Javier María Díaz Vellón.- En los últimos años, el centro de Ciudad Real ha cambiado profundamente. Calles que durante décadas estuvieron abiertas al tráfico se han peatonalizado, el acceso del vehículo particular se ha reducido y bicicletas y patinetes han pasado a formar parte habitual de nuestro paisaje urbano.

El objetivo parece razonable: una ciudad más agradable, menos contaminada y en la que el peatón recupere espacio. Pero quizá ha llegado el momento de hacernos una pregunta muy sencilla: ¿de quién son realmente las calles de Ciudad Real?
Porque retirar coches no significa necesariamente devolver las calles al peatón.
Caminamos por zonas peatonales mientras a nuestro alrededor circulan bicicletas y patinetes eléctricos. A determinadas horas aparecen furgonetas y camiones de reparto, imprescindibles para abastecer a los comercios. Terrazas, mobiliario urbano, carga y descarga y diferentes formas de movilidad comparten un espacio que, paradójicamente, llamamos peatonal.
Y en medio de todos ellos sigue estando el peatón.
No se trata de estar contra el patinete, la bicicleta, el reparto o el automóvil. Todos tienen su función. Se trata de establecer claramente quién tiene prioridad cuando todos coinciden en el mismo espacio.
Al mismo tiempo, acceder al centro en vehículo particular es cada vez más complicado. Y cuando conseguimos aproximarnos, encontramos estacionamiento regulado, horarios y tarifas. Queremos un centro lleno de personas, comercios y actividad, pero debemos preguntarnos si estamos facilitando suficientemente que esas personas lleguen hasta él.
A esto se añade la transformación administrativa de la ciudad. La concentración de servicios en la nueva Ciudad Administrativa ha desplazado una actividad que durante años generó movimiento en determinadas calles del centro, mientras edificios históricos de uso administrativo buscan ahora una segunda vida.
Los cambios pueden ser positivos. Peatonalizar también puede serlo. Pero peatonalizar no debería significar desertizar.
Una calle recién pavimentada, bonita y sin coches puede ser un éxito urbanístico, pero será un fracaso ciudadano si termina llena de locales cerrados y vacía cuando cae la tarde.
El éxito de una peatonalización no debería medirse únicamente por los metros cuadrados ganados al automóvil. También deberíamos preguntarnos cuántos comercios permanecen abiertos, cuántos nuevos negocios se instalan, cuántas personas visitan el centro y cuántas familias siguen queriendo vivir en él.
Y aquí planteo al Ayuntamiento una propuesta muy concreta: utilicemos también la ORA para ayudar a mantener vivo el centro.
Primero, ORA gratuita los sábados. El sábado es precisamente uno de los días en los que más familias de los barrios y vecinos de otros municipios pueden desplazarse tranquilamente al centro para comprar, pasear o consumir en nuestros establecimientos. Facilitarles el estacionamiento sería una forma sencilla de incentivar esas visitas.
Segundo, de lunes a viernes, una hora gratuita de ORA vinculada a una compra en un comercio de proximidad del centro. El establecimiento podría validar esa hora mediante un sistema sencillo asociado a la matrícula o a la aplicación de estacionamiento. No propongo eliminar la ORA: propongo utilizarla también como herramienta de dinamización comercial.
De esta forma mantenemos la rotación de vehículos que persigue el estacionamiento regulado, pero al mismo tiempo premiamos a quien decide comprar en nuestros comercios.
No se trata de volver a llenar el centro de coches. Se trata de que las restricciones necesarias para transformar la ciudad vayan acompañadas también de incentivos. Si queremos menos coches en nuestras calles, pero queremos conservar nuestros comercios, debemos encontrar un equilibrio entre ambas cosas.
Ciudad Real tiene una ventaja extraordinaria: su tamaño. Podemos caminar por gran parte de nuestra ciudad y disfrutar de un centro cercano, comercial y humano. Precisamente por eso deberíamos ser capaces de encontrar un equilibrio entre movilidad sostenible, actividad económica y accesibilidad.
El peatón debe sentirse seguro. El ciclista y el usuario del patinete deben saber por dónde circular. Los vehículos de reparto necesitan abastecer a nuestros establecimientos. Los residentes tienen que poder acceder a sus viviendas. Y nuestros comerciantes necesitan clientes.
No convirtamos este debate en una guerra entre coches y peatones.
La verdadera pregunta es qué centro queremos dentro de diez años.
Podemos construir un centro magnífico para fotografiarlo o podemos construir un centro magnífico para vivirlo.
Porque las calles no pertenecen al coche. Tampoco al patinete, a la bicicleta, a las terrazas o a los vehículos de reparto.
Las calles pertenecen a las personas.
Y una ciudad verdaderamente pensada para las personas debe conseguir que puedan caminar por ella, vivir en ella, trabajar en ella y seguir comprando en ella.







Totalmente de acuerdo.