Carlos Bosquet.- En la madrugada del 1 al 2 de noviembre de 1975 asesinaron brutalmente a Pier Paolo Pasolini: poeta, cineasta, periodista, comunista, ateo y homosexual. Encontraron su cuerpo destrozado en un descampado de Ostia. Tenía 53 años y era un intelectual incómodo que nunca aceptó arrodillarse ante el poder, que denunció la hipocresía de la burguesía, el fascismo, el consumismo y la degradación de una sociedad que confundía progreso con obediencia. Su asesinato sigue rodeado de preguntas, contradicciones y sombras. La confesión de Pino Pelosi, posteriormente rectificada, las posibles implicaciones de la criminalidad organizada y las conexiones con los ambientes neofascistas siguen alimentando una investigación histórica que nunca ha conseguido disipar todas las dudas. Pasolini murió, pero sus verdugos no consiguieron enterrar sus palabras. Quizá porque algunas voces resultan peligrosas incluso después de muertas.
De todas sus reflexiones me quedo con su defensa de la derrota. De esa derrota digna de quien prefiere perder antes que ganar pisando a los demás.
En un mundo gobernado por trepas, oportunistas, mercaderes de voluntades y miserables obsesionados con el éxito, Pasolini reivindicaba la humanidad de quienes no aceptan venderse. “Prefiero perder antes que vencer con maneras injustas y crueles”. Qué hermosa insolencia y qué extraordinaria declaración de principios. Desde mi manera de entender la vida, encuentro en esas palabras una profunda complicidad. Porque no hay mayor victoria que conservar la dignidad cuando todo a tu alrededor te invita a renunciar a ella.
Pasolini fue derrotado por la violencia, hace hoy 51 años, pero jamás el Poder consiguió domesticarlo. Hay hombres que mueren y dejan una obra. Otros dejan una conciencia que sigue incomodando a los vivos. Pasolini dejó las dos cosas









