Pedro Oliver.- «Somos más, muchos más», dijo Pedro Sánchez la noche del 23 de julio de 2023 desde la calle Ferraz. La frase resumía algo que las encuestas no habían previsto: el miedo a un gobierno del PP con la ultraderecha movilizó a un sector relevante del electorado. La aritmética hablaba por sí sola (179 votos de investidura y un gobierno de coalición en minoría) y la épica creaba el relato de un país europeo que frenaba la ola reaccionaria.
Ahora, tras convocar elecciones para el 29 de noviembre, el presidente ya no afirma que sean más: pide movilizarse para serlo. La frase se ha convertido en una pregunta: ¿somos más? El trasfondo de desesperanza se cubre con el deseo de una nueva gesta épica: «tenemos que ser más». Las encuestas indican que habrá una mayoría PP-Vox, pero con el desahucio de Maricarmen el foco se ha desplazado y se respira un nuevo clima político.
Hay otros miedos en el candelero. Dos meses hablando del miedo a la invasión han dado paso a un tiempo agitado por el miedo a los desahucios, a la subida imparable de los alquileres y a la voracidad de los fondos buitre. Las representaciones colectivas hasta el 29-N irán acompañadas de protestas antidesahucios. Aquel a quien sus detractores llaman «perro sanxe» ha olfateado los vientos de estos días y ha decidido arrostrar el final de la legislatura al albur de los ritmos cambiantes de la política espectáculo. ¿Cómo se manejará si no sobrevienen embates peores?
Hasta la noche del 29-N, Sánchez reivindicará una realidad que gracias a él ya conocemos en España: gobernar en coalición y en minoría, como es habitual en Europa, hasta que un socio decisivo deja de serlo. Ha quedado de manifiesto cuando, con la expectación espoleada por la acampada en Sol, el Congreso rechazó el decreto que prohibía los desahucios de personas vulnerables. Junts votó con el PP y Vox. Pero esa vía cerrada de manera abrupta e irritante ofrece a Sánchez la última baza: convocar elecciones y, de paso, llevar nuevos decretos a la Diputación Permanente, donde Junts ya no tiene la llave.
El problema de la aritmética parlamentaria es solo la superficie. Desde la crisis de 2008, y en España desde el 15-M de 2011, las democracias arrastran una crisis de representación no resuelta, por lo que sus efectos han ido llegando por oleadas: la «nueva política», con
un populismo de izquierda convertido hoy en izquierda radical; el fin del bipartidismo, aún vivo, pero en riesgo continuo; y, dentro de un contexto internacional cada vez más encanallado, el avance de las ultraderechas. Sobre ese suelo movedizo se asientan ciclos electorales que, en medio de una creciente polarización, favorecen los bloques antagónicos y agudizan el desgaste de las fuerzas de gobierno, sobre todo de la izquierda a la izquierda del PSOE.
¿Bastará con unir a las fuerzas de la llamada izquierda plurinacional para volver a ser más? Frente a un vulgar historicismo que dirige la mirada hacia la época del ascenso de los fascismos y los frentes populares, la historia de los años treinta nos obliga a la cautela.
En 1936 el Frente Popular ganó en España, pero gobernaron solo los republicanos, no las izquierdas que anteponían tacticismos y sectarismos. En Francia, el partido socialista gobernó con los republicanos de centro, pero en dos años el Frente Popular estaba
deshecho. Las alianzas que sobrevivieron fueron otras: en Dinamarca y Suecia, en 1933, socialdemócratas y agrarios pactaron protección para el campo a cambio de obras públicas y empleo urbano. No sumaban siglas afines, sino intereses distintos ante una misma crisis. No triunfó el valor de la unidad, ganó la idea de una alianza.
Si el 29-N ofreciera una nueva sorpresa pensaríamos inevitablemente en las protestas por la vivienda, porque sacuden el tablero. Pero toda protesta social puede traer consecuencias políticas (y electorales) imprevisibles. Trasladar irreflexivamente la calle a las urnas es erróneo, tanto como despreciarla. Las acampadas no son una correa de transmisión: hay pancartas también contra el PSOE y Sumar. El voto emocional y defensivo, que en estos tiempos es tan decisivo, se pierde tan rápido como se gana. Quedan ocho semanas.
«Somos más» fue en 2023 una suma de escaños. Para que vuelva a ser verdad tendría que convertirse en una nueva mayoría social al calor de una alianza PSOE-Izquierda plurinacional capaz de reconocerse en tres miedos comunes que destacan sobremanera: la ultraderecha, la guerra y el panorama distópico de la vivienda. Las derechas también señalan los suyos: una España rota, los inmigrantes «invasores» y una aritmética que ayude de nuevo a Pedro Sánchez.







