Pedro Oliver.- Según acuñó el sociólogo Stanley Cohen en sus estudios sobre el control social, el «pánico moral» desborda la razón colectiva al etiquetar desproporcionadamente a un grupo como amenaza. El fenómeno BLOCUS en Barcelona lo ilustra a la perfección. Se trata de un nuevo pánico moral promovido, construido seguramente más desde arriba que desde una supuesta espontaneidad que se genera desde abajo, aunque también tenga rasgos de ello, algo que “alguien” ha sabido aprovechar: la propagación en las redes de una suerte de “efecto imitación” de expresiones violentas ocurridas en algunas protestas de otros países europeos. Lo que en redes sociales se camufló como una movilización juvenil por la educación pública mutó velozmente en un festival de contenedores calcinados, saqueos y altercados.
¿Sorprende que ocurra esto en un país que tiene ya en marcha su ciclo de movilización con una textura desobediente y noviolenta, lo que ejemplifica la realización de acampadas además de la convocatoria de una huelga general por la problemática de la vivienda, contra los fondos buitres y el drama de los desahucios? También está por ver si detrás de todo esto hay alguna mano extranjera o doméstica, lo que mucha gente se imagina, señales de “guerra híbrida” contra el gobierno de España. El recelo está servido cuando nos preguntamos por el beneficiario de esta creación gratuita de nuevos pánicos morales. La alarma social se dispara ante el perfil de los detenidos, menores en su mayoría, bajo la fundada sospecha policial de una burda manipulación política soterrada.
Este estudiado caos edifica una especie de nuevo «demonio popular» perfecto: la juventud salvaje y descontrolada, acaso también apoyada por migrantes (esos “invasores” según piensan las gentes de ultraderecha, Feijóo, Albiol y compañía).
Se abona así el relato ideal para que una ciudadanía asustada suplique el consabido «palo y tentetieso». Una atmósfera de histeria que, en plena campaña electoral, solo sirve de alfombra roja para que los partidos de derecha se vendan como el único bálsamo y salvación contra un desorden que ellos mismos alimentan.









