José Luís García Sánchez ‘in memoriam’

Entre los días 26 al 30 de diciembre de 1979, tuvo lugar en la Residencia Juvenil El Doncel, de Ciudad Real, el denominado pomposamente Primer Ciclo de Iniciación Cinematográfica, organizado por el Instituto de la Juventud, dependiente entonces del Ministerio de Cultura. Un Ministerio de Cultura con escaso recorrido y poblado en su mayor parte por viejos funcionarios del Movimiento y viejas funcionarias de la Sección Femenina, que habían sido reciclados o recuperados de forma presurosa, en evitación de otros estropicios y despidos.

De todo ello da cuenta que el responsable de la Sección de Juventud y firmante del documento acreditativo de mi paso por el curso referido, fuera Juan José Oña Benítez, que había ostentado diferentes responsabilidades en esa estructura en años anteriores. Oña había sido destacado profesor de Formación del Espíritu Nacional –abreviadamente FEN– en la década anterior en distintos centros educativos, y particularmente, en el colegio Nuestra Señora del Prado, en el que realicé el bachillerato. La particularidad de Oña –frente al resto de la burocracia azul, de viejos camaradas ascendidos al escalafón del Movimiento por raros méritos– es la de contar con su titulo de licenciado en  Ciencias Políticas y Sociales, frente al escaso bagaje formativo de los otros arribistas de camisa azul y pocos méritos; lo que lo convertía en una rareza singular. Esa singularidad y el devenir de los acontecimientos en los años del postfranquismo, lo fue colocando en una posición marginal dentro de la esa estructura burocrática que en el pasado lo había sido todo, y que en la actualidad con el despegue de la Transición y los correspondiente reajustes funcionariales, había sido ubicada –Oña y tantos otros de menos méritos– en lugares de nueva creación como el recién creado  Ministerio de Cultura en 1977, que había dirigido Pio Cabanillas, al que sucedió a principios de 979 Manuel Claver Arévalo. Tan evidente es todo ello, que en el certificado que conservo del referido Curso de Iniciación Cinematográfica, el neófito Ministerio carecía aún de logo o emblema administrativo y solo contaba con el símbolo de la, aún vigente, águila del franquismo; lo que le otorgaba una singularidad parecida con la de Oña en su oficina de Cultura de la calle de la Paloma, rodeado de viejos camaradas, que hoy eran vistos como oponentes de su visión radical y revolucionario del Falangismo traicionado.

Mi presencia en el citado Curso, como colaborador, se había producido por la invitación practicada al Cineclub Juman desde la Delegación de Cultura. Que a su vez había derivado a otros miembros del Cineclub su participación. Tales serían los casos de Paco Badía o de Migué Ángel León, ambos ya desaparecidos. Apenas recuerdo de qué les hablé a los asistentes pastoreados por el referido Instituto de la Juventud. Sospecho que enhebré mi experiencia sevillana en los diferentes cineclubs a los que pertenecí en los primeros años setenta: desde el Universitario al Cineclub Vida, desde el Cineclub Arquitectura al de Medicina o al mismo Juman ya de Ciudad Real. Tal era mi experiencia formativa que anotaría en esos días de invierno entre la Nouvelle vague y el Free Cinema.

Lo que si recuerdo a la perfección es la presencia como invitados de postín, de José Luís García Sánchez (Salamanca 1941-Madrid 2026) y de Juan Diego (Bormujos 1942- Madrid 2022). Invitados por el Ministerio a comparecer como activos miembros de la troupe cinematográfica, en un curso bienintencionado organizado por el Instituto de la Juventud. Entre esos jóvenes seguidores de las charlas decembrinas del repetido Instituto, se encontraba José Luís Vázquez, entonces un gallego trasplantado a La Mancha y loco incipiente por el cine. Sánchez y Diego, comparecientes como titiriteros del momento  y como activos miembros del Partido Comunista de España. Lo que nos permite conocer los vasos comunicantes del momento, entre un ministerio de reciente formación aún festoneado con el águila franquista y los miembros, más o menos visibles del PCE. No se olvide que JLGS llegaría a realizar en 1981 –solo dos años después de las jornadas de El Doncel– el documental sobre Pasionaria ‘Dolores’; donde Jan Diego recitaba los poemas de César Vallejo y de Antonio Agraz.  Por lo que presumiblemente, en esta comparecencia de Ciudad Real, ya estaría trabajando JLGS en los primeros apuntes del trabajo de documentación.

