Pedro Oliver.- Hablaba ayer Netanyahu en la ONU de las vacunas y los víveres que el ejército israelí está haciendo llegar a «la población enemiga». Pensé enseguida que en estos tiempos de falsedades e imposturas, cuando la barbarie se nos presenta envuelta en papel de celofán constitucional, el genocidio tiene que admitir a la vez la destrucción y la ayuda humanitaria para legitimarse y seguir desarrollándose. Cualquier criminal de guerra necesita humanizarse ante las masas y las memorias, desea salirse de la selva de las bestias en la que lógicamente lo situamos las mentes civilizadas (ahí representamos a los genocidas, aunque nos sepamos bien el trasfondo banal de civilidad y humanidad que subyace bajo la piel y la mentalidad de esos hombres infames).
El genocidio que Netanyahu niega no es solamente el resultado bestial de las decenas de miles de víctimas mortales provocadas por los bombardeos y los drones asesinos. El genocidio, que continúa ahora a otro ritmo mientras mueren otros muchos de los que sobreviven sobre los escombros, ya había empezado a hacerse posible mucho antes, nació a lo largo de las décadas entre la cadena de violencias, incluyendo los encarcelamientos y las torturas. Israel es ese Estado que hace años se permitió a sí mismo legalizar la tortura.
Fue la mente torturante de Netanyahu la que hablaba ayer en la ONU después de recibir el boicot de la mayoría de representantes. Con sus palabras nos torturaba de manera bestial. Eso pensé. Hasta que recordé a Hannah Arent y, tras dejar de ver a ese hombre cruel como el monstruo que no es, también recordé este diálogo que subrayé en las páginas de Los Hermanos Karamázov de Dostoyevski, cuando Ivan le relata a Aliosha cómo torturaban los soldados turcos y circasianos en Bulgaria a la población civil en general, también a los niños, incluso delante de sus madres:
«A veces se habla de la crueldad ‘bestial’ del hombre, pero eso es una gran injusticia e insulto a las bestias; una bestia nunca puede ser tan cruel como un hombre, tan artísticamente, tan ingeniosamente cruel».





