El guardia civil de la Unidad de Seguridad Ciudadana de Toledo Pedro Luis Trujillo Ruiz (Puertollano, 1979) fue una de las primeras personas que auxilió a Almudena, única superviviente del vagón número 8 del Iryo accidentado en Urda. Él y su compañero Salvador, “Salva”, acompañaron a la joven hasta la llegada de los servicios de emergencia, y todavía es como si permaneciera en ese vagón, entre los amasijos de hierro y sangre.
Quién se acostumbra al pellizco de angustia y adrenalina que precede a lo desconocido. Pedro Luis realizaba su servicio ordinario cuando recibió el aviso de un grave accidente ferroviario. Al llegar al lugar del siniestro ya sabía que debía prepararse para lo peor. En el interior del vagón volcado sobre el terraplén reinaban el silencio y la penumbra. Se había arrastrado por un hueco mínimo, junto a su compañero Salva, sin darse cuenta de que había destrozado sus guantes bregando con la destrucción.
Cuando ya no esperaban encontrar a nadie con vida, oyeron entre los asientos una voz débil. Se acercaron a tientas, vieron una mano. La cogieron. Era la de Almudena, una joven que seguía consciente, y que la postre se convirtió, gracias a la intervención de los servicios de emergencia, bomberos y sanitarios, en la única superviviente de ese vagón. Durante hora y cuarto, los dos guardias no soltaron esa mano. Se relevaban para que no perdiera nunca el contacto, para que no dejara de sentir que alguien estaba al otro lado mientras los servicios de urgencias seguían trabajando.
Verde esperanza
«Una mano fría», recuerda Pedro. En las labores de retirada de material, el guante se le había roto y la palma quedó al descubierto. Al estrechar la de la joven, la notó helada. Y en la muñeca, una pulsera verde. «Verde como el de la Guardia Civil. Un verde de esperanza», dice. No sabe si fue casualidad o símbolo; solo sabe que esa imagen se le quedó grabada. Después, la lucha desesperadamente lenta y minuciosa de guardias, bomberos y sanitarios contra la chatarra, retirando asientos, cortando cinturones, mimando a la chica hasta para liberar su pelo de las mandíbulas de acero y plástico.
«Fue bastante duro», recuerda, pero él y sus compañeros sabían que por eso estaban ahí: cuando Almudena salió y fue trasladada a las carpas sanitarias habilitadas como UVI de campaña, los dos guardias civiles no se detuvieron. Fueron a buscar otro tren, a otros compañeros, a lo que hiciera falta. Trabajaron doce horas sin descanso.
Quién se acostumbra a la desesperanza. Al día siguiente, rendidos y con las duras imágenes centrifugando sus cabezas, quisieron saber si el esfuerzo había servido de algo, tenían la necesidad física de saber que la chica se había salvado. Salva indagó hasta localizar a Almudena en el hospital de Toledo. Habló incluso con su familia y con su novio, quien le confirmó que la joven estaba en la UCI y evolucionaba favorablemente.
Pedro tiene palabras de reconocimiento y admiración para todos quienes participaron en las tareas de auxilio y rescate, para los bomberos y sanitarios que estuvieron junto a ellos en el vagón, para el resto de guardias civiles de Toledo y de Ciudad Real que integraron el dispositivo, y muy especialmente para sus doce compañeros de la Unidad de Seguridad Ciudadana de Toledo (USECIC). “Estoy muy orgulloso de ellos, trabajaron igual o incluso más en otros vagones”, subraya.
Una experiencia para toda la vida
Y quién se acostumbra al dolor. “Es una experiencia que te vas a llevar toda la vida”, afirma. “Hay cosas que uno se guarda para sí y las llevará siempre consigo”, reconoce. Para sobrellevarlo, se apoya en su familia y en el respaldo que ofrece la Guardia Civil a través del gabinete de psicología, a disposición de los agentes ante cualquier problema. Pero lejos de debilitarle, su experiencia refuerza en él los valores de su profesión. «Es el trabajo que me gusta, e intentas hacer todo lo posible por salvar vidas, o por lo que haya que hacer. La Guardia Civil está para eso», resume con sencillez.
Pedro reaccionó cuando su compañero le comunicó que la joven estaba viva. «Joder, te emociona». Lo que le quedó, además del alivio, fueron los ojos de ella: azules, «tan bonitos que se te quedan grabados en la retina». Antes de que la sacaran, mientras hablaba con ellos, Pedro le hizo una promesa: «Te tengo que ver y regalar ocho pulseras de la Guardia Civil».










El honor es mi divisa.