Piedras

Ramón Castro Pérez.– Me devoró en tan solo unos meses, sin dejar migaja alguna que pudieran recoger aquellos que un día fueron mis amigos. Ni rastro encontraron de lo que había sido, perdiéndome para siempre. «Simplemente, se fue. Desapareció.», relataban sorprendidos. Y, finalmente, aliviados.

Desde su estómago, aprendí a quererme y fui consciente del engaño al que estuve sometido en mi vida anterior. Yo no había nacido para agradar a los demás ni mucho menos. Tampoco me hacía favor alguno viendo el lado bueno de las cosas. Todo lo contrario. Vivía en mitad de un sopor que me impedía ver la vida tal y como es. Ahora soy yo y me siento bien cuando me acurruco en lo más hondo de sus tripas, al calor de un cuerpo que había de ser mi destino y que, afortunadamente, he acabado encontrando.

Doy gracias por ello. Alguien debe hacerlo y nadie mejor que yo para indicar y señalar todo lo que no funciona, todo lo que sale mal, todo lo que debería llevarse a cabo de otra manera, todo lo que se pierde por no haber elegido una alternativa que tampoco sería óptima. Me encargo de recordar todos los defectos y hasta el último inconveniente de cualquier decisión tomada por cualquiera. Siempre son los otros los que acaban decidiendo tomar un camino y yo quien advierte de los baches y de las piedras en su trazado. Nunca me equivoco. Si no las hubiera, las acabaría colocando yo.

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