Octubre revuelto

Natividad Cepeda.- Es octubre y asistimos a un río revuelto de políticos que agitan a las masas con manipulaciones diversas. El poder compra y el dinero corrompe voluntades; así se orquestan grupos numerosos en contra de leyes e instituciones, convirtiendo la legislación en papel mojado. Esta dinámica proyecta la equivocada visión de que en la sociedad se impone siempre el más fuerte, aplastando a quienes no alzan la voz ni toman las plazas y calles de las ciudades más importantes en provocadas actitudes.

De este modo, quienes mandan utilizan a estos grupos de presión para confundir y, al mismo tiempo, someter a quienes los siguen como un rebaño. Estos seguidores quedan a su merced, incapaces de cuestionarse por qué existen otros grupos que no están de acuerdo. Por ello, cuando los ciudadanos no alienados denuncian la inmoralidad y los fraudes del mandatario, sus seguidores se revuelven furiosos contra los demás, ahogando los valores morales que deberían ser el cimiento de una sociedad justa y equilibrada.

Como seres sociales, nos necesitamos mutuamente para continuar en nuestro caminar. Sin embargo, es vital saber diferenciar quiénes son los usurpadores del poder y quiénes son aquellos que verdaderamente abogan por una sociedad justa, basada en el respeto a las leyes establecidas en las constituciones aprobadas por los parlamentos de cada país.

La profunda decepción de la sociedad en estos tiempos revueltos, acompañada de una escasa esperanza de mejora, sirve de incentivo para que los ambiciosos de poder traicionen sus promesas. Se venden para acumular riquezas, aprovechándose de la posición que ocupan. Es entonces cuando ese mandatario sin escrúpulos introduce «caballos de Troya» en el sistema para perpetuarse en el poder y manipular a la sociedad en beneficio propio.

No es nada nuevo; la Historia está plagada de nefastos gobernantes que han llevado a la ruina y al enfrentamiento a sus pueblos con tal de conseguir sus fines. Basta recordar cómo, en las postrimerías de la República Romana, políticos ambiciosos azuzaron a las turbas para intimidar a sus rivales, quebrando la convivencia y abriendo paso a las guerras civiles y la tiranía. Más cerca en el tiempo, etapas oscuras como el Régimen del Terror en la Revolución Francesa o la polarización extrema de los años treinta en Europa y en España nos dejan una lección ineludible: cuando el fanatismo en las calles sustituye al debate y a la ley, el tejido social se desgarra y tarda décadas en sanar.

El siglo XXI está lleno de nuevos caudillos con desmesuradas ansias de riqueza y de poder, y nuestras sociedades se enfrentan en un tablero social cada día más injusto y peor dirigido. Al ver cómo se suceden los mismos casos que en la antigüedad, queda la amarga sensación de que no hemos aprendido nada a pesar de los avances tecnológicos. La ética y el valor de nuestras acciones es la que nos diferencia los unos de los otros, y sobre todo esto, está el honor y el respeto a las leyes para gobernar con valor y ayudar a la prosperidad de la sociedad actual. Si la verdad desaparece de nuestras vidas la piedra donde se asienta la convivencia se romperá.

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