Dos derrotas previsibles y dos balances provisionales

Pedro Oliver.- Las encuestas no votan, pero respiran el ambiente, dibujan el clima del momento, antes de salir a la calle nos hacen buscar en el perchero qué prenda dejamos, qué abrigo nos ponemos, o si preferimos quedarnos en casa a ver cómo llueve tras los cristales.

El clima que dejan los sondeos de estas semanas es alarmante para las izquierdas. El promedio de RTVE del 5 de octubre sitúa al PP en el 32,5 %, al PSOE en el 26,3 %, a Vox en el 18,7 % y a Sumar en el 6,3 %. Las simulaciones de reparto de escaños publicadas por El País el 11 de octubre otorgan al bloque de PP y Vox alrededor de 200 diputados, frente a unos 137 del conjunto de las izquierdas. Ni siquiera una candidatura conjunta de Sumar, IU y Podemos cambiaría el cuadro: mejoraría la representación de la izquierda alternativa, pero no el equilibrio entre bloques.

Quedan siete semanas y todo puede moverse, pero las últimas noticias no indican otra cosa que no huela a catástrofe. Aun así, y como el futuro de las urnas depende tanto de las contingencias y hasta de las supersticiones postmodernas o los embates de Trump y otros villanos con capacidad tecnológica, me voy a contener y adelantaré dos balances provisionales. Son dos derrotas posibles, distintas pero convergentes.

La primera es la del bloque de las izquierdas frente al de las derechas y las ultraderechas. El problema no es solo la fragmentación. Es la dificultad para articular una mayoría alternativa que sea a la vez social, política y parlamentaria. El miedo a la extrema derecha no se materializa igual. El PSOE pierde apoyos respecto a 2023, la izquierda alternativa no compensa esa pérdida y la falta de unidad agrava las dificultades de representación. Si llega, esa derrota no será la de un solo partido, sino la de una incapacidad compartida para construir una alternativa de poder.

La segunda se libra dentro del propio espacio progresista, en la de la izquierda radical frente al PSOE. Mientras el bloque retrocede ante las derechas y ultraderechas, los socialistas podrían recuperar la hegemonía sobre el espacio situado a su izquierda. Una parte del electorado que en 2015 encontró en Podemos la impugnación de una socialdemocracia en declive podría regresar ahora al PSOE. Sumar, Podemos e IU quedarían debilitados, fragmentados y sin fuerza para sostener una alternativa autónoma. La falsamente nombrada «operación Rufian» podría convertirse en la enésima maniobra divisoria que hasta restaría esperanza a la «Vía Colau». La presión de los de Pablo Iglesias hacia los de Yolanda Díaz no solamente no amaina, ahora sí que se hace recia, quizás terminal. La territorialización de las izquierdas a la izquierda del PSOE va a ser la tónica de una especie de voto refugio, en Bildu, ERC, BNG, Compromis, Adelante Andalucía… Se cerraría así, por la vía de las urnas, el espacio que el llamado ciclo 15-M-Podemos contribuyó a abrir. Pedro Sánchez, en parte, salvaría los muebles gracias a eso, a pesar de su fracaso.

La paradoja es doble. El PSOE podría imponerse en su bloque sin lograr que ese bloque vuelva a ser mayoritario. Y la izquierda radical podría perder su batalla por la hegemonía sin que la socialdemocracia consiga, a cambio, reconstruir una mayoría de gobierno.
¿Asistimos, entonces, al final de un ciclo? La historia aconseja no confundir un resultado electoral con una tendencia de fondo. Pero el desenlace más paradójico no puede descartarse: que la izquierda radical desaparezca como alternativa autónoma, que la socialdemocracia recupere su hegemonía y que, aun así, las izquierdas en su conjunto sigan sin poder gobernar y, dicho sea de paso, sin influir demasiado en nada, quizá incluso acaben siendo desarticulados como «célula de tertulianos» en los medios de comunicación, los platós y los micrófonos. Es lo que indican estos tiempos de protesta: algo nace cuando lo que no sirve se muere del todo, algo como los movimientos sociales, esas movilizaciones que en Chile, Francia y España están demostrando una vez más que funcionan bien sin partidos, echando mano de la fuerza y la imaginación para empujar desde abajo el cambio social y modificar las agendas políticas.

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