“Uno tiene tres vidas, la pública, la privada y la secreta. Vida privada es la que se comparte con la familia y los seres queridos más cercanos”
GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ
(Premio Nobel de Literatura colombiano)
José Luis Comas Acosta hizo en El Toboso buenas amistades, sobre todo con Enrique Gómez, además de con otros maestros. De su amistad con Gómez hay que destacar la gran afinidad, respeto y complicidad que había entre ellos, lo que se percibía en su correspondencia.

Coincidían en edad, pues los dos nacieron el mismo año; en profesión, ambos fueron maestros nacionales por tradición familiar, la cual ejercieron con pasión; y tenían sensibilidad artística, pues los dos estaban dotados para la pintura, aunque la cultivaban con desigual intensidad.
Sin embargo, se diferenciaban por su procedencia, manchega la de uno y sevillana la del otro; por su situación personal, uno casado y con hijos y el otro soltero; o por su forma de vivir, uno acomodado a las costumbres más tradicionales y el otro más liberal y bohemio.
En Ciudad Real también hizo amistades personales en su ámbito profesional, artístico y literario, y en Madrid le ocurrió lo propio, aunque la capital ofrecía más posibilidades que otros destinos. Y allí fue donde más tiempo vivió y seguramente donde más amigos tuvo.
Él visitaba asiduamente Cádiz y El Puerto de Santa María, donde decía codearse con próceres del nuevo régimen, como José María Pemán. Pero lo que más le gustaba eran sus visitas a las playas, el baño en el mar y conocer e ir acompañado de mujeres atractivas.
Aunque donde más se prodigaba era en su Sevilla natal. Allí, además de participar en actos culturales o exposiciones artísticas, asistía a los principales actos festivos de la ciudad, alguna vez visitaba a la familia o bailaba sevillanas, arte para el que estaba dotado.
En una ocasión contó que realizó un viaje inesperado. Decía que un empresario galo pretendía instalar un negocio en Madrid, para lo que él elaboró un proyecto. Pero aquel francés cambió de planes y decidió instalarlo en París, por lo que requirió que fuera él para ejecutar el diseño que había realizado. Contando su aventura le envió a su amigo una misiva en la que le daba detalles sobre la capital del Sena, del bohemio barrio de Montmartre o de una francesita parisina, Jacqueline, a la que conoció allí.
Más allá del viaje, lo que muestra el trasfondo de esta historia es que sus ingresos como docente daban para poco, por lo que él debía buscar otros recursos realizando actividades como la que explica en su carta o intensificando su participación en eventos culturales.
Él decía con ironía que a sus modelos femeninas las tenía que entretener, incluso provocarles la risa, utilizando todo tipo de argucias o estratagemas para que, mientras las pintaba, mantuvieran la sonrisa de manera que el lienzo pudiera ofrecer su mejor imagen.
Curiosa era su valoración de la Semana Santa: “Sevilla, tierra maravillosa donde los hombres nacen cargados de civilizaciones superpuestas inmensas, (…). Tierra privilegiada de tartessos, de fenicios, de romanos y de árabes, que aquí dejaron los más valiosos valores espirituales y con ellos dieron forma a esta raza actual que levanta tronos de oro, plata y pedrería preciosa a sus imágenes barrocas, en un cristiano paganismo, en una idolatría fastuosa de fondo católico, que flota en el piropo a sus vírgenes y el embrujo hondo e inefable de sus saetas”.
En su correspondencia un día le dijo a su amigo que, aunque sabía que a él no le interesaban sus andanzas amorosas, sabía que a sus compañeras maestras sí, por eso le pedía esa información. Comas le respondió que, en ese momento, tenía tres candidatas para casarse: una sevillana, otra ciudadrealeña y la última madrileña.
La sevillana era una profesora de música, antigua compañera suya y muy atractiva; lo acompañaba en todo tipo de bailes, tocando la guitarra mientras él cantaba flamenco, a lomos de un caballo en el Real de la Feria o en los actos de la Semana Santa hispalense.
La de Ciudad Real era una maestra parvulista a la que dedicó un poema entrañable, una de cuyas estrofas decía:
“Tal vez sola, ausentada
del calor de familiares,
entrega a sus escolares
todo el amor que le aflora”.
La soledad de esta joven sintonizaba con la de Comas, que en una de sus epístolas decía: “Yo soy el primero en sufrir la dureza de ciertos momentos de mi vida, lejos de afectos familiares. Esta [existencia] de encierro por temporadas, sin una caricia amante, sin una voz cariñosa que cuide mis horas…”.

La última era la poetisa madrileña Carmen de la Torre, a la que estaba muy unido desde hacía varios años. Con ella participaba en actos culturales de poesía, declamación o artísticos. Pero nuestro singular sevillano ni se decidía ni quería renunciar a ninguna de ellas.
Sin embargo, en 1963 se casó con la escritora madrileña cuando él pasaba de los cincuenta y ella tenía diecinueve años menos.
Ciudad Real, 24 de septiembre de 2026
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