Vicente Castellanos Gómez. Numerario del Instituto de Estudios Manchegos y cantautor.- Al cumplirse 25 años del fallecimiento de Pedro Pardo García, muy apreciado sacerdote y gran músico de Ciudad Real, es obligado homenajearle pues fue un hombre absolutamente singular, excepcional y extraordinario, cuyo estudio me reportó, en su día, como investigador, un torrente de aprendizajes y devoción por su personalidad. En 2022 pude por fin publicar su biografía contextualizada en el paisaje histórico cambiante que vivió y el catálogo completo de sus obras musicales, conocido como Catálogo VC. El libro, bajo el título El valor de la bondad, fue editado por el Instituto de Estudios Manchegos y la Asociación de Amigos de Pedro Pardo, que tanto han trabajado por su legado.
Fue Pedro Pardo García (1935-2001) una persona que atesoró determinados valores como la ternura, la fraternidad o el servicio —hoy tan en desuso—, aunque son valores que también forman parte de la historia, como él demuestra a lo largo de toda su vida.
Hace doscientos treinta a años la revolución francesa proclamó que la libertad, la igualdad y la fraternidad eran los cauces para construir la vida de los ciudadanos libres, que dejaban de ser súbditos y adquirían una dimensión insospechada en virtud del reconocimiento de sus derechos. De todos estos ideales el que menos recorrido y desarrollo ha tenido ha sido el de la fraternidad. Sí, es cierto que en determinados momentos de ansiedad y angustia aparece de forma puntual la solidaridad social, como aquellos aplausos a las ocho de la tarde en los balcones en pandemia o aquellos voluntarios que nos emocionaron tras la dana, pero la fraternidad como actitud de vida y prioridad no se contempla como algo significativo, y el ejemplo está precisamente en el final de la pandemia y la degradación de valores que vivimos.
La historia contemporánea, forjada en la lucha por el estado de derecho, la democracia y la defensa de los derechos humanos, ha ido apartado premeditadamente la fraternidad de los objetivos de las ideologías y de los grupos políticos. Si hay ley igual para todos ¿para qué necesitamos fraternidad? En este contexto, aquellos que defienden a los poderosos han materializado su discurso, pero también los que se dicen representantes de los humildes han caído en las mismas reivindicaciones materialistas. Y entonces, ¿dónde queda la gratuidad y la entrega personal? A veces se reduce a la invisibilidad y no es valorada… hasta que se pierde. Por ello es necesario la reivindicación de figuras de la talla de Pedro Pardo, un hombre del pueblo y para el pueblo, que trató a todos por igual y que nos transmite un mensaje de servicio que no podemos olvidar sino admirar e imitar, porque él hizo felices a los que le rodeaban y así ganó su propia felicidad. Y esta es la lección de la historia.
Pedro Pardo no vivió en una época fácil. Toda su infancia, adolescencia y juventud estuvo vinculada al primer franquismo, una fase de rencores entre los españoles. Rencores de los que habían vencido la guerra y no perdonaban a los derrotados, y de los españoles en el exilio, en el monte o simplemente callados, que odiaban a Franco y todo lo que, según ellos, representaba el franquismo, incluida la Iglesia y el clero, que no identificaban con valores de ayuda y servicio sino con imposición y miedo. Don Pedro atravesó esta etapa de su vida entregándose a la formación entre los muros del antiguo seminario de Ciudad Real ubicado en la calle Alarcos. Y creció en estudio, en experiencia y en criterio, asomado a sus ventanas, desde las que no se atisbaba toda la realidad, evidentemente, pero que eran para él una esperanza de hacer lo que más deseaba: entregar su vida a los demás, sin distinciones, para llevar a todos hacia Dios, el Dios del amor, el Dios de su fe, cada vez más intensa en su interior.
En aquellos tiempos de hambre y nacionalcatolicismo, como los historiadores han dado en llamar al proceso histórico de vinculación de intereses entre la Iglesia y el franquismo, uno de los mayores aprendizajes de don Pedro, el que terminó de definir su vocación, fue la música, toda la música, y con especial devoción la música sacra culta, procedente de los autores del estilo llamado cecilianismo. Debe aclararse que este estilo, impuesto por el Vaticano desde 1903, recuperaba como modelos de la música en los templos y en la liturgia el canto gregoriano y la polifonía clásica del siglo XVI. En esta recuperación la diócesis de Ciudad Real tenía grandes compositores como Salomón Buitrago, maestro de capilla de la catedral desde 1922, y el vicario Pedro Rebassa. Ellos fueron profesores del discípulo Pedro Pardo, que sintió desde muy joven la vocación de escribir y cantar música a varias voces, especialmente dedicada a la Virgen María, para dar sentido a su fe y trasladarla a los demás.
