Dice Lluís Bassets que “no hay disparo sin retroceso”, para precisar con detalle que “la violencia puede terminar con la vida de quien la sufre, pero también modifica a quien la ejerce”.
Como un movimiento de doble sentido: hacia adelante y hacia atrás.
Como si todo –el progreso como avance y el retroceso como regreso– estuviera unido y conectado en un solo proceso.
A pesar de que la moderna industria armera ya fabrique, de un tiempo a esta parte, armas anunciadas pretenciosamente, como armas “sin retroceso”.
Como una ventaja y como una cualidad.
Lo que cuestionaría lo afirmado por Bassets, del disparo con retroceso.

Si el retroceso puede ser visto como un retorno a los principios de la agresividad humana, el progreso sería una ficción.
Los simios de 2001 una odisea del espacio, disputándose el dominio de la charca con huesos mondos como armamento, y que súbitamente esa tibia rota y pelada se transforma en un transbordador aeroespacial, nos permite conectar los principios con los finales: los restos óseos con las armas finales.
Un único proceso pues, del fuego y la mano a la gestión del dominio y la violencia.
No es, por ello, solo el retroceso preciso de las armas de fuego y su impulso en dirección contraria al disparo, la metáfora de todo ello.
También las derivadas personales del agente activo.
Y por ello, prosigue Bassets que “también queda herida la mano que golpea”.
La otra dimensión de la mano herida es la del que da de comer al perro ajeno.
No es que pierda pan y pierda perro, sino que puede ser mordido, como prueba de la falta de agradecimiento de los canes hambrientos.
No solo, pues el retroceso material del arma, por el efecto mecánico del impulso inverso, sino de la condición del que dispara y se sabe culpable de ello.
Pensamientos, todos ellos, en la estirpe de los señalado mucho años atrás por Walter Benjamín al fijar que “Todo documento de progreso comporta también uno de barbarie”.
De todo ello versa la oscuridad.
Incluso la tiniebla.
Que bebe y se materializa tanto en los cristianos Oficios de Tiniebla, como en el orden musical francés del barroco llamado como Leçons de tenebre.
En las Lecciones de tinieblas se canta una letra del alfabeto hebreo, seguida de uno de los versículos que componen el poema de Jeremías.
De todo ello cuenta Jorge Esquinca. “La tradición hebrea atribuye al profeta Jeremías un libro hermoso y desolado. Dividido en cinco cantos, el Libro de las lamentaciones narra, en un tono de honda elegía, la destrucción del Templo y la ciudad de Jerusalén como un castigo divino. A partir del siglo VIII de nuestra era, la liturgia católica romana comienza a utilizar el texto de las Lamentaciones incorporándolo al oficio de maitines que se cantaba durante los tres días anteriores al domingo de Pascua, justo después de la medianoche”.
Y de aquí a la musicación francesa: “Los compositores franceses de finales del siglo XVII —de Lalande, Charpentier y, de manera especialmente memorable, Couperin—, llevaron a su más alta forma de expresión este género de música sacra que conocemos como Leçons de ténèbres”.
Lecciones de tinieblas, en donde se va apagando, una a una, las quince velas del Tenebrario presidencial, al terminar cada uno de los salmos, hasta llegar a la más perfecta oscuridad.
De aquí la coherencia de las Lecciones de tiniebla como propuesta musical y como camino espiritual de depuración.
En 1933 se publicó en francés la pieza memorable del japonés Juniro Tanizaki, Éloge de l’ ombre; entre nosotros Elogio de la sombra, abriendo camino para otras meditaciones y emblemas.
De tal suerte que Tanizaki puede afirmar que “el refinamiento es frio”.
Tan frío como las armas y como las tinieblas.
O ¿hay tinieblas cálidas? Y ¿armas templadas?
En 1974, Camilo José Cela, publica su Oficio de tinieblas 5. Considerada como una obra de ruptura y experimentación.
También de cierta expiación ¿literaria? O mundana.
Oficios de tinieblas, que son los que se practican en la liturgia católica en vísperas del domingo de Pascua de Resurrección.
Se llamaba Oficio de tinieblas (en latín: Tenebrae) a la ceremonia litúrgica católica que se celebraba en los tres días previos a la Pascua al caer la tarde (es decir, Miércoles Santo, Jueves Santo y Viernes Santo).
