Las fuerzas de las olas

Fermín Gassol Peco.- Para quienes somos de tierra muy adentro y tenemos cierta edad, el mar siempre fue un lejano objeto de deseo en el pasado, aunque bien es verdad que las comunicaciones hayan hecho de, ese en otros tiempos extraño medio, algo mucho más próximo y frecuentado; un espacio enorme que sigue resultando fascinante y reclamado por cercanos y lejanos. Será porque el origen de la vida se fraguó en ella y toda nuestra existencia tiene al agua como un constante y necesario devenir vital.

Y es que desde el momento de ser concebidos permanecemos sumergidos en ese pequeño, confortable y sereno paraíso marino que es el líquido amniótico. Una vez paridos somos lanzados desde ese mar domestico e íntimo que contiene similar salinidad que el agua marina a un océano mucho más impersonal y casi siempre inclemente, proceloso, frio y turbulento. Que nuestras vidas son a fin de cuentas como continuas navegaciones por el mar de las circunstancias, ambiciones, esfuerzos e imprevistos en los que el oleaje más o menos arbolado hace muy difícil que podamos mantenernos siempre a flote.

Nacemos mojados y nuestra condición reclama que hemos de navegar de esta manera en nuestras vidas. Quizá porque lo contrario, quedarse sentado en la orilla viendo como las olas se acercan y se van nos resulte tan pobre y alienante como renunciar a las facultades con las que estamos dotados.

Y es que la calma en el mar y en la existencia resulta ser algo agradable, aunque pasado un tiempo se torne demasiado anodina y monótona. Es cuando la marea hace acto de presencia por la acción de ese bonancible vientecillo de la vida cuando nuestro mar particular cobra carácter y personalidad propia, el horizonte se aviva y la existencia comienza a tener un alegre ritmo sobre el bamboleo de sus olas. La experiencia de nadar sobre el pequeño oleaje dejándonos llevar por él resulta una experiencia placentera; son los momentos agradables de la vida.

En el momento en que las olas se enarbolan esa placidez desaparece obligándonos al esfuerzo corporal y mental para vencerlas, que no sólo hace falta fuerza física, también hay que pensar en cómo hacerlo; dicen los expertos nadadores que dejándose llevar para después atacarlas, pero siempre por debajo.

Cuando en nuestras vidas cotidianas aparecen sin avisar tres o cuatro “golpes de mar” en poco tiempo, la serenidad que mantuvimos hasta entonces quizá pueda comenzar a tambalearse. La fuerza con que baten las olas en nuestros cuerpos y en nuestras mentes una y otra vez es fácil que puedan llegar a aturdirnos, pero constituyen, sin embargo, aquellos momentos en los que medimos el verdadero peso de nosotros mismos. Situaciones que nos ponen al límite de nuestra capacidad y nuestras fuerzas: son las marejadas de la vida. Son los distintos ritmos de un mar en el que estamos abocados a vivir; porque en el fondo todos somos millones de afanosas y volubles espaldas y esperanzas empapadas o así debería ser. Que, al contrario, quedarse en la orilla del océano sin experimentar el suave balanceo o el azote de las olas es como renunciar a los múltiples latidos y sabores que la vida lleva dentro.

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