Manuel Valero.– Uno se creía que con el tiempo la democracia maduraba, se maceraba, se fraguaba como el buen cemento y, al fin, se consolidaba con instituciones robustas por las costumbre y por encima de nombres y hombres. Y resulta que luego de cuarenta y ocho años, es decir, casi cinco décadas después, nos viene de nuevas, de tal suerte que pareciera que el 29 de Noviembre serán unas elecciones dramáticas. Era la costumbre, repito y una fiesta. La de la democracia. ¿Se acuerdan? Ahora el 29N, más que fiesta, tragedia. Así lo venden.
La cita de noviembre está revestida por una espesa capa de dramatismo como si se fueran a celebrar bajo amenaza de un mal terrible. Después de tanto tiempo no nos hemos acostumbrado, no nos hemos hecho más demócratas, porque un demócrata es tolerante, defensor de las reglas del juego y aceptación, sin más, del veredicto de las urnas y, sobre todo, respeta al adversario, no al enemigo, que es cosa de la guerra. Y si hay que acometer reformas profundas se acude al buen consenso democrático.
Pues bien, ahora, estamos en el punto de una bifurcación indeseable e inquietante, y se nos vende que tenemos que elegir entre la derecha que quitará derechos y velará por sus intereses porque los intereses generales le importan lo que la Gioconda a un calamar. O reeditar el Gobierno pero reforzado con mejores resultados para que sea la izquierda, y no la sopa ideológica con sal de derechas, que nos ha gobernado, que es la que tiene la solución a todos los problemas, incluido el de los alquileres que ha tratado de solucionar con cataplasmas de emergencia.
Las derechas y las izquierdas de nuevo mirándose a la cara con el colmillo retorcido y con batallas tuiteras de un nivel que avergüenza. Ojo, las derechas y las izquierdas, nomenclatura que sugiere un obsoleto banco y negro fílmico pero que ha vuelto 26 años ya del nuevo siglo. El Frente Amplio, ¿a qué les suena? Exacto. Para que la cosa adquiera tintes distópicos se está mirando fijar la fecha para una huelga general convocada por el Sindicato de Inquilinas ( e Inquilinos, ¿no?) y apoyada por los sindicatos, en vísperas de unas elecciones generales… Se convoca una huelga general que son palabras muy mayores ¡bajo un Gobierno de las izquierdas!, el mismo que lleva al mando de la nave los últimos ocho años. Contra el Gobierno. ¿O es a favor? Entonces… ¿una huelga general favorable al que manda? Distopía pura.
Pero lo más triste es la desaparición del equilibrio y de una transversalidad real, autentica y fértil en acuerdos. Por ejemplo, los pactos de Estado. Como bien apunta el compañero Ramón Castro, economista, colaborador de este periódico, el problema de la vivienda es complejo y necesita de un tratamiento largo con el consenso de las cuatro plantas de la arquitectura administrativa si incluimos las Diputaciones. Y por supuesto, hacerlas y dejarse de vainas.
Deberían ser unas elecciones más pero se avecinan con un redoble de tambor. Uno ya ha oído por ahí que gane quien gane arderán las calles, sobre todo si gana el PP. Bueno, ganará quien quieran los electores, ¿no?, que parecemos nuevos.
Pues ni la victoria de unos va a ser la muerte de las libertades y los derechos de la gente ni la de los otros va a ser un abracadabra que traiga el bienestar colectivo en un abrir y cerrar de ojos y casas adosadas por doquier.
PD. Si uno se asoma a la tapia que nos separa del mundo tampoco es muy alentador lo que se ve. A veces creo que los grandes cambios están predeterminados por causas que los hombres no controlan. A lo mejor las máquinas.