Sin embargo, cuando fue ordenado sacerdote la experiencia musical, en principio, pasó a un segundo plano porque Pedro Pardo descubrió la acuciante necesidad social de la provincia y la necesidad espiritual de cada alma ávida de escucha y comprensión. Esta fue su experiencia en el Camirro: la capilla misionera rodante, con la que recorrió durante más de dos años los caminos polvorientos de una empobrecida provincia de Ciudad Real, llegando a las aldeas y cortijos más recónditos para trasladar a los campesinos y gañanes de la larga posguerra un poco de esperanza.
Su experiencia social se avivó cuando en 1963 se hizo cargo de la parroquia más pobre de Ciudad Real, la parroquia del barrio del Pilar, un espacio plagado de cuevas y casas de visera sin saneamiento ni luz eléctrica en las calles. Por extensión, las gentes del barrio desconfiaban de la llegada de un nuevo cura, joven e inexperto. Muchos de los vecinos se sentían en las antípodas ideológicas de la dictadura y practicaban el anticlericalismo como norma de vida. Tal es así que el propio Pedro Pardo, con apenas 30 años de edad, captó el desencuentro y sintió miedo y escalofrío. Seguramente sufrió y se hizo preguntas, y rezó y reflexionó, aislado en casa, y al final obtuvo la respuesta: lo contrario a su miedo era justamente el amor que estaba dispuesto a dar a los demás a través de la entrega de sus dones, especialmente su sinceridad, su afabilidad y la música, y de su propia persona, que puso en manos de sus vecinos, incluso de los más desconfiados.
Y en esa respuesta lo encontramos el resto de su vida. Una respuesta que fue construyendo en un momento de grandes cambios en la historia de la Iglesia universal, motivados por la celebración del Concilio Vaticano II. Tal es así que podemos considerar a don Pedro como uno de los grandes ejemplos en la aplicación de las doctrinas del concilio, una aplicación social, a pie de obra, pastoreando a sus ovejas, arremangado, pringado hasta las cejas, si se permite la expresión.
Don Pedro vinculó su servicio al encuentro con la juventud. Grupos de muchachos y muchachas del barrio que habían nacido en torno a 1948-1950, necesitados de horizontes más allá de aquel barrio de calles de tierra y lodo que contemplaban a diario. Horizontes que no se ahogaran en la cerrazón, en la frustración o en el resentimiento, sino todo lo contrario, mentes abiertas para encontrar la luz en sus vidas. Don Pedro fundó con ellos un grupo de teatro y un coro y un grupo de adoración y un equipo de futbol que entrenaba de madrugada, cuando aún no se veía, para permitir el acceso de los niños trabajadores a esta actividad deportiva y reconfortante. Hacer equipo. Pero antes “hacer hombres y mujeres”. Y a partir de aquí, como gran opción y regalo, “hacer cristianos”. Son palabras suyas.
Don Pedro Pardo fue fundador, entrenador y presidente del equipo de la JOC Pilar (Juventudes Obreras Católicas) durante 19 años, y condujo al equipo a Segunda División Regional, ascenso que se produjo en dos ocasiones de la mano del míster Julián Amores. Y el equipo incendió el barrio de entusiasmo y nadie pudo apagar ese fuego que aún dura. Y los que habían mirado con recelo al nuevo cura ahora le admiraban y hablaban con él, e incluso algunos iban a misa y disfrutaban de la procesión de la Virgen del Pilar, de los villancicos del padre Pedro o del club de pesca que él mismo fundó. Nada impedía que don Pedro y sus vecinos, pensaran como pensaran, se tomaran “un chato” juntos.
No son pocos los cambios que se produjeron en estos veintisiete años de servicio al barrio, entre 1963 y 1990. El propio don Pedro y su hermana Tere pudieron mejorar su calidad de vida, después de muchos años, cuando pasaron de los hotelitos de la carretera de Carrión, cuyas humedades soportaron durante casi dos décadas, a la Casa Parroquial, inaugurada junto a la nueva iglesia en 1975. Cuantos esfuerzos conjuntos —incluido el trabajo físico como albañil— los que realizara don Pedro acompañando a sus jóvenes y a su gente del barrio para llevar a cabo la construcción del nuevo templo. Cuanto empeño y oración, finalmente visibles en la iglesia que se levanta en la calle que lleva su nombre, la calle de don Pedro Pardo.