Era el oficio ordinario correspondiente, en la Liturgia de las Horas, según el antiguo breviario romano, a los nocturnos o maitines y a los laudes, que fuera de la Semana Santa se rezaban a medianoche o muy de madrugada, como siguen haciendo muchas órdenes religiosas.
En 1980, el poeta español José Ángel Valente publicó sus Tres lecciones de tinieblas. Un conjunto de poemas que, a su manera, dialogan y reinventan el desolado canto del profeta Jeremías y el principio de la desolación de la vida misma, de la vida abandonada.
De nuevo en 1995 Jesús García Calero dio a la luz su poemario Lecciones de tiniebla, retoma do el gusto por la memoria musical
También en 2025 Vicente Monroy presentaba su Breve historia de la oscuridad.
Referida ahora –cuando se desvanecen tantas cosas– a la defensa de las salas de cine en la era del streaming.
Pero ¿hay algo que aprender en la más perfecta oscuridad de las tinieblas?
Y ¿qué se nos enseña desde la plataforma de la oscuridad radical?
Más allá del recurso cervantino del Lumen in tenebris, que tiene su origen como una variación de la frase latina Spero lucem post tenebras, ‘Espero la luz tras la oscuridad’.
Que era el lema del impresor de El Quijote, Juan de la Cuesta.
Cuenta el digital Sui generis Madrid, que: “En 1605 Miguel de Cervantes Saavedra, que todavía no era conocido –al menos no más allá de haber servido en el ejército y su participación en la batalla de Lepanto, en las costas griegas del golfo de Patras–, entró en la imprenta de Juan de la Cuesta donde se imprimiría la edición príncipe, la primera edición impresa de una obra literaria, de Don Quijote de la Mancha…Curiosamente y volviendo al emblema Spero lucem post tenebras que quedó fijado en su portada, el propio Cervantes hizo un guiño al lugar que imprimió su obra, tanto la primera como la segunda parte”.
“Fue justamente en la segunda parte, en la genialidad de la multitud de referencias cruzadas entre ficción y realidad que posee esta obra, en la que el Quijote, despertando a Sancho en mitad de la noche, le dice: Por mí te has visto gobernador y por mí te ves con esperanzas propincuas de ser conde o tener otro título equivalente, y no tardará el cumplimiento de ellas más de cuanto tarde en pasar este año, que yo ‘post tenebras spero lucem’”.
Practicando un homenaje y una inversión del texto del lema del impresor, del que fuera su impresor fundamental.
Más allá de ello, el tenebrismo pictórico que crece en el ciclo temporal del Barroco romano y español da para otras lecturas de luces y sombras, de vida y de muerte.
Fruto de la Contrarreforma trentina, pero también de los progresos de la óptica desarrollada en los Países Bajos.
Por ello: se caracteriza el Tenebrismo pictórico por el violento contraste de luces y sombras mediante una forzada iluminación (de forma muy evidente cuando se hace llegar un foco de luz marcando una diagonal en la pared del fondo).
De aquí, que algunos llamaran, equivocadamente, a ese universo de los Caravaggio, los Lucca Cambiasso, los Sánchez Cotán y los Ribera, como los Luministas.
Una luz que recorta la tiniebla oscura y que manifiesta precisamente el fundamento divino del primer día del Génesis. “Sea la luz, separando la luz de las tinieblas y llamando a la luz ‘Día’ y a las tinieblas ‘Noche’”.
Una luz no artificializada –cuestión imposible en esos instantes de clareo luminoso y ocupación de la noche a través de antorchas de madera y candelabros de aceite–.
Como la que proviene de un tragaluz en un sótano –es habitual referirse a este recurso como luz de sótano o luz de bodega–.
La palabra que denomina esas luces rasantes del subsuelo proviene del latín Tenebrae y enlaza con la tiniebla habitual de sótanos, bodegas y cuevas.
Oscuridad domesticada, pese a todo.
Incluso la paradoja luminaria y procesional del llamado color tiniebla en las cererías y velas de los desfiles pasionales de la Semana Santa de Sevilla.
El color Tiniebla no es gris oscuro casi negro, o un negro grafito, o un negro ala de mosca, como pudiera sospecharse.
Es un amarillo denso y acanelado, como cera pura de abejas.
Como mandaba Trento y la Contrarreforma.
Todo un recorrido de Jeremías, a Lalande, Charpentier, Couperin, Tanizaki, Valente, García Calero y Monroy.









