¿Quién?

Ramón Castro Pérez.- Despedirse (oficialmente) del verano cuesta muy poco. De hecho, ni siquiera me acordaba de él desde que dejó de serme útil. Para mí, había desaparecido con la llegada del primero de septiembre, día en el que decenas de rutinas volvieron a ocupar mis pensamientos. Esta semana se fue. Recibí la noticia con indiferencia.

Apenas basta una quincena para olvidar algo que parecía importante en su momento. Las injusticias se destiñen con el paso del tiempo y es de espabilados sacar tajada justo cuando el plato está aún caliente sobre la mesa. Las sobras no son del gusto de nadie. Ni siquiera el perro las quiere ya. Tal vez no sea para tanto el atropello, sino imposturas fabricadas «ad hoc» con el ánimo de ganar puntos y adelantarse en la carrera por ser el más bueno de todo el mundo.

Las causas requieren de mártires, tanto como de incitadores ladinos que no dudarán en preguntar qué es el verano cuando estamos ya, a las puertas del invierno. Con el beneplácito del pueblo, que vive atrincherado en el doble rasero de la paja en el ojo ajeno y la viga en el propio.

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