José Buitrago.- Durante más de tres décadas, Jesús Meliá Escrivá fue oboe solista de la Orquesta Sinfónica de RTVE, una etapa en la que dejó una huella profunda por su musicalidad, su rigor y su calidad humana. Su trayectoria, jalonada de encuentros con algunos de los grandes directores del siglo XX, refleja la historia de un músico excepcional y el valor de una forma de entender la música como servicio, arte y compromiso.
LOS PRIMEROS PASOS
Nacido en Riola (Valencia) el 21 de junio de 1939, Jesús Meliá Escrivá inició su formación musical en Valencia y la continuó en el Conservatorio de San Sebastián, donde culminó sus estudios de oboe con el Primer Premio Fin de Carrera y el Primer Premio de Música de Cámara. Antes de instalarse en Madrid formó parte de la orquesta de San Sebastián, tocando oboe y corno inglés.
UN LARGO CAMINO EN RTVE
En 1965 obtuvo por concurso-oposición la plaza de oboe solista de la recién creada Orquesta Sinfónica de RTVE. Durante más de dos décadas desarrolló una intensa actividad sinfónica, camerística y discográfica, trabajando bajo la batuta de maestros como Ígor Markévich, Sergiu Celibidache, Lorin Maazel, Sergiu Comissiona y Eliahu Inbal. Fue también integrante del Quinteto de Viento de RTVE y participó en numerosas grabaciones y conciertos.
Su presencia en la orquesta coincidió con una época especialmente facunda para la vida musical española, en la que RTVE desempeño un papel fundamental en la difusión del gran repertorio sinfónico, apareciendo semanalmente en la segunda cadena de televisión española durante dos décadas.
EL RECONOCIMIENTO DE UN GRAN DIRECTOR
Entre los recuerdos que Jesús Meliá conserva de aquellos años hay uno especialmente significativo. Durante un ensayo de la Cuarta Sinfonía de Chaikovski, Ígor Markévich escuchó el solo de oboe y, al terminar, paró a toda la orquesta. Ante todos los músicos dijo en voz alta:
“No hay nadie en Europa
que toque este solo
como Jesús Meliá.”
No fue un elogio aislado. En distintas ocasiones, Markévich destacó la calidad de sus intervenciones y puso especial énfasis en dos rasgos de su manera de tocar: la expresión y el sonido. Para un intérprete, aquel reconocimiento, procedente de un director de su talla y exigencia, tenía un valor especial y reflejaba la confianza artística que despertaba dentro de la orquesta.
EL ECO EN LA PRENSA
Su prestigio como intérprete quedó recogido en la prensa, el 19 de abril de 1978, Enrique Franco escribió en EL PAÍS sobre su interpretación del Concierto para oboe de Richard Strauss, dirigido por Peter Maag. Señaló que Jesús Meliá “parecía haberlo interpretado en público mil veces” y que actuaciones como aquella “prestigiaban a la orquesta”. Lo definía como “un excelente oboísta, un músico maduro”, destacando su dominio técnico y su fuerza expresiva.
PROFESIONALIDAD Y COMPAÑERISMO
Quienes compartieron con él aquellos años destacan no solo su talento, sino también su compañerismo, su generosidad y su discreción. Siempre dispuesto a ayudar a los más jóvenes, trasmitía su experiencia con humildad y profundo sentido del oficio. Para Jesús, la música era ante todo un espacio de encuentro, de exigencia y de belleza compartida.
UNA HUELLA EN LA DOCENCIA
A finales de los años ochenta su trayectoria se orientó también hacia la enseñanza como catedrático de oboe del Conservatorio Óscar Esplá de Alicante. Desde el aula trasladó a varias generaciones la experiencia acumulada durante décadas de ensayos, giras, grabaciones y conciertos.
Ese magisterio dejó un legado que continúa vivo en la vida musical española. Entre quienes se formaron con él hay intérpretes que han desarrollado su carrera como solistas en orquestas como la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias (Oviedo) y la Orquesta Filarmónica de Málaga, músicos que ocupan responsabilidades como corno inglés en la Orquesta Sinfónica de RTVE y así como profesores en conservatorios de música de Alicante, Madrid y otras ciudades. Su influencia se prolonga así a través de sus alumnos, tanto en los escenarios como en las aulas.
MÁS ALLÁ DEL ESCENARIO
Su legado reúne dos dimensiones inseparables: la del intérprete que contribuyó a consolidar una etapa decisiva de la vida sinfónica española y la del profesor que transmitió una manera de entender el oficio basada en la exigencia, la musicalidad, el cuidado del sonido y la capacidad expresiva.
“Un excelente oboísta,
un músico maduro,
que parecía haber interpretado
este concierto en público mil veces.”
ENRIQUE FRANCO
EL PAÍS, 19 de abril de 1978







