Anselmo Alañón Alcaide.- Cuando la gente piensa en un colectivo vulnerable, le vienen a la mente las personas mayores, los migrantes o las personas con trastornos de salud mental. Son los colectivos más conocidos y los que cuentan con más redes de apoyo.
Pero ¿qué ocurre con las personas indigentes?
Las personas sin techo (homeless), sin recursos económicos para sobrevivir, representan una situación global preocupante que no hemos sabido gestionar. Las principales causas de la indigencia son de ámbito personal y social, aunque ambas están intrínsecamente relacionadas. En el ámbito personal subyacen factores neurobiológicos y una propensión a psicopatologías que no se han tratado adecuadamente. Por otro lado, también hay de fondo experiencias traumáticas, vivencias de…
El hecho de no tener un techo altera las capacidades cognitivas de la persona indigente, lo que puede llevar al desarrollo de patologías como la depresión y la esquizofrenia, además del alcoholismo.
La mayor parte de la sociedad no muestra interés por las personas indigentes: son vistas, pero no tomadas en consideración, como si fuesen invisibles. La falta de acceso a una educación formal viene condicionada por el hecho de que este colectivo vive aislado en la calle; son personas en riesgo de exclusión expuestas a enfermedades, lo que les puede conllevar a la muerte prematura por desnutrición o por consumo de sustancias tóxicas.
Los indigentes son personas vulnerables expuestas a virus y bacterias, ya que su sistema inmunológico es más débil y propenso a infecciones víricas.
LA INDIGENCIA EN EL SIGLO XXI
La indigencia en el siglo XXI viene dada por razones estructurales y de carácter socioeconómico. Paradójicamente, mientras la humanidad ha alcanzado cotas históricas de avance tecnológico, producción alimentaria y riqueza, millones de personas siguen atrapadas en la marginación más severa.
En el mundo actual, la marginalidad no solo se define por motivos económicos, sino por la privación de derechos esenciales como el acceso al agua potable, el suministro eléctrico, la salud, la educación y una vivienda digna.
Vivimos en un mundo en el que la inseguridad alimentaria, según Naciones Unidas, atañe a cientos de millones de personas que sufren hambre crónica y viven en situación de precariedad alimentaria, a pesar de que la producción de alimentos en el planeta es más que suficiente.
Paradójicamente, en los países desarrollados existe el fenómeno de la «pobreza de lujo» —lo que en sí mismo pueda parecer una contradicción—, el cual tiene que ver con personas que, aun teniendo acceso a las nuevas tecnologías (como disponer de teléfono móvil), quedan excluidas del derecho a una vivienda digna debido a la escalada de los precios inmobiliarios.
Por otro lado, la indigencia hoy en día no radica solo en la falta de un techo o en la escasez de recursos alimentarios, sino también en la falta de acceso a la conectividad en el hogar (la pobreza digital).