En uno de los intermedios entre las sesiones teóricas y las charlas relajadas, bajamos a tomar un café a media tarde, al café El Parque, hoy también  desaparecido, como casi todos los citados. Nos acompañaba Juan José Oña, quien fruto de alguna pregunta de los llegados de Madrid sobre su papel en las Jornadas y su trabajo en la Delegación de Cultura, se describió así mismo como ‘falangistas-comunista’ en su animo de desmarcarse de lo que había sido el Movimiento en sus años de plenitud biográfica e histórica y buscando cierta proximidad con los madrileños, conocidos por su activismo político en el mundo del cine. Lo que provocó una sonrisa en los acompañantes, por la boutade practicada por Oña.

He recordado este suceso al leer la muerte de José Luís García Sánchez, que ha representado un eslabón en la cadena del cine español, pese a ocupar un nivel fuera del estrellato rampante. Por más, que como relataba  Diego Galán, en su texto El agitador imparable (El País, 4 enero 2016), fijara unas coordenadas precisas del talente de JLGS, con mayor detalle que el obituario de Gregorio Belinchón el pasado día 26: “Cada martes José Luís García SánchezJconvoca en un restaurante madrileño una comida de lentejas a la que acuden amigos de todo pelaje para hablar de mil temas. “Hay que juntarse, hay que juntarse siempre”, proclama. Otro día espolea a la Academia de cine para que se filmen entrevistas con los artífices del cine español y se conserven en un archivo público que reúna toda la memoria posible. Otras tardes trabaja en tres guiones cinematográficos para otros tantos directores porque él dice que ya está retirado de la dirección. “Ahora o haces cine con las televisiones o no hay cine, y éstas no quieren directores, sino que las películas las dirija alguien que no opine, que no joda la marrana. No nos necesitan, ¿no has visto que los mayores no hacemos ninguna película? Somos una generación jodida porque no nos dejaban hacer lo que queríamos, y cuando por fin podemos hacerlo ya está pasado de fecha”. Ese conglomerado de lentejas entre amigos, construir el archivo del cine español y su visión pesimista del cine actual, definía a la perfección a alguien que se había formado con Basilio Martín Patino y Carlos Saura y que había colaborado con Rafel Azcona.

Todo lo cual remataba Diego Galán con los atributos de García Sánchez: “ha dirigido 25 largos, buena parte de ellos escritos con Rafael Azcona, ha sido colaborador imprescindible de Basilio Martín Patino (Canciones para después de una guerra, Queridísimos verdugos), y en tiempos del antifranquismo fue uno de los impulsores de películas testimoniales clandestinas y de otros muchos proyectos. Ahora, a sus 74 años, aunque dice que está retirado, no pierde la curiosidad ni el entusiasmo. “La industria está en un trance de reconversión hacia no se sabe qué. Cada día está más claro que el cine no es solamente lo de los 90 minutos. Están los cortos, los documentales, el cine publicitario que es cojonudo, géneros nuevos, las series de televisión… ¿Dónde está el límite? Hoy en día una película la hace cualquiera con su propia cámara, en dos semanas, en una noche, en quince días o en tres años… El cine tiene ahora tantas posibilidades que lo que me da mucha pena es morirme y no disfrutarlas. Pero, en fin, lo que hay que hacer es estar disponible para lo que pueda venir en cualquier momento porque en esa ebullición uno anda perdido como Pulgarcito en el bosque”.

Tan perdido como un viejo-nuevo falangista en compañía de militantes comunistas en un raro curso de Iniciación al cine en los umbrales del invierno. Que habría dado todo ello, para un perfecto guion de enredo político al atardecer en diciembre de 1979. “Indefectiblemente en este país cualquier cosa pública que hagas, toca el humor. En el franquismo si logramos sobrevivir fue gracias al humor. Los americanos a principios del cine empezaron a hacer películas de risa, una risa internacional, y luego pasaron al cine de guerra. Alguna razón oculta habrá para que ahora no se hagan películas de risa”. Él, desde luego, no pierde el buen humor y hace bromas con cualquiera que pase por su lado, a veces violentando a quien le acompaña. “Hay que ir a los bares”, dice, “son fundamentales para encontrarse”. Y a un bar nos vamos”.

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