Antonio Carmona.- Para comenzar, no estaría de más distinguir entre símbolo y signo, Un signo puede ser al mismo tiempo un símbolo, aunque este mecanismo casi nunca funciona a la inversa. Si nos atenemos a un ejemplo basado en añejas pancartas durante aquellas manifestaciones del siglo XX, el “NO A LA OTAN” es un grupo de signos (letras, en este caso) que millones de habitantes originarios de diferentes países comprenden a la perfección, más allá de que compartan o no el fin último del mensaje. No sería extraño que en otra pancarta cercana apareciera la representación de una paloma blanca.





La paloma blanca sí conforma un símbolo, su interpretación es más abstracta y compleja. Se trata de un valor cultural y colectivo mucho más profundo, diríamos que universal puesto que la paloma blanca (la paz) es conocida por todo el mundo. Aquí cabe una aclaración: eso de “todo el mundo” nos gusta decirlo a los occidentales cuyo etnocentrismo (idéntico al etnocentrismo de otros grupos culturales no occidentales) nos lleva a hablar de “todo el mundo” cuando nos referimos a “nuestro mundo” en particular, sin ser muy conscientes de que nos queda muchísimo por saber y aprender de “todo el mundo”.
Podríamos desplegar el ejemplo anterior, pues una pancarta en sí misma constituye ya un símbolo. Aunque se hallara tan lejos que no pudiéramos distinguir sus letras o imágenes, sabríamos que se trata de una reivindicación, una queja, una protesta, un reproche, una denuncia… Y es que deviene en símbolo cualquier objeto, imagen, artefacto, sonido (música), gesto o incluso persona a la que un colectivo ha resuelto otorgar un significado concreto. El símbolo, sin embargo, su significado y función plena es, si cabe, más extensa. Como podremos comprobar, está capacitado para repercutir en muchos más ámbitos
Nos referíamos antes a décadas pasadas e igualmente podemos hacerlo sobre contextos simbólicos de hace milenios. Al fin y al cabo, se trataba de una especie bípeda idéntica a la nuestra. Eran nuestros ancestros y. por lo tanto, nosotros somos sus descendientes. Los enclaves, abrigos y farallones rocosos, con representaciones pictóricas esquemáticas en la Península se pueden contar por miles, solo en la provincia de Ciudad Real hay más de quinientos. Así como aclarábamos que una pancarta es en sí misma un símbolo, también lo constituían (lo constituyen) estos abrigos y paneles rocosos por sí mismos. Cualquiera que los haya visitado percibe que del lugar emana un mensaje, un significado, independientemente de los signos y símbolos representados en su superficie y posiblemente su alcance significativo sea más relevante que el de los propios signos. Por supuesto, esta sensación no es un concepto mensurable, susceptible de ser analizado científicamente. Ninguna de las emociones estimuladas por un símbolo lo son.
El indalo probablemente sea una de las formas antropomórficas pertenecientes al estilo esquemático más conocidas en España, unos trazos muy simples que en este caso representan a una persona con una línea semicircular sobre la cabeza que une sus brazos extendidos. Este símbolo es prehistórico y es actual. Tras encalar una casa, ha sido durante siglos y sigue siendo costumbre en diversas comarcas de Almería pintar en la fachada o junto a la puerta esta imagen. Se interpreta como un amuleto protector que salvaguarda el hogar de tempestades o de cualquier energía negativa acechante, como el mal de ojo. Si indagas más sobre el tema, hay quien lo ve como un simple adorno. Para otros, el símbolo que expresa una afortunada estrategia de márquetin con el fin de incentivar el turismo en la provincia de Almería.
Aquí tenemos un caso claro de símbolo que “sobrevive” durante milenios con diferentes interpretaciones sincrónicas y diacrónicas. ¿Quiere esto decir que en sus orígenes ostentaba para sus coetáneos alguno de estos significados anteriores?… Ciertamente, no (sobre todo la referente al turismo). Ni siquiera es plausible que durante los siglos que perdurara en su propia cultura, esta figura mantuviera una única e inamovible interpretación. A decir verdad, poco importa qué significan los símbolos en tanto “representación” de una realidad objetiva, si es que tal existiera. Lo esencial es constatar de qué manera “significan” y cómo al ejercer esta tarea de significar una idea o concepto determinado para un colectivo concreto, consiguen ser “eficaces”.
