Julián Plaza. Etnólogo.– Todos los años tenemos un día para conmemorar la ausencia de las personas queridas. Mucho se ha escrito sobre esto, pero siempre conviene tener presente esta celebración, pues algún día los presentes seremos ausentes. Algunos autores, como Gabriel García Marquez, apelan a los recuerdos. Este autor, premio Nobel de Literatura en 1982, en su obra Vivir para contarla, escribió una frase bastante conocida: “La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. En esta frase se encierra todo una filosofía de vida, mostrando la importancia que adquieren los recuerdos cuando interpretamos nuestro pasado y damos sentido a lo vivido. Siguiendo con este autor, hace una reflexión sobre el paso del tiempo y las personas queridas que ya no están entre nosotros: “Aquellos a quienes hemos amado no solo permanecen en nuestros recuerdos”.
Esta reflexión nos lleva directamente a todas aquellas personas que han marcado nuestra vida y a que su presencia continua acompañándonos, incluso cuando ya no están. Esta presencia permanece en los pequeños detalles, en las enseñanzas recibidas y en la forma que aprendemos a mirar el mundo después de haber compartido una parte de nuestra vida con alguien especial. Es por esto por lo que se consigue la capacidad de conservar el vínculo emocional con quienes han sido importantes para nosotros. Entonces, no conseguimos borrar los recuerdos. Esos que no son únicamente imágenes de algo que sucedió, sino una forma de conectar con las emociones que experimentamos y con la persona que éramos entonces. Pero recordar a una persona, no significa quedarse anclado en el pasado. Aunque las personas que nos han marcado siguen influyendo en nuestra manera de actuar, en nuestras prioridades y en la forma que nos relacionamos con los demás. Por eso, aunque ya no están entre nosotros, nos quedan las enseñanzas y los sentimientos asociados a ellas, que continúan formando parte de nuestra vida.
Mi abuela Florencia, durante toda su vida, ponía unas lamparillas encendidas en un tarro con aceite en la noche del uno al dos de noviembre. Cuando tuve edad para preguntar por este acontecimiento, me relató una historia que permanece en mi memoria. La idea era que las ánimas volvían a casa en esa fecha. Comenzó a narrar que no llegan de golpe, que inician el camino el 29 de septiembre. Este día se celebra San Miguel Arcángel y que es cuando, según la tradición oral, se abre la puerta para que las almas emprendan el largo regreso hacia este mundo. Ese día San Miguel abre la puerta del más allá, con la espada de fuego en la mano, y da permiso a las ánimas para que puedan volver a visitar a los suyos. Es cuando comienza una travesía de las ánimas que caminan, cada una a su lugar de destino. Atraviesan montes, ríos y mares, únicamente guiadas por las pequeñas luces que encuentran en su camino. Tradicionalmente los antiguos dejaban agua para que pudiesen beber. Se tenía la creencia que, después del largo recorrido, llegan con mucha sed. El agua es una forma de recibirlas, de aliviar su cansancio y manifestar que siempre están en el recuerdo.
En este sentido, también se dejaban encendidas unas lamparillas dentro de un recipiente con aceite. Una por cada persona fallecida en la casa. Esto tiene un significado más profundo, pues deseaban que en medio de la oscuridad consiguiesen descubrir el camino que tenían que seguir. En medio de la oscuridad, una pequeña llama podía convertirse en guía cuando todo a su alrededor era tiniebla.
Entonces comprendí el ritual que seguía la abuela. Cuando encendía las lamparillas decía: “Ya se abrió el camino. Ya vienen en camino”. Pero como no veía el relato muy claro, pregunté un poco incrédulo.
-Abuela, ¿puedes ver a las ánimas cuando llegan?
Ella contestaba que no había que verlas para notar su presencia. El ambiente comenzaba a transformarse, los perros ladraban hacia un lugar en donde aparentemente no había nada y se sentía una corriente de aire helado que aparecía momentáneamente. Esto era una señal de que habían llegado.
Yo seguía preguntando.
-¿Para qué vuelven a las casas?
La abuela se quedaba pensando, al cabo de un tiempo me respondía.
-Normalmente vienen para finalizar alguna cosa que tenían pendiente, cuando la muerte vino a llevárselos. También visitan a los familiares, para decirles que ofrezcan misas por ellos y facilitarles la salida del Purgatorio.
Después de explicarme todo lo referente a ese día y que no entendía, me preparé para ir a la iglesia, había que tocar las campanas toda la noche de difuntos. Correspondía a los monaguillos hacerlo y yo era uno de ellos. Vivía en un pequeño pueblo de La Mancha, en donde las tradiciones todavía permanecían vivas. Estaba con los preparativos cuando, de pronto, una corriente de aire heladora recorrió la habitación en donde me encontraba. Me quedé paralizado, sin saber que hacer. De pronto recordé lo que me había dicho la abuela. Sería una señal de la presencia de algún familiar. Fui a buscar a la abuela, a toda prisa bajé la escalera y cuando la encontré, me dijo.
-¿Dónde vas tan sofocado?
-Abuela –contesté- he notado una presencia. De pronto invadió la habitación una corriente de aire heladora. ¿Qué significa?
-Supongo que algún familiar quería estar junto a ti.
La abuela se quedó pensativa y después de un largo silencio, respondió.
-Estoy segura que ha sido tu abuelo. Falleció mucho antes de que nacieras y querría conocerte.
Aquella noche recordé lo que nos decía el cura del pueblo, que algunas personas después de muertas pasarían al purgatorio. Aquí esperarían el día para definitivamente pasar a la vida eterna. Mientras guardan el turno, la noche de difuntos regresan a sus casas para finalizar algo que tenían pendiente en el momento de su partida. De esta forma consiguen el descanso eterno. Al pensar en esto apareció un cierto desasosiego sobre la certeza de morir. Aunque el temor desapareció al recordar la famosa frase de Antonio Machado:
“La muerte es algo que no debemos temer porque, mientras somos, la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros no somos”.









