Caminante, no hay camino

Antonio Carmona.– Alguno de vosotros quizá recuerde el programa Línea 900 (La 2-RTVE). Llevaron a cabo un par de reportajes en los que se trató la problemática de los caminos públicos cerrados por grandes fincas en Ciudad Real: “Feudalismo junto al AVE” (30 de abril de 2002) y “El Quijote sigue entre alambradas” (12 de marzo de 2006). Han pasado 24 y 20 años respectivamente desde entonces. Si vuelves a verlos ahora, comprobarás cómo los que supuestamente velaban por nuestros intereses y derechos se permitían incluso negar la mayor: no les constaba que existiera tal problema. ¡Indignante! Desde entonces, el número de alambradas que acorralan a “los quijotes” —entiéndase “el ciudadano de a pie”— no ha parado de aumentar.

Esta es otro de esos asuntos recurrentes e hispanos que te abrasan con solo acercarte a mirarlos, como diría Blas de Otero. Son incontables los artículos y reportajes dedicados a denunciar una injusticia a la que ninguna institución ni gobierno ha sabido o ha podido “ponerle coto”, pareciera más bien que el coto nos lo ha impuesto a nosotros un “poder” (verdadero poder) que se mueve en un ámbito al que no llegan ni de puntillas las autoridades al uso.

Las gafas para ver de cerca podrían haceros pensar que la culpa la tiene tal o cual fuerza política. Pero si lo miráis con cierta perspectiva, comprobaréis que la presunta usurpación de vías pecuarias y caminos es un problema más, en plena concordancia y coherencia con los tiempos que corren y otros tantos problemas enquistados (de vivienda, educación, sanidad…) aún más graves que el que aquí nos ocupa, ocasionados por intereses particulares, a los que ningún gobierno parece encontrar solución o no se atreve a afrontarlos (descartemos, en principio, la connivencia), provocando en algunos lugares la masiva salida del pueblo a las calles.

Hace unos días, me llegaron unos vídeos del alcalde de Villamayor, Juan Antonio Callejas Cano. Otro alcalde “solo ante el peligro” luchando contra molinos de viento: “intereses privados están cortando caminos como la Ruta del Quijote, ha desaparecido la señalética, se ha labrado la vía pecuaria, se han instalado placas solares y un estanque de agua, pozos ilegales…” Ahora no es posible acceder al Volcán del Morrón (declarado Monumento Natural).

Dicho alcalde ha presentado la documentación, avalada por la propia Guardia Civil, y ha denunciado la situación sin recibir hasta la fecha ninguna respuesta por parte de la Junta. Confía más en el apoyo de los vecinos y demás personal que quiera sumarse a una marcha reivindicativa por esas rutas. Confía, claro está, en el apoyo popular y hace bien. Seguramente, el instinto le dice que solo así cabe la posibilidad de que se muevan ahí arriba. Jamás lo harán motu proprio, sean de la agrupación que sean.

La casualidad quiso que me llegara al mismo tiempo la noticia sobre una reciente reunión para el Proyecto Geoparque. La ilustra una foto donde aparece una veintena de personas alrededor de una mesa. No seré yo quien dude de la profesionalidad de todos ellos, ni tampoco soy quién para hacerlo. Pero, con todo el respeto hacia su trabajo, cabe preguntarse si se atreverían por lo menos a mencionar el “elefante en la habitación”, si intentarían forjar un plan para acometer el problema de base en nuestra tierra, si es que de verdad se quiere llevar a cabo un proyecto serio en la zona y no hacer lo de siempre, mucho ruido en los medios de comunicación sin apenas cambios en lo esencial.

Conviene ponerse las botas de andar para comprobar —¡que nadie te lo cuente! — cómo en una laguna volcánica, con señalización turística de la Junta, te recibe un empleado de seguridad para convencerte, amablemente, de que te vuelvas por donde has venido, porque allí no hay nada que ver. Se trata, según sus palabras, de un imaginario creado por tanto funcionario que tiene que seguir viviendo del cuento. Veréis carteles pintarrajeados, reventados y desaparecidos —bueno, éstos últimos no los veréis—, caminos cruzados por cadenas con el consabido cartel “Prohibido el paso, propiedad privada”, o advirtiendo de que hay clavos, ganadería brava…, lagunas volcánicas roturadas, valladas por dentro, trabas, trabas y más trabas. Allá por donde vayas encontrarás más vallas, cadenas y trabas que vulcanología ¿Qué sentido tiene, con estos mimbres, desarrollar un nuevo proyecto?

¿Acaso va alguien de una vez a ponerle el cascabel al Gato del Poder, recordándole que debe atenerse a la ley como cualquier hijo de vecino? ¡El Poder! En otros casos similares al más arriba mencionado, el Poder se despersonifica —¡para colmo! — y ni siquiera alcanzas a descubrir quién es realmente el dueño de la propiedad que cierra caminos públicos. Ya lo sentenciaba un viejo conocido, aquel filósofo exbanquero, expresidiario con grandes conocimientos sobre estos temas: Mario Conde nos advertía de que “si crees conocer la verdadera cara del poder, es porque solo has visto el decorado”.

Lo mismo da que los caminos sean competencia de los ayuntamientos, las zonas naturales protegidas de la Junta y el Geoparque de la Diputación. Ante la duda de si un camino es público o no lo es, ¿por qué tiene que demostrar un colectivo de miles de personas que sí lo es y un solo propietario verse amparado de entrada por la ley? Parece, salvando las distancias, que al pueblo se le presupone culpable por defecto, mientras que el dueño es inocente en su “desinteresado” acto de cortar un camino.

Siempre existe una circunstancia legal que beneficia al propietario, nunca al ciudadano de a pie, a quien, por cierto, se le impide poner un pie en estos caminos, alguno de los cuales han sido públicos durante siglos ¿No sería más razonable invertir la carga de la prueba? Que la Administración otorgara al camino titularidad de público y que fuera el propietario quien tuviera que demostrar lo contrario. Y si esto no es posible con las leyes vigentes, ¿no sería conveniente modificar las leyes para que, mientras se aclara la situación, de alguna manera protegieran al colectivo y no a un solo individuo? ¿Por qué consentimos que todo siga tal como está, como un fenómeno atmosférico inevitable, un tsunami o un terremoto ante el que los seres humanos nada pueden hacer?

Para concluir, permitidme confesar que desde muy jovencito guardo con celo en mi humilde biblioteca un ejemplar de la Constitución Española. Lo tenía en la sección de temas históricos y transcendentales. Sin embargo, cuando caí en la cuenta de que contiene un artículo tácito, que no está escrito, pero que sobrevuela, domina y ocupa las entrelíneas de todos los demás —“Todo tiene un precio y tus derechos están regidos por la avidez del Mercado”—, sí, aquel día decidí instalarlo en mi balda favorita: “Ciencia Ficción y otras Fantasías Utópicas”. ¿Te imaginas poder transitar por un camino público como si realmente tuviéramos la libertad y el derecho a hacerlo? Pronto tendremos que explicarles todas estas sinrazones y desatinos a las generaciones venideras. Lo que ahora hagamos será nuestro legado.

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