20.000 km2

Escribía Martin Caparrós, el pasado 6 de septiembre, en su columna de El País semanal, Pamplinas, sobre La palabra ático, el siguiente dato geográfico superficial.

Esa región –referida a la Ática griega–, cinco veces más chica que la provincia de Ciudad Real.

La respuesta que sobre la extensión superficial de la Ática que nos proporciona Wikipedia es de 2.650 km2.

Produciendo ese dato un notable desvío entre la fracción dictada por Caparros –de un quinto de la superficie ciudadrealeña– y la real superficie de la provincia de Ciudad Real, que cuenta con una extensión de 19.183 km2.

Comúnmente considerados como los casi 20.000 km2.

Parece claro que el quinto de Ciudad Real –con el cálculo de los 20.000 km2–sería de 4.000 km2 para el Ática.

Esos recuentos literarios de la superficies de países y regiones, emergían de nuevo –con las imprecisiones dimensionales que imprime el texto ficcional sobre el soporte documental– en el imprescindible trabajo de JuanJose Saer, El río sin orillas.

Donde cuenta Saer, al hablar del Río de la Plata –objeto final de su trabajo de nombre oblicuo–  que su superficie de 34.000 km2, equivale a la extensión entera de un país como Holanda.

A lo que yo añadiría, en ese bucle numeral, que el Río de la Plata –ese río sin orillas visibles– alcanza a ser vez y media la superficie de la provincia de Ciudad Real.

Que de una vez por todas la consideramos como de enteramente 20.000 km2.

Tanto como para haber dado nombre a una revista de información provincial, con ese nombre de 20.000 km2, entre 1975 y 1982.

De igual forma que en 2016, la Diputación denominó de tal suerte a una “herramienta para impulsar el turismo”.

La parte por el todo.

Toda vez que 19.1983 km2 no representaría un número redondo; ni para un programa de turismo ni para nombrar una revista.

Una superficie que en la configuración regional actual de Castilla-La Mancha representa el 24,14%, frente al mayor peso sostenido hasta 1982 en Castilla La Nueva, con un 26,43%.

Otra consideración derivada de esos datos superficiales, tendrían en cuenta las dimensiones alteradas de la provincia de La Mancha, oficial desde 1691 hasta 1833 con la división de Javier de Burgos, que redujo y limitó los nuevos límites provinciales.

Una provincia de La Mancha –cuya superficie no cuantificamos, pero que excede con mucho la derivada de 1833–.

Toda vez que la configuración de esa demarcación provincial de La Mancha comprendía el territorio que se delimitaba desde los Montes de Toledo hasta la falda occidental de la serranía de Cuenca, la Manchuela y el altiplano de Yecla; y desde la Alcarria hasta la sierra de Segura y Sierra Morena. Entran en esta demarcación la denominada Mesa de Ocaña y del Quintanar, los partidos de Belmonte y San Clemente, y los terrenos de las órdenes militares de Santiago, San Juan y Calatrava, con toda la sierra de Alcaraz. 

Probablemente 10.000 km2 más –tirando por lo bajo– con esa configuración provincial que establece unas dimensiones de 53 leguas –de este a oeste– y de 33 leguas –de norte a sur–.

Si se verifica la operación, veremos confirmado lo anterior.

Sin olvidar la consideración intermedia de la propuesta napoleónica de 1810 de Prefecturas provinciales.

Donde la provincia de La Mancha pasaba a denominarse como Ojos del Guadiana, lindando al este con la prefectura del Júcar Alto –capital, Cuenca– y del Segura –capital Murcia y subprefectura en Albacete–; al sur Guadalquivir Alto –con capital en Jaén– y Guadalquivir y Guadajoz –con capital en Córdoba; al oeste Guadiana y Guadajira –capital en Mérida y subprefectura en Badajoz–; y al norte Tajo y Alberche –con capital en Toledo–.

Una provincia/prefectura con una delimitación que indica una superficie superior a los repetidos 20.000 km2.

Que no dejan de ser una abstracción dimensional.

Como el quinto de la Ática o como la vez y media del Río de la Plata.

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