Éste no es, ni mucho menos, el único caso de simbología imperecedera. La prehistórica cruz esvástica llegó hasta el Tercer Reich con unas connotaciones muy distintas a las de su origen. Por ello es conveniente renunciar a tomar los símbolos como definitivos, como si ellos mismos acarrearan una huella imborrable o imposible de modificar. Ahora nadie luciría una esvástica en su solapa con la pretensión de que se le identificase con aquel significado ancestral, pues todos conservamos un concepto despectivo de lo que aquello representó el pasado siglo. Pero, tiempo al tiempo, ni siquiera esto último es inamovible, también está sujeto a nuevas interpretaciones. Bueno, en cierto modo, ya lo estamos viendo y viviendo.
Aunque, por otro lado, ¿qué problema habría en portar un pin (lo que antes llamábamos una chapa) con la representación de una paloma blanca? ¿Quién iba a negarse a llevar un símbolo de la paz tan anhelada por “todo el mundo”?… ¡Muchísima gente lo rechazaría! ¡Por supuesto! Todo símbolo tiene una interpretación abierta, flexible y arbitraria. Suelen estar caracterizados por una ambigüedad calculada, práctica y, diríamos, interesada. Son susceptibles de ser manipulados con la pretensión de convertirlos en parte de nosotros mismos, de nuestras emociones, aunque con diferentes connotaciones. En esa paloma blanca quizá tú veas paz, otro ve a un papanatas zurdo adoctrinado, otro a un incurable nostálgico de “aquellos tiempos” que jamás volverán.
Lo que queda claro es que a nadie se le puede forzar a identificarse con la proclama de un símbolo, ya sea la Concha de Santiago, el Gallo de Portugal, un escudo o una bandera. Vale, la verdad es que sí se puede. De hecho, se ha optado por esa vía en múltiples ocasiones durante nuestra Historia. Pero a partir de ese momento el símbolo deja de ser “eficaz” en cuanto a que en esa tesitura se dinamita el consenso necesario para que un símbolo “funcione”. Ningún símbolo expresa por sí mismo eso que creen o creemos fervientemente que expresa, sino que adquiere esa categoría por una serie de hechos, acontecimientos, hitos colectivos que de forma tácita relacionamos libremente con él. Los individuos que componen ese grupo humano se ven identificados en dicho símbolo, es más, ven la realidad a través de él. En cierto modo, el símbolo les conmina a sentirse parte de la misma tribu.
Todo símbolo es connotativo, o sea, describe una realidad que trasciende nuestra percepción de la materia objetiva. Su hábitat está constituido, por tanto, de elementos subjetivos o emocionales adquiridos a partir de unas vivencias, de la inmersión en una cultura determinada con sus creencias, mitos y religiones, su concepción del mundo, sus recuerdos (más o menos idealizados), sus pasiones… todo lo anterior da sentido a la simbología. Ante la misma bandera, unos vivieron la victoria y el resarcimiento de sus aspiraciones y otros, la derrota aderezada de represalia y frustración. Ante el mismo himno, unos desfilaban en una marcha triunfal, mientras a otros los instruían marcándoles el compás de la composición musical en las costillas. De aquello hace ya mucho tiempo. Más tiempo hace —setenta años más antigua que nuestra Guerra Civil— de la Guerra de Secesión (guerra civil americana) y aún está abierta allí la herida y conviene saber de qué bandera alardeas según en qué lugar de Estados Unidos te halles.
El problema se enquista y evoluciona a tumor maligno cuando uno de los grupos tribales se “adueña” del símbolo, cuando convierten al símbolo en un modelo de realidad, una interpretación de cómo ha de ser el colectivo que representa y la conducta de sus ciudadanos. Un grupo convierte al símbolo en prototipo y guía en aras del “orden social”. La bandera “abriga” ciertos comportamientos e identidades, creando un fuerte vínculo de unidad entre ellos, al tiempo que rechaza lo que considera aberración, desorden o que atenta contra los ideales del espíritu puro que la sustenta.
Un fuerte consenso crea un gran disenso, una oposición binaria de símbolos. El rechazado puede optar por abanderar otros colores bajo los que refugiarse e identificarse, donde sentir la pertenencia a otro grupo. El pisto está servido. Pocas bromas con la simbología y las banderas, tan inofensivas en tiempo de paz y tan propensas al conflicto en cuanto las cosas se complican. Recuerda que nosotros somos nuestros símbolos, vemos la realidad y miramos a través de ellos. Dado el caso y bajo la influencia de lo que nosotros mismos hemos creado, somo capaces de justificar hasta la muerte del “otro”. Recuerda aquello de que cualquiera de los símbolos (podría ser el que te representa) “ha de helarte el corazón”.






