Javier María Díaz Vellón.- Durante años, quienes viajábamos a Madrid a diario o con frecuencia organizábamos nuestra vida alrededor de los horarios del tren. Contábamos con una hora de salida y otra de regreso. Esa confianza nos permitía trabajar lejos, seguir viviendo en Ciudad Real y volver para atender a nuestros hijos y nuestras obligaciones.

Nunca pensé que el sistema fuera infalible, pero viajaba con esa tranquilidad. Llegar era algo que daba por hecho.
En los últimos años empecé a notar cómo se desgastaba esa confianza. Retrasos, cancelaciones, cambios de convoy y explicaciones que no siempre llegaban. En algunos trayectos, los ruidos y el traqueteo me producían inquietud. No puedo relacionar aquellas sensaciones con las causas de los accidentes, pero forman parte de mi experiencia como viajero. Aun así, seguía confiando. ¿Cómo iba a fallarnos el AVE?
Durante años hice el recorrido entre Ciudad Real y Madrid cuatro días por semana. Actualmente sigo viajando con frecuencia. Conozco los madrugones, las caras del andén y las llamadas para avisar de que llegarás tarde. Para muchos vecinos, y para los profesionales que vienen a trabajar a Ciudad Real y Puertollano, entre ellos tantos sanitarios, el tren permite sostener su vida cotidiana.
El 18 de enero ocurrió el accidente de Adamuz, en Córdoba. El 28 de octubre, otro accidente entre un AVE y un tren de Iryo, entre Los Yébenes y Urda, en Toledo. Dos tragedias ferroviarias en menos de un año. Para quienes utilizamos esta línea, el dolor se mezcla con una pregunta que cuesta pronunciar: ¿podría haber estado yo en uno de esos vagones?
El día del accidente no viajaba. Después de dejar a mi hijo en el colegio, fui a tomar un café. Había gente mirando el televisor y se notaba la preocupación en el ambiente. «Otro accidente de trenes, un AVE y un Iryo», escuché. «Cerca de Ciudad Real», añadió alguien.
Pensé inmediatamente en los amigos y vecinos que estaban viajando. Algunos me habían comentado el día anterior que querían ir a Madrid para asistir a una concentración de agricultores. Incluso había pensado en acompañarlos. Recordé quiénes podían estar en camino a esa hora y me entró el miedo: ¿y si viajaban en alguno de aquellos trenes?
Llamé, pero sus teléfonos estaban sin cobertura. Los minutos se hicieron largos. Cuando me devolvieron la llamada y me dijeron que estaban detenidos pasado Malagón y se encontraban bien, sentí un enorme alivio.
Después pensé en quienes no recibirían esa misma tranquilidad.
En las familias que se habían despedido con un beso, un «nos vemos esta tarde» o una conversación pendiente para la vuelta. En quienes salieron para trabajar, acudir a una reunión o encontrarse con alguien. Personas con planes tan normales como los nuestros, a las que esperaban en casa.
Para algunas, aquella despedida fue la última. Sus familias tendrán que vivir con una ausencia que seguirá ahí cuando desaparezcan las cámaras y dejemos de hablar del accidente.
Pienso también en los supervivientes. No podemos saber qué sintió cada uno, pero sí desearles toda la atención y el acompañamiento que necesiten, también cuando las heridas no sean visibles. A los heridos, mi deseo sincero de recuperación. A las familias de los fallecidos, mi pésame y mi respeto ante un dolor que ninguna columna puede abarcar.
Ese respeto también exige respuestas.
Como ciudadano, no me basta con escuchar condolencias y promesas de investigación. Quiero saber qué ocurrió, si pudo evitarse y qué medidas se van a adoptar. La investigación debe establecer las causas, sin adelantarnos a sus conclusiones. Pero esperar sus resultados no puede servir para aplazar las explicaciones y la rendición de cuentas sobre la gestión del ferrocarril.
¿Dónde se ha invertido el dinero destinado a nuestra red ferroviaria? ¿Cuánto se ha ejecutado realmente en mantenimiento y seguridad? ¿Qué incidencias se habían detectado y cómo se atendieron? Son preguntas que merecen datos públicos, comprensibles y verificables.
¿Debe dimitir el ministro? ¿Debe dimitir el presidente de Adif? No lo sé. Lo que sí sé es que, después de dos accidentes de esta gravedad, necesito ver que algo cambia. Me daría tranquilidad conocer qué ha fallado, qué se está corrigiendo y quién responde por las decisiones tomadas.
Un relevo por sí solo no garantiza la seguridad. Pero pedirnos confianza exige demostrar que se toman medidas y que se asumen las responsabilidades que correspondan. No puede diluirse todo entre administraciones, empresas y cargos hasta que nadie responda.
Durante años hemos presumido de nuestra alta velocidad. Ese prestigio debe sostenerse cada día con mantenimiento, seguridad y atención a los viajeros. Para Ciudad Real y Puertollano, el ferrocarril es demasiado importante como para acostumbrarnos a la incertidumbre.
Ahora me sorprendo pensando en mi próximo Avant: ¿y si algún día me toca a mí? Sé que ese pensamiento nace del miedo, no de una certeza sobre lo que va a ocurrir. Pero nunca antes había ocupado tanto espacio al preparar un viaje.
Volveré a coger el tren. Quiero hacerlo pensando en mi trabajo y en abrazar a mi hijo al regresar. Lo mismo que esperaban tantas personas cuando salieron de casa aquella mañana.
Volver a casa no debería sentirse como una cuestión de suerte.










Vivir con este gobierno puede ser un no retorno.