Sigue pasando. Seguimos escuchando a adolescentes, incluso a niños, insultar al presidente del
Gobierno en cualquier ambiente.
Si con esos pocos años que tienen ya normalizan el insulto a una autoridad, ¿qué dirán y a quién cuando sean adultos?
Es preciso enseñarles que se puede expresar el desacuerdo con alguien sin utilizar palabras soeces ni malsonantes, sino razonando de un modo sensato.
No es ningún secreto que el éxito de la convivencia en sociedad pasa, obligatoriamente, por el respeto y la educación. Y ambas cualidades hay que inculcarlas en la infancia. Pero parece que se nos olvida.
Es urgente, también, que determinadas personas de la clase política dejen de utilizar descalificaciones hacia el contrincante y que empleen en su discurso ideas y palabras con coherencia y sabiduría, en lugar del insulto y la rima fácil y chabacana.
Necesitamos que los hombres y mujeres del futuro sepan comunicarse bien y transmitir sus ideas sin recurrir a faltas de respeto, que sepan distinguir dónde están y dónde pueden expresarse con insultos o sin ellos. Si no perciben esta idea ni en sus hogares ni desde los medios de comunicación, estamos perdidos.
No es normal que en las aulas debamos insistir en esto y tengamos que recordar que no es lugar para que se refieran, con esa vulgaridad, a la política.
Seguro que a todos nos gusta que se nos trate bien y que nos hablen de manera educada. No permitamos, pues, desde casa, que nuestra infancia crezca en esta pobreza intelectual. Seguro que, con empeño y ganas, podemos evitarlo.






