130 kilómetros, un padre y un hijo. Puertollano vuelve a cruzar la meta con orgullo

(Joaquín G. Cuevas Holgado y Fernando G. Cuevas Pareja afrontan juntos la Gran Fondo Costa del Sol 2026, un enorme reto de 130 kilómetros y más de 6.600 metros de desnivel acumulado)

Joaquín G. Cuevas Holgado.– Hay fotografías que cuentan mucho más de lo que parece. En esta hay dos medallas,  después del esfuerzo y, sobre todo, un padre y un hijo.

Detrás de esa imagen hay muchas horas de entrenamiento, madrugones, kilómetros, cansancio, sacrificio y también muchas ganas de compartir una experiencia que difícilmente olvidarán.

La cita era en Estepona, en la Gran Fondo Costa del Sol 2026, una prueba de esas que obligan a sacar lo mejor de uno mismo: 130 kilómetros de recorrido, 3.317 metros de desnivel positivo y 3.308 metros de desnivel negativo, más de 6.600 metros acumulados entre ascensos y descensos y un trazado que puso a prueba a los aproximadamente 600 participantes.

Una dureza que explica que cerca de 200 participantes no consiguieran completar el recorrido.

Pero entre todos ellos había dos ciclistas que afrontaban el reto con una motivación muy especial. Joaquín y Fernando. Padre e hijo. Y eso cambia completamente la historia.

Cuando uno afronta una prueba así, sabe que habrá momentos en los que las piernas pesen, en los que el cuerpo pida parar y en los que la cabeza tenga que convencer al cuerpo de que todavía queda camino.

Porque 130 kilómetros no se regalan.

Y mucho menos cuando el recorrido acumula más de 3.300 metros de subida y otros tantos de bajada.

Pero quizá lo más bonito de esta historia no sea saber cuánto tardaron, ni siquiera dónde terminaron.

Lo verdaderamente importante es que lo hicieron juntos.

Padre e hijo compartiendo carretera, cansancio, conversaciones, silencios, kilómetros y finalmente esa sensación difícil de explicar que aparece cuando, después de tantas horas, se cruza la línea de meta.

Una satisfacción que seguramente no cabe en una medalla.

Porque una medalla se guarda en un cajón.

Los recuerdos como este se quedan para siempre. Y con ellos también viajó Puertollano. Lo hicieron vinculados a sus clubes y al mundo deportivo que forma parte de su camino: Club Ciclista Puertollano, Club Triatlón Puertollano y Club Natación Puertollano.

Pero también lo hicieron de una manera mucho más sencilla.

Como dos deportistas de Puertollano que salen de su ciudad, recorren cientos de kilómetros y se presentan en una competición diciendo, con orgullo y sin necesidad de grandes palabras: “Somos de Puertollano.”

Y eso merece ser puesto en valor.

Porque son muchos los deportistas de nuestra ciudad que, con mayor o menor apoyo, con unos medios u otros, hacen las maletas cada fin de semana y salen a competir.

Algunos lo hacen representando a clubes locales.

Otros a clubes provinciales o nacionales.

Y otros, sencillamente, con sus propios recursos.

Pero todos llevan algo en común.

El nombre de su ciudad.

Y cuando se compite lejos de casa, ese nombre se siente todavía un poquito más. Quizá por eso merece la pena dejar una pequeña reflexión.

El deporte nos enseña a esforzarnos, a ser constantes, a respetar, a compartir y a entender que las cosas importantes casi nunca se consiguen sin trabajo.

Pero también estaría bien que quienes practican deporte pudieran sentir que, además de exigírseles, se les acompaña.

Porque el deporte debería ser una suma. Sumar esfuerzos. Sumar personas. Sumar ilusión. Sumar oportunidades.

Y, especialmente cuando hablamos de nuestros niños y jóvenes, ayudarles a descubrir que merece la pena esforzarse por aquello que les hace felices.

Padre e hijo. Dos generaciones unidas por una bicicleta y por una pasión.

Quizá dentro de unos años Fernando recuerde esta prueba y no recuerde exactamente cada puerto, cada kilómetro o cuánto tiempo estuvieron pedaleando. Pero seguramente recordará algo mucho más importante:

que aquel día compartió 130 kilómetros con su padre.

Y Joaquín podrá decir que tuvo la suerte de vivirlo junto a su hijo.

Eso es también el deporte.

No solamente competir.

No solamente ganar.

No solamente llegar.

Es educar con el ejemplo.

Es enseñar que cuando algo cuesta, hay que seguir.

Que cuando aparece el cansancio, se puede descansar y continuar.

Que los compañeros importan.

Que el respeto importa.

Que disfrutar del camino importa.

Y que compartir un esfuerzo con alguien que quieres puede convertir una prueba durísima en un recuerdo extraordinario.

La Gran Fondo Costa del Sol deja muchas historias detrás.

Cada participante tendrá la suya.

Algunos habrán conseguido su objetivo. Otros se habrán quedado por el camino. Algunos habrán sufrido más de lo que imaginaban y otros habrán descubierto que podían llegar más lejos de lo que pensaban.

La de Joaquín y Fernando es sencilla.

Un padre y un hijo decidieron intentarlo juntos.

Y lo consiguieron. Sin grandes pretensiones. Simplemente disfrutando de aquello que les gusta y sintiendo el orgullo de representar, una vez más, a la tierra de la que proceden.

Porque quizá esa sea la manera más bonita de representar a una ciudad:

Sin hacer demasiado ruido.

Con humildad.

Con esfuerzo.

Con respeto.

Y dejando que sean los kilómetros los que hablen.

130 kilómetros después, la medalla puede colgarse en casa.

Pero el recuerdo de haberlo vivido juntos…ese no se cuelga en ninguna pared.

Ese se queda para siempre.

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