Soliloquio de un socialdemócrata abatido salvado por Paul Simon

Manuel Valero.- Iba yo caminando por el carril sur de mi ciudad para quitarme unas cuantas telarañas de la cabeza. Antes me encontré con Moisés, que fue dueño del primer Havana. Cambiamos impresiones y coincidimos en una cosa terrible: la inteligencia es inversamente proporcional a la felicidad. Y las telarañas que llevaba encima desaparecieron para dejar hueco a esa sentencia.

Así que olvidé lo que me tenía de un humor de perros, esto es, la ministra portavoz en el Parlamento que alzaba la voz en el Congreso contra los que mercadean con la vivienda al tiempo que su pareja ha resultado ser dueño de un imperio habitacional. Me machacaba con la declaración implacable que hizo Isabel Rodríguez, la ministra del ramo y alcaldesa de Puertollano, por dos años contra Urbagestión a la que tildó de “pyme carroñera”. Si aplicamos ese sistema métrico decimal a su compañera portavoz, imagínense el escalafón que ocuparía en el club de la carroña habitacional. Bueno, ella no, su compañero de cocina y cama. Consejos vendo que para mi no tengo. Cuanto más vocea uno o una más se ata a la coherencia, supongo. 

Me rondaba la pregunta que atormenta a cualquier socialdemócrata. ¿Por qué diablos, el presidente Sánchez, no presentó antes los dos decretos, si tan necesarios eran para la felicidad de los desamparados sin casa y los pobres de alquiler y lo hizo casi fuera de plazo, después de casi tres trienios en La Moncloa? ¿Por qué los sindicatos de clase no convocaron antes una huelga general? ¿Cuántas temporadas tiene la serie El clan de la cloaca para conocer el final de esa pútrida historia? Y en este plan.

Así que me centré en lo que coincidimos Moisés y yo. Por cierto, Moisés fue el que pagó de su bolsillo la edición de Los cuentos del Havana a cambio de que el coqueto bar, hoy remozado con gusto, todo hay que decirlo, apareciera en la portada. Y desde entonces nos paramos cuando nos vemos.

Al grano. ¿Si una persona es infeliz es porque es inteligente? ¿Cuánto más cubicaje tenga su coeficiente quiere decir que es más probable que sea un desdichado? Activé la memoria para comprobarlo. ¿Newton, Cervantes, Mozart, Rodin, Goya, Einstein,  eran infelices a causa de su genialidad? ¿Acaso no hay personas infelices con menos luces que una carretilla o es esa falta de alumbrado mental lo que le garantiza una simpleza rayana en la felicidad? Eh, para, para, machote. La felicidad no es un estado de simpleza metal. Si hay una cosa que nos hace igual es la condición humana y es ahí cuando entra en juego el libre albedrío. O los sinsabores de la vida. Nadie está exento de los bofetones que nos da de vez en cuando. ¿Pero somos realmente dueños de nuestro peregrinar por este mundo cuya cara más infame vemos a diario en la televisión? La fatalidad, la tentación, la valentía, la dignidad, la vesanía, la solidaridad, la envidia… forman parte del ADN de la especie más infeliz por inteligente, mire por donde. ¿Han visto a un mono rabudo llorar de pena entre la fronda?

Bueno, pues así iba yo tan pancho por fuera como desolado por dentro cuando el móvil me avisó de un cumpleaños. ¡Era el de Paul Simon! Así que recobré el ánimo y raudo cursé la felicitación en su página de Facebook. Di un paso más y lo felicité también por Messenger. Entonces viajé hasta la primera vez que escuché Los sonidos del silencio en aquel lejano 1967, con la chica con la que lo bailé más de una vez, y todo lo demás desapareció por ensalmo.

A la vuelta reflexioné sobre las redes sociales, la globalización digital de la comunicación que ha convertido el mundo en un poblachón manchego, esas redes tan desalmadas como benditas. ¡Quien me iba a decir a mí que Paul Simon contestaría a mi felicitación por su 85 cumpleaños! Bueno, quizá no fuera él sino el administrador pero me contestó, en inglés, claro, que logré descifrar con el conocimiento que adquirí de la lengua de Shakespeare -quien precisamente dijo que la expectativa es la raíz de todos los sinsabores- con el curso aquel de Follow me, un librito y cuatro cassettes.

Esa pequeñez me ocupó todo el coco de lóbulo a lóbulo. Calculé mi edad y la suya cuando la mítica canción conquistó todas las radios analógicas del mundo, me acordé de los amigos de entonces y cómo el viejo Paul me enganchó de por vida al dúo con su compadre Art Garfunkel y luego su carrera en solitario, con su esplendoroso Graceland.

Al llegar a casa puse el álbum entero de Puentes sobre aguas turbulentas justo cuando la televisión vomitaba la ración diaria de desencanto, pertinaz y turbulento.

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