Tan difícil es equivocarse en el voto electoral, como acertar en él y con él.
Sobre todo, teniendo en cuenta las paradojas de las urnas y las complejidades/simplificaciones de los programas.
Y las paradojas, de las urnas las hay muchas y variadas.
No solo en su forma material y visual.

Cajones gigantes de cartón, paralepípedos transparentes normalizados, piezas metalizadas invisibles. Y otras tantas.
También en su significado aparente.
Desde la papeleta-ladrillo de El Roto que no cabe en la ranura de la urna e impide el voto; a la urna mutada ya en casa electoral transparente, de Quinta Tinta, que advierte de la densidad creciente del problema inmobiliario.
Desde la urna que amenaza como un tiburón al voto emitido de Riki Blando; al compendio montañoso y quijotesco de Peridis: No son gigantes son urnas o pisos Next generation.

Por ello, parece evidente lo afirmado de que tan difícil es equivocarse en el voto electoral, como acertar en su diana.
Acertar y equivocarse que siendo tan parecidos esos actos, no son lo mismo.
Hay maneras de acertar que son ya actos visionarios y a veces fallidos.
De igual forma que hay maneras de no equivocase, que son sin duda actos de repetición de lo ocurrido antes.
Esa continuidad de lo precedente no es experiencia, es prevención.
En la medida en que los partidos –todos los partidos– se parecen tanto como se diferencian.
Y es que todas las familias felices se parecen, como fijaba Tolstoi.
Por lo que hay un parecido creciente en las formaciones políticas en liza: genealogía versus biografía.
De igual forma que se esgrime el parecido formal de los programas electorales con los menús del día, que tienden a desaparecer de la restauración.
Menús baratos por programas baratos.
Menús bazofia frente a la alta cocina de los famosos como nos cuenta la televisión pública en ese sobrante del ocio, llamado Master chef.
Los programas, por ello, como recordatorio de los largos incumplimientos.

Así, podemos recordar que, en 1979, el eslogan del PCE –¿Dónde estarán ahora esas siglas militantes? –, fuera del tenor de: “Evita que la vivienda te cueste la vida”.
Y así ha sido: vida por vivienda.
Porque habría, finalmente, gente a la que la vivienda le acabaría costando la vida misma, como un rapto o como un hurto sorpresivo.
Como tal vez le venía costando ya de antemano a otros lumpen proletarios, su vida misma por el pequeño alojamiento.
Por ello, el eslogan “Evita que la vivienda te cueste la vida“, resulta tan claro y evidente como acabaron demostrando los 360.125 casos de lanzamientos de hogares con desalojo, verificados entre enero de 2008 y septiembre de 2014.
Y eso dicho en 2015, podría actualizarse, perfectamente, en 2026.
Y es que todo eso de los derechos constitucionales a la vivienda y a la rentabilización social de las plusvalías del suelo, dicho desde el abismo al que nos llevó el cacareado Boom inmobiliario, parece un ejercicio de humor negro.
O una reducción al absurdo.

Con un mercado inmobiliario alterado e irreconocible, tras la Década Prodigiosa, aquella que, extendida entre 1997 a 2007, vio levantar 6,5 millones de viviendas.
Al tiempo que, en esos años, los endeudamientos medios familiares pasaban del 55% al 130% de la renta familiar media, y los precios del metro edificado se multiplicaban por tres; y al tiempo que la ‘Demanda no solvente’ pasaba ya de los dos millones de unidades.
Es decir, cumpliendo “el silogismo de la abundancia imposible”.
A más construcción de viviendas, más aumenta el número de viviendas vacantes y más crece el número de demandantes sin posibilidades de acceso al bien-vivienda.
Justamente, coincidiendo “el silogismo de la abundancia imposible’ con el hundimiento de las políticas públicas de viviendas y con el hundimiento último de los precios (“más del 10% de las personas con hipotecas vivas, están atrapadas en viviendas que valen menos que el préstamo pendiente”, decía Sofía Pérez Mendoza en el año 2015).
En una demostración de las incapacidades sociales y funcionales del mercado inmobiliario.
Vendido, ese sacrosanto Mercado Inmobiliario, como panacea de la redistribución equitativa de los recursos disponibles, pero solo capaz de apropiación de rentas especulativas y rentas parasitarias y urdidor de una bochornosa corrupción político-institucional.
Por eso, alguien poco sospechoso de reventar dogmas, como el interiorista Jordi Labanda, formula en la revista Icon Design de noviembre, su alegato Contra la vivienda.
Modelo habitacional de la gente de 34 años que resume como: “Fracaso del Estado del bienestar en nueve metros cuadrados con un poster de Almodovar en la pared”.
Haciendo bueno el modelo de Moscú 1933, que establecía el estándar por individuo en 8 metros cuadrados. Según comentaba Ramón J. Sender en su pieza Madrid-Moscú. Notas de un viaje 1933-1934.
Pues eso, volver a Moscú y a la colectivización, frentera tanta fruslería dorada de salón javierista-almodovariano y de revista decorativa.









