Joaquín G. Cuevas Holgado.- Hay tragedias que nos encogen el corazón, nos quiebran el alma y nos recuerdan lo frágiles que somos. Hay momentos en los que las palabras sobran, en los que el corazón se encoge y en los que uno siente una impotencia tan profunda que resulta difícil expresarla sin que la voz se quiebre.
El accidente ferroviario de Urda es una de ellas. Porque detrás de cada víctima hay una familia, unos hijos, unos padres, una pareja y una historia que jamás debería haber terminado de esta manera.
Y hoy quiero decirlo alto y claro: esto no va de derechas ni de izquierdas. Va de dolor, de lágrimas, de pérdidas irreparables y de familias destrozadas. El dolor no tiene ideología, la muerte no entiende de siglas y el sufrimiento de nuestros semejantes debería estar por encima de cualquier interés político.
Por eso, antes de buscar culpables políticos, antes de levantar trincheras y antes de utilizar una tragedia para alimentar cualquier discurso partidista, deberíamos detenernos un instante y pensar en quienes están sufriendo. En quienes esperan noticias de un familiar. En quienes se aferran a una llamada telefónica. En quienes reciben una noticia que les cambia la vida para siempre.
Y, sobre todo, deberíamos preguntarnos cómo ha podido suceder algo así.
Pero si algo ha vuelto a demostrar esta tragedia es que, incluso en los momentos más oscuros, la humanidad es capaz de sacar lo mejor de sí misma.
Me siento profundamente orgulloso de ser castellano-manchego. Orgulloso de mis paisanos, de mis vecinos de Urda y de una tierra que, cuando llega la hora de la verdad, responde como pocos podrían imaginar. Ante el dolor, la incertidumbre y la tragedia, nuestros vecinos han demostrado solidaridad, generosidad y una humanidad extraordinaria. Han estado donde tenían que estar, ayudando, acompañando y ofreciendo lo que tenían. Esa es la grandeza de nuestra gente: no preguntar quién eres, de dónde vienes o qué piensas, sino qué necesitas.
Entre las historias que nos dejan estos accidentes, hay testimonios que nos atraviesan el alma. Relatos que nos recuerdan hasta qué punto puede llegar el sufrimiento humano, pero también la extraordinaria capacidad de aferrarnos a la vida cuando parece que todo está perdido. Historias que nos estremecen y nos devuelven la esperanza. La de ese pasajero que, creyendo que estaba viviendo sus últimos instantes, se despidió de su mujer, le dijo que la quería y le pidió que cuidara de su hija. Y entonces pronunció unas palabras que emocionan: «Dios existe y Dios está con nosotros».
Después, su historia dio paso a la esperanza de seguir viviendo. Para quienes creen, quizá fue un milagro; para otros, una demostración de la fuerza del ser humano ante la adversidad. Pero todos podemos comprender la profundidad de aquella despedida y la inmensa fortuna de tener una nueva oportunidad.
Y mientras unos encuentran motivos para agradecer la vida, otros lloran a quienes ya no podrán recuperar. Por ellos, por sus familias y por todos los afectados, tenemos la obligación de exigir respuestas.
Señor ministro, afirmar a las pocas horas de una tragedia que todo se debe a un error humano, sin que la investigación haya esclarecido las causas, es una declaración profundamente desafortunada. Y si, además, se pretende utilizar las conversaciones entre el centro de control y los maquinistas para trasladar responsabilidades antes de tiempo, el error político es todavía mayor.
No, señor ministro. No basta con señalar a quienes estaban trabajando en primera línea. Hay que investigar toda la cadena de responsabilidades, examinar los sistemas de seguridad, conocer qué ocurrió y determinar si hubo fallos individuales, técnicos, organizativos o de gestión.
La responsabilidad penal debe probarse, pero la responsabilidad política no puede esquivarse. Quien dirige un ministerio debe responder por la gestión de su departamento y asumir las consecuencias políticas que correspondan cuando los hechos así lo exijan.
Tampoco podemos olvidar Adamuz. No podemos permitir que el dolor de una tragedia quede enterrado bajo el ruido de la siguiente. Cada accidente ferroviario nos obliga a preguntarnos qué ha fallado, qué se podía haber evitado y qué debemos cambiar para que algo semejante no vuelva a suceder.
Y ahora, cuando los intereses electorales amenazan con contaminarlo todo, conviene recordar que utilizar el sufrimiento de las víctimas para proteger unas siglas o atacar al adversario es una forma miserable de entender la política. No se trata de condenar a nadie antes de tiempo, pero tampoco de absolver a nadie por anticipado.
Lo honrado, lo digno y lo decente es decir la verdad, asumir las responsabilidades y actuar en consecuencia. Y si, a la luz de los hechos, corresponde que el máximo responsable político dimita, hacerlo no debería interpretarse como una derrota, sino como un gesto de dignidad y respeto hacia los ciudadanos.
Hoy quiero quedarme con dos imágenes: la del hombre que, en medio de la desesperación, se aferró a la fe y al amor por su familia, y la de nuestros vecinos de Urda, que han demostrado que la solidaridad no se proclama, sino que se ejerce.
Por eso, hoy más que nunca, me siento orgulloso de ser castellano-manchego. Porque mi tierra ha demostrado que, cuando la vida golpea con toda su crudeza, todavía hay personas capaces de responder con un corazón inmenso.
Que nadie convierta este dolor en una batalla entre partidos. Que nadie olvide a las víctimas. Que nadie cierre en falso una investigación. Y que nadie crea que las responsabilidades desaparecen cuando la tragedia deja de ocupar las portadas.
Porque hay dolores que no admiten excusas, pérdidas que no se reparan con discursos y tragedias que deberían hacernos mejores como sociedad.
Hoy no necesitamos más trincheras políticas. Necesitamos humanidad, verdad y responsabilidad. Y necesitamos recordar que, por encima de cualquier ideología, siempre está la vida de las personas.









