por el STR lo mismo hasta la empresa habría desaparecido jajajaja. No hay más sindicato de empresa que ellos.