Y cuando el equipo de futbol, por norma de vida, es decir, por la edad de sus jugadores y la falta de un campo propio, se deshizo —dolorosamente—, don Pedro empezó su segunda gran aventura: la dirección de la Coral Polifónica de Ciudad Real, que asumió desde 1983 hasta su fallecimiento en 2001. La tarea de Pedro Pardo al frente de la coral puede calificarse como un auténtico renacimiento orfeonístico en la capital manchega, después de la experiencia histórica de Salomón Buitrago como director del Orfeón Manchego en los años treinta. En este renacer, la catedral, sede de la Coral Polifónica, adquirió un nuevo protagonismo en forma de música litúrgica renovada y sublime, de la que el propio don Pedro fue compositor, en buena parte. Hemos recuperado todas sus partituras y se han digitalizado. Es un patrimonio importante de Ciudad Real, el llamado Catálogo VC, incluido en el Legado Musical de Pedro Pardo, que se guarda en el Archivo Diocesano.
Pedro Pardo nos ha donado una música excepcional. En su labor como compositor cuidó de forma especial la armonización, utilizando no pocas veces esas misteriosas pero envolventes tonalidades de si bemol mayor y sol menor, propias de los que se enfrentan al reto de despertar almas con la música. Entre sus obras destacan los motetes a la Eucaristía y los dedicados a la Virgen María, y especialmente sus misas: la Misa Popular, la dedicada a la Virgen del Pilar y la Misa Tota Pulchra dedicada a la Virgen del Prado, estrenada en la Eucaristía celebrada en el Parque de Gasset con motivo del IX Centenario de la Patrona de la ciudad, a la que asistió la reina doña Sofía.
Y con ser excelsa su obra social y su obra musical, más grande aún resultó su obra docente. Pedro Pardo fue profesor de Religión en el IES Maestre de Calatrava desde 1979 hasta 2000 y nadie ha podido olvidar su labor allí. Y no la olvidarán nunca sus alumnos. Tal fue su aprecio que le obligaron a volver a las aulas después de su primera jubilación. La vocación docente, hoy socialmente tan denostada, es incomprensible para el que no ha tenido dicha experiencia, pero es tan maravillosa que influye durante toda la vida de una persona. Don Pedro enfrentó esta tarea en una época empapada de secularización y distanciamiento de la sociedad con respecto a la Iglesia. Pero su respuesta no fue defensiva, orgullosa ni altiva sino una tarea de cercanía para atraer almas mediante su ejemplo personal y su entrega a los adolescentes, a los que tanto amó —“tanto te alejas tú, tanto más me acerco yo”—. Porque la tarea docente de verdad, por mucho que la quieren disfrazar de programación y metodologías y temporalización y evaluación y de sistema Pisa, en realidad solo consiste en escuchar al discente, en hacerle sentir una persona con oportunidades y en amarle. Y eso nos lo enseña don Pedro desde la distancia tan cercana de su labor educativa siempre presente y visible en el Politécnico y en tantos de sus alumnos y alumnas. Alguien me dijo en alguna ocasión: “hubiera enseñado lo que hubiera enseñado, Pedro Pardo siempre habría sido un profesor excepcional, porque no es lo que enseñas sino cómo lo enseñas”.
Tuve la inmensa suerte de conocer a don Pedro un martes de abril de 1999, cuando me abrió las puertas de la sacristía de beneficiados de la catedral de Ciudad Real para regalarme un trabajo inolvidable: la catalogación de los papeles musicales de Salomón Buitrago, que él había salvado del olvido o directamente de la pérdida. Durante dos años trabajé arduamente con la visita casi diaria de don Pedro, cuyo rostro resplandecía con los avances en el rescate de las obras musicales de su admirado Buitrago. Siempre tuve su apoyo y su cercanía en esta tarea, que nos unió en entusiasmo y amistad. Pero él no pudo ver terminada la catalogación, alrededor de 100 cajas de archivo. Su fallecimiento tuvo lugar el 4 de octubre de 2001, cuando el trabajo aún no estaba terminado. Supe entonces y sé ahora que había tenido la gran fortuna de compartir con él los dos últimos años de su vida, impregnados de la satisfacción común de recuperar un gran tesoro musical. Supe entonces y sé ahora que compartir dos años con una persona como él era un regalo del cielo.
Pero Pedro Pardo no es pasado. Su presencia cercana, su ánimo y su espíritu evangélico siguen vivos entre los que le conocimos y le quisimos, especialmente entre los miembros de la asociación que lleva su nombre, a la que pertenecen aquellos muchachos que jugaban al futbol al alba. Son muchos los homenajes que le han hecho justicia para que no se olvide nunca su amor por esta tierra y sus gentes, y para que no dejemos de admirarle. Y este 25 aniversario nos regala, una vez más, un gran motivo para actualizarle. Él, que fue ciudadano ejemplar en esta Ciudad Real, es hoy una de nuestras señas de identidad y un ejemplo permanente. Llamadlo amor.






